Hace aproximadamente 125 millones de años, en el Cretácico Inferior, un pequeño cocodrilo primitivo murió en las aguas tranquilas de un lago kárstico cerca de la costa de lo que hoy es el Prepirineo catalán. Su cuerpo se preservó con extraordinario detalle entre los sedimentos finos de esa cuenca lacustre, que con el tiempo se transformaron en las famosas calizas litográficas de la Pedrera de Meià, en el Global Geoparc UNESCO Orígens, en la provincia de Lleida.
El ejemplar, de unos 50 centímetros de largo —similar al tamaño de un gato doméstico—, catalogado como MGB-512 y custodiado en el Museu de Ciències Naturals de Barcelona, fue descubierto a principios del siglo XX (concretamente en 1902 por el ingeniero Lluís Marià Vidal). Aunque estudiado parcialmente en los años 90, un nuevo estudio publicado en el Zoological Journal of the Linnean Society ha revelado información inédita sobre su morfología y, especialmente, sobre sus tejidos blandos.
LA LUZ ULTRAVIOLETA DESVELA LO INVISIBLE
Durante la elaboración de una base de datos de fósiles de las calizas litográficas del Montsec depositados en museos catalanes y europeos, los paleontólogos Óscar Castillo-Visa (primer autor del trabajo) y Jesús Serrano, del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP), observaron algo sorprendente en el holotipo de Montsecosuchus depereti: bajo luz ultravioleta (UV), aparecían estructuras que correspondían a tejidos blandos.
“La luz UV nos permite ver detalles que de otra manera quedarían completamente escondidos en la roca”, explica Castillo-Visa. Bajo esta iluminación, los tejidos fosilizados destacan de forma diferente respecto a la matriz rocosa, haciendo visibles elementos invisibles a simple vista.
UNA PIEL LLENA DE PISTAS EVOLUTIVAS
Gracias a esta técnica, el equipo ha documentado por primera vez la piel de este cocodrilomorfo primitivo (perteneciente a la familia Atoposauridae). Se observan escamas epidérmicas de gran variabilidad en formas y tamaños a lo largo del cuerpo, y la ausencia de la típica aleta caudal alta de los cocodrilos actuales.
Además, se han identificado posibles órganos sensoriales en escamas del cuello, extremidades y márgenes del tronco y cola. En cocodrilos modernos, estos receptores detectan tacto, variaciones de presión en el agua, y estímulos térmicos y químicos. El hecho de que aparezcan principalmente en escamas pequeñas y periféricas sugiere que estas estructuras evolucionaron primero en zonas localizadas antes de extenderse.
La UV también reveló estructuras cartilaginosas en el tórax que indican un sistema respiratorio ya eficiente y sofisticado, similar en algunos aspectos al de los cocodrilos modernos. “Estos rasgos nos indican que, a pesar de ser un animal primitivo, ya estaba muy bien adaptado a un estilo de vida semiaquático”, concluye Castillo-Visa.
EVIDENCIA DEL COLOR ORIGINAL
El hallazgo más impactante es la preservación de un posible patrón de coloración en la cola: bandas claras y oscuras dispuestas transversalmente, visibles bajo luz UV. Los investigadores, entre ellos el coautor Albert G. Sellés, interpretan esto como coloración original del animal, posiblemente con función de camuflaje disruptivo para romper la silueta del cuerpo en el agua.
“De momento no podemos asegurar de qué color era la cola del cocodrilo, pero sería esperable que no fuese tan diferente de las especies actuales”, señala Sellés. Si se confirma, Montsecosuchus depereti sería el miembro más antiguo de los cocodrilomorfos con evidencia de coloración preservada.






