A MANO

Intenté escribir este relato varias veces. No es que faltaran temas. La guerra que devora paisajes lejanos, los glaciares que se venden al mejor postor, el desempleo que acecha en las calles vacías, Wanda Nara contra la China Suárez en un ring de chimentos fugaces, los ocres del otoño… Disponía los dedos sobre el teclado y se quedaban quietos, como en huelga perpetua, paralizados. El impulso de escribir se agotaba enseguida. La compu parecía condicionar el discurso de las manos, imponiendo su ritmo digital, frío. Había una resistencia que no lograba sortear, un muro invisible. ¿Será la realidad, empeñada en boicotear la imaginación, cancelando todos los vuelos como Flybondi? ¿O es este momento que nos empuja a lo inmediato, a lo efímero?

Decidí alejarme de la computadora, no quería terminar fagocitado como esos personajes secundarios de Jurassic Park Renace, con Scarlett Johansson, huyendo entre dinosaurios mal clonados. Cambié de ambiente, buscando un espacio donde hubiera menos enchufes, libre de notificaciones que parpadean como ojos acusadores. Salí al patio, donde el sol de marzo filtraba sus últimos rayos entre las hojas amarillentas, y el aire traía ese aroma a tierra húmeda que siempre me recuerda las tardes de infancia, perdidas en un tiempo que no vuelve. Me senté en el pasto de mi jardín, solo a pensar.

¿Y si lo escribía en un papel? El pensamiento táctil, blanco y vacío, me alivió la duda. Sentí los dedos mejor dispuestos, sobre todo las yemas, que recuperaban su sensibilidad dormida. Cuando acerqué la birome a la hoja blanca, las palabras se agolparon, parecían sedientas, felices de recuperar el tiempo del deslizamiento lento, casi íntimo. El trazo aligeraba el golpe, los sustantivos adquirían forma redondeada, las frases semejaban un camino serpenteante por un bosque otoñal. El texto se posaba en la hoja, ocupando un espacio físico tangible como el roce de una carta antigua. Los dedos descansaban con alegría. Los ojos y la cabeza, en nueva posición, se relajaban. El espacio se colmaba con la cadencia de la escritura y el sentido de cada línea llegaba por continuidad. Era un río que había encontrado su cauce natural.

“Las palabras se agolparon, parecían sedientas, felices…”.

Entonces me pregunté si escribir en los celulares no estaría modificando la relación del cerebro con los dedos, estos mayormente dispuestos a lo abreviado, la ausencia de metáforas, la imposibilidad de visualizar frases largas, la tendencia a expresar los sentimientos con emojis o palabras repetidas, mudos sustitutos de la poesía perdida. Y mientras pensaba esta relación, dejando correr el pensamiento sobre el papel, mirando mis venas azules serpenteando sobre el papel, los dedos nudosos, el pliegue de la muñeca todavía ágil, recordé que este mes Marité, mi editora estrella, me había solicitado que entregara antes mi columna. Seguramente ya se había terminado el tiempo, como tantas otras veces. Pero seguí escribiendo igual, en esa hoja que me devolvía un pedazo de libertad ilusionada, un refugio contra el olvido digital.

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