PRIMER AÑO: ALIMENTACIÓN ADECUADA

La pediatría actual ostenta el privilegio de que una importante proporción de consultas consiste en controlar niños sanos; entre 40 y 60 por ciento, según las características de los grupos sociales.

En tales encuentros se evalúan varios aspectos, aunque uno destaca sobre los demás: la alimentación. 

Padres y madres ansían disponer de algún método que, por un lado, les permita “ordenar el día infantil” y por otro, contener la profusa circulación de datos acerca de qué comer, cuándo y cómo.

Al inicio, no hay dudas: los recién nacidos toman leche materna; excepto que alguna condición de la mujer la contraindique y en casos de adopción.

Gracias a los esfuerzos realizados para recuperar la confianza en la lactancia natural –y amortiguar la presión de la industria de fórmulas alternativas– cada día más madres muestran orgullo por amamantar. Saben que ese contrato privado y único con su bebé transmite más que leche.

Hasta aquí, la alimentación parece simple. 

Los debates comienzan más adelante, cerca del sexto mes, cuando aparecen los alimentos semisólidos.

Aquí todos opinan. Parientes, vecinos, amigos, compañeros de trabajo e incluso conocidos ocasionales intentan comentar su experiencia. Qué decir de aquellas abuelas que presumen “haber criado a cinco, y mirá qué bien que me salieron”.

Los pediatras suelen sugerir lo que consideran más acorde en cada caso, asumiendo las profundas diferencias actuales: la mitad de los chicos disponen de alimentos y la otra mitad, poco o casi nada.

En las familias de los afortunados se preguntan: “¿Comenzamos con frutas o con verduras?, ¿en papilla o en trozos?, ¿cuándo incorporar carne, huevo, legumbres, harinas…?”. Todo alimento será beneficioso si es bien tolerado. Sin presión y disfrutando el momento.

En esta etapa la alimentación ocupa el centro de las discusiones, en especial cuando participan personas vegetarianas, veganas o que evitan ciertos alimentos por diversas razones.

Productos, horarios, vajilla y hasta baberos son temas de acaloradas discusiones. 

«Todo alimento será beneficioso si es bien tolerado».

En poco tiempo se reconocen las preferencias de cada hijo/a que, a pesar de su corta edad, es determinante al momento de aceptar o rechazar.

Más allá de las incontables recomendaciones, que van desde consensos de sociedades científicas hasta gurúes mediáticos, importan los hábitos: qué comer, a qué hora, pero, sobre todo, con quién. 

Al llegar al año de vida, los chicos “pueden probar de todo”. Claro está, con las contraindicaciones archiconocidas: miel, azúcar, snacks, colorantes, bebidas azucaradas, grasas y productos ultraprocesados.

Y al mismo tiempo llegan los festejos de cumpleaños –el propio y el de otros– con sus demoledoras transgresiones. 

De manera inexorable, la minuciosa construcción nutricional lograda durante los primeros doce meses se desploma ante la primera bandeja de Chizitos, un vaso de Coca o galletas con chocolate. Ya nadie opina; perdieron interés o buscan nuevos bebés.

Muchos padres bajan los hombros; sienten que su tarea fue cumplida. Ya verán cómo resolver los desafíos alimentarios en etapas futuras.

Aunque ninguna será tan pensada y elaborada como la primera etapa, la del primer año, disuelta mágicamente al soplar la primera velita.

 

 

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