LA FAMA MATA: LOS CANTANTES ESTRELLA MUEREN CUATRO AÑOS ANTES QUE LOS MÚSICOS ANÓNIMOS

Un estudio de la Universidad de Cambridge publicado este martes en Nature Communications identifica cuatro grandes transiciones en la conectividad neuronal a lo largo de la vida.
Un estudio de la Universidad de Cambridge publicado este martes en Nature Communications identifica cuatro grandes transiciones en la conectividad neuronal a lo largo de la vida.

Ser famoso no solo trae yates, mansiones y portadas de revistas. También parece restar años de vida. Al menos eso es lo que sugiere un nuevo estudio observacional publicado en Journal of Epidemiology & Community Health (del grupo BMJ) y el portal DW, y liderado por la Universidad Witten/Herdecke (Alemania): los cantantes que alcanzaron la fama internacional entre 1950 y 1990 vivieron, de media, hasta los 75 años; los que nunca llegaron a ser estrellas, hasta los 79. Cuatro años de diferencia que, según los autores, no se explican por ser músico profesional, sino precisamente por el precio de la notoriedad.

“Al comparar cantantes famosos y menos famosos con antecedentes similares, este estudio sugiere que la fama, en sí misma, puede contribuir a un mayor riesgo de mortalidad, más allá de los riesgos asociados con ser músico profesional”, resumen los investigadores. En cifras: los cantantes célebres tenían un 33 % más de probabilidades de morir en cualquier momento del seguimiento que sus colegas menos conocidos.

Los investigadores seleccionaron 324 cantantes que sí alcanzaron estatus de celebridad (extraídos de la base de datos acclaimedmusic.net) y los emparejaron uno a uno con otros 324 músicos de características casi idénticas: mismo año de nacimiento, sexo, nacionalidad, etnia, género musical y rol (solista o vocalista principal de banda). Todos habían estado activos entre 1950 y 1990, lo que permitió un seguimiento suficientemente largo hasta diciembre de 2023.

La muestra fue mayoritariamente masculina (83,5 %), blanca (77 %) y norteamericana (61 %), con fuerte predominio del rock (65%), seguido de R&B (14%), pop (9%) y otros estilos minoritarios. El emparejamiento fue tan exhaustivo que factores como el nivel socioeconómico potencial o el tipo de música quedaban neutralizados. Lo único que diferenciaba a los dos grupos era, justamente, la fama.

El análisis temporal es especialmente revelador: el exceso de mortalidad en los famosos aparece sobre todo después de alcanzar la celebridad. “El riesgo elevado surge específicamente tras llegar a la fama, lo que la convierte en un posible punto de inflexión temporal para los riesgos de salud, incluida la muerte”, escriben los autores.

¿Y qué hay detrás de esa brecha? Los investigadores apuntan al estrés psicosocial único que acarrea ser una estrella: el escrutinio público constante, la presión implacable por rendir al máximo, la pérdida casi total de privacidad y la dificultad para mantener relaciones auténticas. Ese cóctel, dicen, “puede alimentar malestar psicológico y comportamientos de afrontamiento perjudiciales” (drogas, alcohol, conductas de riesgo) y transforma la fama en “una carga crónica que amplifica los riesgos laborales ya existentes en la industria musical”.

En palabras llanas: ser rico y famoso no protege tanto como parece. De hecho, “ser famoso parece tan perjudicial que anula cualquier beneficio potencial asociado con un estatus socioeconómico elevado”, concluye el estudio.

Los propios autores reconocen que su trabajo no es global (solo incluye cantantes de Europa y Norteamérica, principalmente EE.UU. y Reino Unido) y se centra exclusivamente en músicos vocalistas. Por tanto, no se puede extrapolar directamente a actores, deportistas de élite u otras celebridades de regiones como Asia o América Latina. Tampoco demuestra causalidad absoluta —es un estudio observacional—, aunque el cuidadoso emparejamiento reduce mucho la probabilidad de que la diferencia se deba a otros factores.

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