Las ballenas son, sin duda, los animales más impresionantes que habitan el planeta. La ballena azul alcanza dimensiones colosales, convirtiéndose en el ser más grande que haya existido jamás en la Tierra. La jorobada cautiva con sus cantos complejos y cambiantes que se propagan como modas culturales a través de los océanos. Y la ballena boreal puede vivir más de 200 años en las frías aguas árticas.
Su origen es casi fantástico: descienden de mamíferos terrestres de cuatro patas que, hace unos 50 millones de años, comenzaron un lento regreso al mar. Pero cómo evolucionaron hasta convertirse en gigantes sigue siendo uno de los grandes enigmas de la paleontología. Ahora, un estudio internacional publicado en Nature Communications Earth & Environment ofrece una pista fascinante: las intensas erupciones volcánicas en la cordillera de los Andes habrían impulsado ese salto hacia el gigantismo.
“Nuestros resultados sugieren que el vulcanismo andino influyó en la evolución de las ballenas”, explica a los medios el paleontólogo Mark Clementz, de la Universidad de Wyoming (EE.UU.).
CENIZA COMO FERTILIZANTE OCEÁNICO
Las grandes erupciones en los Andes centrales, especialmente entre hace unos 10 y 5 millones de años (Mioceno tardío), lanzaron al aire enormes cantidades de ceniza rica en hierro, fósforo y silicio. Esta ceniza actuó como un fertilizante masivo en el Océano Austral, favoreciendo explosiones de diatomeas y otro fitoplancton, base de la cadena alimentaria marina.
“Simulamos cómo las cenizas volcánicas viajan y se dispersan en la atmósfera para saber dónde caían y dónde podían fertilizar los océanos”, detalla el geólogo argentino Nicolás J. Cosentino, del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA) en Buenos Aires. El equipo, que incluyó expertos de Argentina, EE.UU., Reino Unido, Alemania y Chile, combinó trabajo de campo, análisis paleontológicos y simulaciones climáticas en supercomputadoras.
La geóloga Barbara Carrapa, de la Universidad de Arizona y líder del estudio, añade: “Las erupciones volcánicas también contribuyeron a enfriar al planeta. Se suele asociar el vulcanismo con el calentamiento por CO₂, pero su impacto en la fertilización oceánica y el secuestro de carbono no se había explorado en escalas temporales largas. Nuestro estudio es el primero en modelar la respuesta del océano a los aportes volcánicos de los Andes centrales”.
Este “banquete” de nutrientes no fue uniforme: creó parches intensos de productividad en zonas remotas del océano. Los ancestros de las ballenas actuales —entonces más pequeños y costeros— encontraron un fuerte incentivo para migrar largas distancias en busca de alimento.
“Las antiguas ballenas habrían tenido un fuerte incentivo para recorrer grandes distancias y explotar esos afloramientos de fitoplancton y krill, favoreciendo la evolución hacia la ballena gigante y migratoria actual”, señala el oceanógrafo argentino Pedro DiNezio, de la Universidad de Colorado en Boulder.
El registro fósil confirma este cambio: entre hace 10 y 5 millones de años aumentó notablemente el tamaño corporal de las ballenas barbadas (misticetos). Disminuyeron los grupos más pequeños y antiguos (como los cetotéridos), mientras dominaron linajes grandes y móviles como los balenoptéridos (rorcuales). Un mayor tamaño ofrecía ventajas energéticas y termorreguladoras para las migraciones.
EL LADO OSCURO: EL CEMENTERIO DE CERRO BALLENA
No todas las ballenas se beneficiaron. El exceso de nutrientes provocó floraciones algales nocivas que liberaron toxinas. Un dramático ejemplo es Cerro Ballena, en el desierto de Atacama (Chile), el mayor yacimiento de fósiles de ballenas del mundo.
En 2010, durante obras en la Ruta Panamericana, se descubrieron decenas de esqueletos casi perfectos de ballenas barbadas, focas, cachalotes y otros animales marinos, datados entre 9 y 6 millones de años. Los cuerpos, orientados de forma coherente, sugieren que murieron en el mar, fueron arrastrados a la costa y enterrados rápidamente. No presentaban marcas de depredadores.
“A mayor escala, estas transformaciones ambientales contribuyeron al aumento de las tasas de extinción entre la megafauna marina”, apunta Clementz. Durante este período desaparecieron superdepredadores como el megalodón y se vio afectada la diversidad de tiburones, mamíferos y tortugas marinas. El vulcanismo andino generó tanto oportunidades ecológicas como estrés ambiental.
El estudio destaca el rol clave de los Andes —a menudo eclipsados por el Himalaya— como proveedores de silicio y nutrientes a los océanos, influyendo en la productividad marina y el clima global.






