PAMPA Y LA VÍA

Hay frases que usamos como si vinieran con nosotros de fábrica. No sabemos bien cuándo las aprendimos, pero las decimos con una seguridad envidiable. “Quedarse en Pampa y la vía” es una de esas: aparece en una charla, en un audio, en una sobremesa, y todos entendemos. Nadie pregunta dónde queda exactamente ni cómo se llega. Nadie abre Google Maps para chequear. Simplemente sabemos que es un mal lugar para terminar.

La usamos cuando alguien se queda sin nada: sin plata, sin plan, sin salida. También cuando algo fracasa de manera abrupta. “Me quedé en Pampa y la vía”, decimos, y no hace falta explicar mucho más. La escena se arma sola: intemperie, desamparo, un punto perdido.

Pero lo curioso es que ese punto existe. O, al menos, existió como referencia concreta. “Pampa y la vía” remite a la intersección de la avenida La Pampa con las vías del ferrocarril en la ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Belgrano. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, esa zona marcaba un borde: más allá, el territorio se volvía menos urbano, más incierto. No era exactamente “el fin del mundo”, pero sí un lugar al que uno podía llegar –o ser llevado– y quedar, literalmente, a la vera de las vías.

Algunas versiones sostienen que allí se dejaba a quienes no podían pagar el viaje o eran bajados del tren. Otras, más cautas, hablan simplemente de un punto periférico, asociado al desamparo urbano. No hay consenso absoluto en la documentación histórica, y eso también es parte del encanto: como muchas expresiones populares, su fuerza no depende de un acta de nacimiento precisa, sino de un uso sostenido.

La frase también dejó su huella en la literatura. Roberto Arlt, siempre atento al pulso de la calle, escribe en una de sus aguafuertes: “Y entonces me dejaron en Pampa y la vía, sin un peso y sin saber para dónde agarrar”. En Arlt, como en el uso cotidiano, la expresión no necesita explicación: funciona como imagen inmediata del desamparo.

“Es, en el fondo, reconocer una derrota con algo de humor”.

Hay, además, algo interesante en la construcción misma de la frase. “Pampa” no es cualquier palabra: en el español de la Argentina carga con la idea de llanura, de extensión abierta, de horizonte sin límites. Sumada a “la vía”, refuerza esa sensación de quedar en un lugar de paso, pero sin movimiento. Una paradoja: estar en el borde de algo que circula –el tren–, pero sin poder subirse.

Quizás por eso la seguimos usando. Porque no habla solo de un lugar, sino de una experiencia: la de quedarse afuera. Y el lenguaje, como sabemos, es experto en guardar esas pequeñas escenas humanas. Las conserva, las repite, las transforma en frases hechas que, sin darnos cuenta, seguimos poniendo en circulación.

Decir “Me quedé en Pampa y la vía” es, en el fondo, reconocer una derrota con algo de humor. Una forma muy nuestra de nombrar el traspié sin dramatizarlo del todo. Como si, incluso en medio del desamparo, todavía nos quedara algo: la posibilidad de decirlo, de ponerle palabras a lo que duele. Y, tal vez, en ese gesto mínimo, empezar a encontrar la salida.

 

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