Un nuevo estudio del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Pompeu Fabra (UPF), reconstruye la historia del consumo de insectos (entomofagia) en humanos antiguos mediante análisis genómicos y de ADN preservado en sarro dental. Los resultados, publicados en la revista Science Advances, indican que la ingesta de insectos fue esporádica y accidental en Europa, Asia central y oriental, mientras que fue más habitual en regiones tropicales y, especialmente, entre los neandertales.
El equipo, liderado por Pablo Librado, analizó 745 muestras de cálculo dental (sarro) de Homo sapiens de hasta 33.000 años de antigüedad y 18 muestras de neandertales. El sarro dental actúa como un archivo natural que conserva trazas de ADN de los alimentos consumidos de forma regular. Los análisis muestran una presencia muy escasa de ADN de insectos en los humanos modernos del norte de Eurasia, lo que sugiere que no practicaban la entomofagia de manera habitual.
“La escasa presencia de insectos en la dieta del norte de Eurasia sugiere que la ausencia de entomofagia no responde únicamente a recientes factores culturales, sino también a una larga historia ecológica y evolutiva”, explica Pablo Librado, investigador principal del IBE.
DIFERENCIAS CON NEANDERTALES Y GRANDES SIMIOS
Sorprendentemente, los neandertales —que habitaron Eurasia durante cientos de miles de años— presentaron una mayor abundancia de ADN de insectos en su sarro dental, comparable a la observada en chimpancés occidentales, que complementan su dieta con insectos, especialmente en épocas de sequía. En los neandertales, los restos más comunes correspondían a dípteros, como moscas y, particularmente, mosquitos.
“La abundancia de restos de mosquitos refuerza la posibilidad de que los cadáveres de sus presas permanecieran en charcas y zonas pantanosas, entornos idóneos en los que los insectos depositan sus huevos”, señala Librado. Esto apoya la hipótesis de que los neandertales consumían regularmente cadáveres de animales infestados de larvas.
Además, los neandertales y el único denisovano analizado poseían variantes genéticas en genes de quitinasa (enzimas que digieren la quitina del exoesqueleto de los insectos) que facilitaban su digestión, a diferencia de los humanos modernos del norte de Eurasia.
UNA HUELLA GENÉTICA LATITUDINAL
El estudio también examinó genes humanos relacionados con la digestión de la quitina, como los que codifican quitinasas ácidas y quitobiasas en el estómago. Las poblaciones cercanas al trópico presentan variantes que aumentan la expresión de estas enzimas, facilitando el consumo de insectos. Esta capacidad disminuye gradualmente hacia latitudes más altas.
“Es necesario ingerir grandes cantidades de insectos para compensar el elevado gasto calórico que implica su recolección. En el trópico hay una mayor disponibilidad de insectos sociales, como termitas y hormigas”, explica Manuel Piñero, primer autor del estudio e investigador predoctoral en el IBE.
Esta variación genética se ha mantenido al menos durante los últimos 9.000 años, coincidiendo con la llegada de la agricultura, lo que indica un abandono progresivo de la entomofagia en Europa.
Hoy, ante el crecimiento demográfico, la crisis climática y la necesidad de proteínas sostenibles, organismos como la FAO promueven los insectos como alimento alternativo. Existen más de 1.600 especies comestibles, y su producción en granjas permite aprovechar sus beneficios nutritivos sin necesidad de digerir grandes cantidades de quitina.
“Más allá de los factores culturales o religiosos, nuestros resultados sugieren que la baja disponibilidad de insectos lejos de los trópicos pudo haber sido un factor clave en el abandono de la entomofagia”, concluye Librado. El equipo del IBE continúa investigando la domesticación de insectos para mejorar su explotación tanto en alimentación humana como en pienso animal.






