La temperatura media global no deja de subir. Según observaciones científicas consolidadas, desde mediados del siglo XX el planeta se calienta de forma sostenida, con una aceleración notable en las últimas décadas: el ritmo pasó de 0,06°C por década a 0,36°C por década. Los años 2023, 2024 y 2025 se registran entre los más cálidos de la historia reciente, confirmando un trienio récord según la Organización Meteorológica Mundial (OMM).
La Dra. en Ciencias de la Atmósfera Josefina Blázquez, docente de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP), explica que el fenómeno no se limita al aumento térmico. “Han cambiado las precipitaciones, la humedad, los vientos, el nivel del mar y la cantidad de hielo en distintas regiones”, señala. Por eso, los científicos prefieren hablar de “cambio climático”: una transformación integral de las condiciones medias del clima a escala global y regional.
Aunque un incremento de 1,2°C respecto a la era preindustrial pueda parecer modesto, sus efectos ya son visibles en la mayor frecuencia e intensidad de fenómenos extremos: olas de calor, lluvias torrenciales, sequías prolongadas y tormentas severas.
Desde una perspectiva más crítica, la Mg. María Inés Botana y el Esp. Edgardo Salaverry, docentes de Climatología e investigadores del Centro de Investigaciones Geográficas (CIG) y del IdIHCS (UNLP-CONICET), conciben el cambio climático como “una expresión manifiesta de la crisis ambiental que configura el presente global”. Para ellos, actúa como factor estructurante de procesos de segregación territorial.
Su enfoque, inscrito en la climatología crítica desde el Sur Global, pone el acento en las responsabilidades históricas de los modelos de producción y consumo de América Anglosajona, Europa y el Sudeste Asiático. Estos han generado un escenario de vulnerabilidades asimétricas que impacta de manera diferencial sobre los territorios periféricos.
“La transición energética y la expansión de energías alternativas, tal como se proponen discursivamente, no buscan un cambio drástico, sino que sostienen un status quo extractivista”, sostienen. La “neutralidad verde” impulsaría nueva minería a cielo abierto (litio, minerales estratégicos), deforestación y uso intensivo de agua en el Sur, profundizando el despojo bajo la promesa de descarbonizar el Norte.
CAUSAS ANTROPOGÉNICAS
Blázquez coincide con el consenso científico internacional: la principal causa es la actividad humana. Desde la Revolución Industrial, las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se dispararon por el uso de combustibles fósiles, deforestación, industria y agropecuaria. El detalle es el siguiente:
-El dióxido de carbono (CO₂) representa cerca del 75% de las emisiones. Proviene principalmente de la generación de energía (petróleo, gas, carbón), transporte e industria.
-El metano (CH₄), alrededor del 18%, asociado a la ganadería y residuos.
-El óxido nitroso (N₂O), vinculado a fertilizantes agrícolas.
Los niveles actuales de estos gases no tienen precedentes en al menos 800.000 años. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) atribuye sin ambigüedades el calentamiento actual al ser humano.
EL LÍMITE DE 1,5°C: UNA BARRERA CADA VEZ MÁS ESTRECHA
El IPCC advierte que limitar el calentamiento a 1,5°C respecto a niveles preindustriales es clave para evitar impactos graves. La diferencia con 2°C no es menor: a mayor calentamiento se esperan más días extremadamente calurosos, olas de calor más intensas y prolongadas, sequías severas, inundaciones, mayor derretimiento polar, subida del nivel del mar, incendios forestales, pérdida de biodiversidad y expansión de enfermedades como el dengue.
Los más vulnerables —comunidades costeras, pequeños productores, pueblos indígenas y habitantes de barrios populares— pagan los mayores costos. En las ciudades, las “islas de calor urbanas” agravan el problema.
Aunque parte del cambio ya es irreversible en escalas cortas, los especialistas coinciden en que aún es posible limitar los peores escenarios mediante mitigación (reducción de emisiones) y adaptación.
Medidas clave incluyen la transición real a energías renovables, reducción del uso de fósiles, reforestación, agricultura sostenible y movilidad verde. Pero desde la mirada crítica se insiste: estas acciones deben ir acompañadas de justicia social, ambiental y territorial. No se trata solo de tecnología o mercado, sino de desarmar asimetrías históricas donde los responsables históricos de la crisis capturan las soluciones mientras las periferias asumen los costos.






