Por décadas, la narrativa dominante ha insistido en que una vida larga y saludable depende casi exclusivamente de nuestras elecciones personales: dietas estrictas, rutinas de ejercicio intensas o las últimas tendencias de bienestar que inundan las redes sociales. Sin embargo, Devi Sridhar, profesora de Salud Pública Global en la Universidad de Edimburgo, desafía esta idea en su libro How Not to Die (Too Soon) (Cómo no morir [demasiado pronto]: las mentiras que nos han contado y las políticas que pueden salvarnos). Según la investigadora, esta visión individualista es, en el mejor de los casos, una verdad a medias que desvía la atención de los verdaderos determinantes de la salud: las políticas públicas y las condiciones estructurales en las que vivimos.
Sridhar argumenta que, aunque la responsabilidad personal no carece de importancia, su impacto es limitado frente a factores como la calidad del aire, el acceso al agua potable o la seguridad en las calles. “Puedes elegir ser saludable si tienes recursos, tiempo y educación”, explica en una entrevista con New Scientist. Sin embargo, agrega, “la idea de que los individuos son completamente responsables de su salud no refleja las realidades de las vidas de las personas”. En otras palabras, el lugar donde vivimos y nuestras circunstancias socioeconómicas tienen un peso mucho mayor en nuestra longevidad que cualquier batido de detox o rutina de yoga.
La investigadora destaca que, mientras las élites pueden permitirse chefs personales, gimnasios exclusivos y entornos privilegiados, la mayoría enfrenta realidades más complejas. “Puedes convertirte en un ‘caso atípico’ saludable si tienes dinero, tiempo y recursos”, escribe Sridhar en una columna en The Guardian. “Hay una razón por la que ser miembro de la realeza es una de las formas más seguras de vivir una vida larga y saludable. Pero para los plebeyos, no hay forma de escapar completamente de los factores sociales”.
Sridhar sostiene que las decisiones gubernamentales son clave para mejorar la salud poblacional. En países de ingresos altos, hasta el 20 % de las muertes podrían evitarse con mejores políticas públicas, mientras que, en Japón, gracias a su enfoque en salud pública, este porcentaje se reduce a la mitad. Por ejemplo, en Japón, donde la industria de las dietas apenas mueve 42,8 millones de dólares frente a los 2.000 millones de libras en el Reino Unido, la esperanza de vida es significativamente mayor. Esto se debe, según Sridhar, a que el gobierno y la cultura han normalizado estilos de vida saludables, en lugar de depender de la obsesión por la autoayuda.
La investigadora también cita datos alarmantes: en la última década, las armas de fuego causaron 2,75 millones de muertes, principalmente de hombres jóvenes en países como Brasil, México, Colombia y Estados Unidos. Mientras tanto, en Gran Bretaña la esperanza de vida ha caído en seis meses y en Estados Unidos en 2,33 años, rompiendo con la tendencia de aumento continuo del siglo pasado. Estos retrocesos, según Sridhar, reflejan la falta de políticas públicas efectivas.
Un ejemplo paradigmático de intervención gubernamental exitosa es el caso de Dunblane, Escocia. Tras el tiroteo escolar de 1996, el Reino Unido implementó una estricta legislación sobre armas que ha evitado tiroteos masivos en escuelas durante décadas. “Hubo una decisión deliberada de crear el NHS [Servicio Nacional de Salud británico]. No pasó al azar”, subraya Sridhar. “Todo lo que tenemos es un conjunto de decisiones políticas que se tomaron antes, a veces hace décadas, de las que nos estamos beneficiando hoy”.
Sin embargo, la promoción de la salud pública enfrenta desafíos. “Parece que pensamos que las cosas que se nos comercializan son mejores”, lamenta Sridhar, criticando cómo la desinformación y el marketing sensacionalista, como promesas de “secretos” para la longevidad, dominan el discurso público. “Si dijera ‘el secreto para una vida más larga es el gin tonic’, obtendría un millón de clics”, bromea.
Si Sridhar estuviera al mando del NHS, su prioridad sería clara: la prevención. “Gastamos mucho menos en prevención y mucho más en atención aguda”, señala. Propone medidas simples, como revisiones anuales de presión arterial, que podrían ahorrar millones a largo plazo. La investigadora, que personalmente aspira a llegar a los 100 años con buena salud (con un 9,3 % de probabilidad según la calculadora de la OMS), reflexiona sobre la búsqueda histórica de la inmortalidad. Para ella, la verdadera “fuente de la juventud” no está en superalimentos ni rutinas extremas, sino en gobiernos estables, servicios públicos sólidos y comunidades que prioricen la salud colectiva.






