En Luxor, el sur de Egipto, a unos setecientos kilómetros de El Cairo, Andrea Zingarelli (doctora en Historia, docente de la Universidad Nacional de La Plata e investigadora del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales UNLP-CONICET) recoge los materiales sobre los que indagará. Como parte del proyecto de investigación que comenzó en 2019, colecta y clasifica la información obtenida de tumbas de más de tres mil años de antigüedad. Aquel mundo, lejano en el tiempo y geográficamente, tiene todavía mucho para contar y enseñarnos.
Los libros y, sobre todo, aquellos que hablaban de mitos y misterios, ejercían sobre ella una atracción poderosa. En su niñez, leía y comentaba historias con su abuelo y su mamá: “La pelea por el trono entre los hermanos Osiris y Seth, entre otras, me intrigaba. Llenaba a mi abuelo de preguntas, siempre quería saber más”, recuerda. En la adolescencia, sentada en el cine, un film con ciertas inexactitudes históricas, pero una narración y ritmo atrapantes, la flechó: “Vi Indiana Jones y los cazadores del arca perdida y quedé fascinada. Esa veta de combinar los mitos, descifrar y descubrirlos como una aventura, me impactó”. En los años siguientes, los últimos del secundario, terminó de confirmar que su interés estaría en la historia, y fue lo que estudió en cuanto se recibió.
Ya como estudiante de Historia, su inquietud inicial estaba en la docencia, pero su timidez la frenaba (“tenía mucho miedo de no poder pararme frente a un grupo y hablar”), así que se enfocó en la investigación. Su primer viaje fue a una zona de Israel que tuvo dominación egipcia. Como voluntaria, trabajó en sus primeras excavaciones. Dos años después, en 1995, a sus veintinueve, conoció, finalmente, Egipto: “Fue como llegar a un lugar soñado, una experiencia muy fuerte. Me fasciné con cada cosa que vi. Cada vez que vuelvo, me pasa lo mismo, sigue siendo un sueño que se repite”.
Desde 2019, dirige el proyecto Amenmose, del que participan investigadoras e investigadoras del CONICET y universidades nacionales y extranjeras. En él, arqueólogas, historiadores y conservadores se propusieron estudiar la tumba de un noble egipcio que vivió entre el 1400 y el 1450 antes de la era común. Este proyecto multidisciplinario le permite zambullirse en el aspecto que más placer le da: la indagación en elementos para descifrar el modo de vida y la cultura de aquella sociedad.
Cada enero, el grupo se desplaza hasta Luxor para aprovechar las vacaciones de sus otros empleos y temperaturas más amigables que en otras épocas del año. Esta tumba, en particular, estaba dentro de la piedra, y sus accesos en aquella primera campaña eran pequeños y de difícil acceso. Por un túnel de escasos centímetros de diámetro se arrastraron, a oscuras, una buena cantidad de metros hasta llegar a la tumba-capilla que escondía la historia. Pinturas y jeroglíficos en las paredes que narraban la vida del noble y su contexto social y cultural, y una serie amplia de objetos (en esa primera campaña recolectaron mil) eran las pistas para poder armar un relato. En el lugar, el área de trabajo se reveló aún más rica: “Luego de excavar, aparecieron las entradas a dos tumbas más, llenas de hallazgos. El proyecto creció, se expandieron los estudios a hacer. Un equipo de bioarqueólogos estudia los restos humanos momificados, otro grupo estudia la botánica, porque encontramos un montón de plantas y flores secas que servían como especie de guirnaldas en las momias. Calculamos en 2030 terminar la conservación de la tumba”.
Un trabajo enorme y extenso, que tropieza a veces con la piedra que complica el accionar científico en el país: la financiación. Este año, la campaña anual no fue posible. El trabajo a distancia, el análisis y puesta en contexto y valor de los hallazgos, continúa. “Estamos contribuyendo a la preservación de un patrimonio de la humanidad, son pinturas y elementos que reconstruyen la vida humana. La producción de conocimiento, que hoy está un poco devaluada, es relevante en sí misma. Es muy importante porque se ofrecen nuevos saberes a la historia mundial”, destaca.
Difusora de conocimiento, es curadora de la muestra Tutankamón, la experiencia, que desde junio estará disponible en Buenos Aires: “La muestra no se limita a exhibir piezas aisladas, sino que las organiza para construir un recorrido narrativo que permite comprender la vida y el legado de Tutankamón y adentrarse en la vida cotidiana de la corte”.






