En el campo del Lusail Stadium de Catar, apenas consumada la victoria, un Lionel Messi pletórico, acaso más expresivo que nunca en sus apariciones públicas, levantó la vista hacia el palco donde lo observaba su familia y, sacudiendo los brazos desde el centro hacia los laterales, una y otra vez, repitió “Ya está”. Era, a todas luces, el fin de la película, su camino del héroe, la parábola perfecta que le permitió completar el juego y alcanzar la última y más valiosa copa que le faltaba. Pero la materia que constituye a un atleta de elite es la ambición, esa sed que no llega a saciarse. Solo la incapacidad física, la evidencia empírica de no poder ir a más, lo detiene. Así que aquí está, tres años y medio después de que aquella tercera estrella se sumara al escudo argentino, liderando a la selección con la ilusión de agregarle otra.
Si ganar un Mundial es difícil, ganar dos consecutivos es una tarea casi imposible. En la historia de los mundiales mayores de fútbol masculino, solo Italia (en 1934 y 1938) y Brasil (en 1958 y 1962) fueron capaces de lograrlo. Durante unas cuantas ediciones de la copa, el campeón de la edición previa fue eliminado tempranamente. Le sucedió a Italia (campeón en 2006, afuera en primera ronda de 2010), España (ganador en Sudáfrica, incapaz de cruzar fase de grupos en Brasil) y Alemania (verdugo de la Argentina en 2014, fue tercero en su zona en 2018). Francia (que inauguró la maldición al irse en la ronda inicial de 2002 después de haber ganado su primer Mundial) cortó la racha y, luego de levantar la copa en Rusia, fue capaz de llegar hasta la final en Catar.
La Argentina tuvo dos defensas del título muy dispares: luego del éxito de 1978, llegó a España 1982 con expectativas tan grandes como la decepción que provocó una eliminación inapelable en la segunda fase de grupos que existía en el viejo formato, sumando un total de tres derrotas en cinco partidos; en Italia 1990, en cambio, no parecía tener muchos argumentos para revalidar el éxito de 1986, pero consiguió avanzar hasta la final, en la que perdió únicamente por un discutido penal en contra. Esta vez, su condición de candidato a campeonar es firme, aunque haya perdido algo de brillo y frescura en el camino.
Luego de la debacle que significó Rusia 2018, la Argentina supo reconfigurarse y, de la mano de Lionel Scaloni, tomó forma un nuevo grupo de jugadores que, en los años siguientes, daría vida al ciclo más exitoso del seleccionado, que ganó dos veces la Copa América, además de ser campeón del mundo. De 2022 para aquí, en cambio, las novedades fueron escasas y el grupo casi no difiere en nombres, aunque en unos cuantos casos su nivel diste de los mejores días. ¿Qué tiene y qué le falta a la Argentina para repetir lo de Catar?
A su favor, cada vez que tuvo que competir, la Argentina estuvo a la altura. En los últimos tres grandes torneos disputados (Copa América 2021, Mundial 2022 y Copa América 2024), a la hora de la verdad no flaqueó y se impuso a cada rival que enfrentó. Si bien las Eliminatorias, por la cantidad de cupos disponibles, no representaban un desafío mayor, las ganó de punta a punta y se llevó los dos clásicos ante Brasil, con goleada y baile incluidos en el último encuentro.
El funcionamiento, por los años compartidos junto al cuerpo técnico y entre la mayoría de los futbolistas, fluye. Entre los mediocampistas hay abundancia y química, la pelota corre de lado a lado, los espacios se abren, los rivales se agotan y los goles llegan tarde o temprano. La ausencia de Lionel Messi en partidos clave (salida por lesión en la final de 2024 contra Colombia, y ningún minuto en cancha contra Brasil en Buenos Aires) no resintió al equipo, que encontró juego y variantes para sortear instancias complicadas.

La falta de certezas sobre el nivel actual del equipo proviene de la escasez de partidos fuertes que disputó en el último tiempo. Por una decisión de la Asociación del Fútbol Argentino que apunta más a lo recaudatorio que a lo deportivo, en las fechas FIFA la selección enfrentó a rivales de países periféricos, muy alejados de la elite, cuyo escaso cartel y atractivo permitieron que la Argentina prácticamente no repartiera ingresos. En el plano futbolístico, no constituyeron medida de prueba.
El mediocampo es la zona fuerte de un conjunto que se apoyó en la calidad de sus pasadores, al juntar a varios que, en alguna etapa de sus carreras, jugaron como el clásico número 10. Enzo Fernández, ingreso sorpresivo en Catar, en estos años se consolidó y es uno de los de mejor actualidad. Líder en Chelsea, pasó por distintas posiciones y funciones, respondiendo siempre. Alexis Mac-Allister, aun siendo partícipe de los vaivenes de un Liverpool de rendimiento irregular, ostenta un par de años como indiscutido en un equipo de elite. Leandro Paredes arriesgó al volver al fútbol argentino, pero la jugada luce acertada, ya que ocupa un lugar central como capitán y referente absoluto de Boca, y da la talla. Rodrigo De Paul, figura y emblema de la selección, en cambio, parece haber perdido terreno al recalar en la MLS estadounidense, una liga con menor tensión competitiva.
Allí se sumarán algunas de las mejores incorporaciones al grupo. Uno es Nicolás Paz (nacido en Tenerife, España, el único caso del plantel), que encontró en el Como italiano el lugar donde desplegar el fútbol que la prisa de Real Madrid no le permitió. Otro, Valentín Barco, que demostró en Racing de Estrasburgo su capacidad de adaptación a diferentes puestos y se ofrece como una alternativa interesante. Gianluca Simeone y su ímpetu son una solución para una banda derecha que alterna opciones sin encontrar desde hace años a un dueño definitivo. Habrá que ver si también Franco Mastantuono se cuela en la lista: aparición fulgurante en River, erigido prematuramente como el heredero de la 10 nacional, en Real Madrid chocó con una exigencia superlativa y su adaptación no es precisamente un camino de rosas.
El arco sigue siendo custodiado por el gigante que grandes y chicos adoran: “Dibu” Martínez, el ídolo que, con bravuconadas, atajadas y bailecitos, espantó a rivales y conquistó a propios. La defensa estará bajo la lupa. Cuti Romero, de los mejores centrales del mundo, tuvo una temporada de altibajos en un Tottenham cuyo proyecto tambalea, y llega con lo justo luego de una inoportuna lesión en la recta final de la Premier League; Nicolás Otamendi resiste el paso del tiempo y los cuestionamientos por un rendimiento en declive, aunque, para ser justos, en grandes torneos estuvo por encima de su promedio y tuvo un año lleno de elogios en Benfica; Lisandro Martínez no consigue dar el salto para ser su reemplazo, no por falta de capacidad técnica, sino por una propensión a las lesiones que lo tuvo mucho tiempo fuera de las canchas. En los laterales, las variantes son escasas y las certezas también: Nahuel Molina y Gonzalo Montiel se prestaron el costado derecho durante años, sin que prevalezca definitivamente alguno, por sus niveles oscilantes. El de Atlético de Madrid luce más consistente en el último tiempo, sobre todo por lo mostrado en Champions League. Por izquierda, Nicolás Tagliafico pica en punta, y Marcos Acuña conserva posibilidades mundialistas más por la falta de rivales probados en el puesto que por lo que hizo en cancha en un River que arrastra un año muy flojo.
Con lugar asegurado en la lista por su propio peso, habrá que ver qué rol ocupará Messi. El capitán, ídolo indiscutido, desde el Mundial anterior juega en la liga estadounidense, con menor carga de partidos y exigencia. Si juega desde el arranque o aporta en los minutos finales es la incógnita. Lejos de su mejor nivel, conserva destellos de su talento descomunal y, en una buena tarde, sigue siendo capaz de definir partidos por sí mismo. Será su sexto Mundial, un logro que compartirá con Cristiano Ronaldo. Continuará engrosando las cifras que ya lo tienen como futbolista argentino con más partidos y más goles en mundiales.

En la delantera, se mantiene la disputa por la titularidad entre Julián Álvarez y Lautaro Martínez, con ventaja para el primero por un rendimiento ascendente y por una seguidilla de lesiones del segundo. Pieza clave y desequilibrante en un Atlético de Madrid de grandes resultados en Europa, Julián le sumó opciones a su repertorio, como los goles de tiro libre. Lautaro, capitán y goleador de Inter, mantiene su relación estrecha con el gol, aunque en la selección el romance por momentos sea esquivo. Tiago Almada, que ya probó encajar en la dinámica del equipo, se ofrece como alternativa para quedarse con todos los minutos en los que Messi mire desde el banco de suplentes: un peso grande que deberá sobrellevar. Nicolás González será el todoterreno que aporte en cada línea, un favorito de Scaloni con cierta resistencia entre los hinchas.
Al cierre de esta edición, todavía falta bastante para la confirmación de la lista para el torneo, pero de acuerdo con el historial de convocatorias del director técnico, no pareciera haber lugar para demasiadas sorpresas. Alrededor de dieciocho campeones en Catar buscarán la cuarta estrella, en algunos casos alejándose de su mejor etapa, en otros todavía en ascenso. En todos, con personalidad y temple más que suficientes para enfrentar una exigencia mayúscula. La Argentina tiene razones para entusiasmarse en esta nueva copa del mundo.
EL DOLOR DE QUEDARSE AFUERA DE LA LISTA
Cada cuatro años, indefectiblemente, futbolistas que formaron parte del proceso mundialista quedan de lado en la convocatoria. Por el motivo que fuera, siempre queda el recuerdo ingrato de lo que pudo ser y no sucedió.
En enero de este año, Juan Foyth, campeón del mundo en Catar, con pocos minutos disputados en esa copa, pero de protagonismo creciente en el seleccionado, se rompió el tendón de Aquiles y su sueño de repetir la experiencia se truncó inmediatamente.
Joaquín Panichelli, delantero surgido en River que se fue a Europa muy joven y recién en esta temporada reclamó, a fuerza de goles, ser convocado por Scaloni, aparecía como una variante interesante en un puesto sin demasiados postulantes. No llegó siquiera a debutar con la celeste y blanca, porque una rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha en un entrenamiento liquidó sus ilusiones mundialistas y dio fin a su temporada.






