Más de 5.300 años después de su muerte, Ötzi, la famosa momia natural más antigua de Europa, continúa ofreciendo valiosos secretos sobre el pasado humano. Un nuevo estudio liderado por el centro italiano Eurac Research ha reconstruido con detalle la comunidad microbiana asociada a sus restos, desde su flora intestinal original hasta microorganismos modernos que podrían representar un riesgo latente para su conservación.
El hallazgo del cadáver de Ötzi ocurrió el 19 de septiembre de 1991, cuando dos alpinistas alemanes lo descubrieron en un glaciar cerca de Hauslabjoch, en la frontera entre Austria e Italia. Inicialmente creyeron que se trataba de un alpinista moderno, pero los análisis revelaron que pertenecía a la Edad de Cobre, hace unos 5.300 años. Su excepcional estado de conservación, gracias al hielo, lo convirtió en una ventana única al pasado europeo.
UNA “CÁMARA LENTA” MICROBIANA
El estudio, publicado en la revista Microbiome, analiza hisopos de piel, fragmentos de tejido y muestras de agua interna descongelada. Mohamed Sabry Sarhan, investigador principal del equipo de microbiología de Eurac Research, explica que las bajas temperaturas y los niveles reducidos de oxígeno del glaciar ralentizaron drásticamente la descomposición, pero no la detuvieron por completo.
“Debemos pensar en ello no tanto como una pausa biológica completa, sino más bien como una cámara lenta extrema”, señala Sarhan. Esto permitió que ciertos microorganismos adaptados al frío persistieran en un estado metabólico latente o muy lento.
En las muestras internas, los científicos identificaron bacterias intestinales ancestrales. “Estas bacterias son extremadamente raras en las personas que llevan hoy en día un estilo de vida moderno e industrializado, aunque todavía se pueden encontrar en personas con modos de vida tradicionales”, afirma Frank Maixner, director del Instituto de Estudios de Momias de Eurac Research y coautor del trabajo.
Estas bacterias ofrecen “una instantánea única y valiosa de cómo era el intestino humano en la Edad de Cobre, antes de que la industrialización transformara nuestro microbioma”.
LEVADURAS VIVAS Y UN SISTEMA BIOLÓGICO DINÁMICO
Uno de los hallazgos más sorprendentes es la presencia de especies de levaduras adaptadas al frío, probablemente originarias del entorno glaciar, que han persistido y permanecen biológicamente activas. Los investigadores incluso lograron cultivar colonias vivas en el laboratorio y han experimentado con ellas, incluyendo la elaboración de pan de masa madre.
“Estas levaduras, amantes del frío, parecen haber sobrevivido durante miles de años y siguen siendo biológicamente activas hoy en día”, destaca Sarhan. Para Maixner, esto demuestra que la momia “no es una reliquia estática, sino un sistema biológico dinámico”. Estas levaduras podrían tener aplicaciones industriales en alimentación o biotecnología por su capacidad para funcionar a temperaturas extremadamente bajas.
RIESGOS PARA LA CONSERVACIÓN
El equipo enfrentó el desafío de distinguir microbios antiguos de contaminantes modernos. Encontraron microorganismos actuales en la superficie, algunos posiblemente favorecidos por las medidas de conservación aplicadas desde 1991, como el uso de fenol. Tres de las cuatro especies de levaduras pueden descomponer este compuesto y usarlo como fuente de alimento.
Utilizando patrones de daño en el ADN antiguo, confirmaron que las bacterias intestinales son genuinas y previas a la muerte de Ötzi, mientras que las levaduras colonizaron el cuerpo después, en el glaciar o durante el almacenamiento.
El análisis genómico también reveló que varios microbios portan genes para enzimas que descomponen proteínas, grasas y colágeno, lo que supone un “riesgo biológico latente” para la integridad de la momia a largo plazo. Sin embargo, no se ha observado descomposición activa y rápida. La momia se conserva actualmente a -6°C y 99% de humedad relativa, condiciones que inhiben la mayor parte de la actividad microbiana.
Elisabeth Vallazza, directora del Museo Arqueológico del Tirol del Sur, asegura que las condiciones son estables y se realiza un estrecho seguimiento microbiológico. Aun así, Sarhan y su equipo reclaman una monitorización activa basada en genómica para detectar cualquier cambio antes de que cause daños irreversibles.






