El Estrecho de Gibraltar, uno de los corredores marítimos más transitados del planeta, se ha convertido en un embudo acústico que amenaza la supervivencia de una de sus especies más emblemáticas: la ballena piloto de aleta larga o calderón común (Globicephala melas). Más de 60.000 buques al año —ferris rápidos, cargueros, embarcaciones turísticas y pesqueras— atraviesan este estrecho paso entre el Atlántico y el Mediterráneo, generando un ruido submarino constante que interfiere en la comunicación vital de estos cetáceos.
Un nuevo estudio internacional, publicado en la revista Journal of Experimental Biology, revela que estas ballenas elevan el volumen de sus llamadas para compensar el ruido ambiental, pero su capacidad de respuesta tiene límites fisiológicos claros. El trabajo, liderado por Frants H. Jensen de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), cuenta con la participación de investigadores españoles del Centro Oceanográfico de Canarias (IEO-CSIC) y la organización CIRCE.
Los calderones comunes del Estrecho forman una población única y aislada genéticamente, catalogada como críticamente amenazada por la UICN. Se estima que apenas quedan alrededor de 250 individuos. Tras un brote de morbillivirus en 2006, la población sufrió un fuerte declive en su supervivencia, y enfrenta múltiples amenazas: contaminación química, colisiones, interacciones con la pesca y, cada vez más, la contaminación acústica.
“El Estrecho siempre ha tenido tráfico intenso, pero en las últimas décadas se ha diversificado e intensificado con ferris rápidos, embarcaciones recreativas y turismo de avistamiento”, explica Ruth Esteban Pavo, coautora del estudio e investigadora del IEO-CSIC.
Los científicos analizaron más de 1.300 vocalizaciones registradas entre 2012 y 2015 en 18 individuos mediante etiquetas de succión que registraban sonido, movimiento y profundidad. Identificaron cuatro tipos principales de llamadas: De baja frecuencia, pulsadas cortas, de alta frecuencia y de dos componentes. Estas últimas son especialmente importantes para la reunificación del grupo tras inmersiones profundas.
EL “EFECTO LOMBARD” EN EL OCÉANO
Los animales responden al aumento del ruido incrementando la intensidad de sus vocalizaciones (conocido como efecto Lombard), con un promedio de 0,5 decibelios por cada decibelio adicional de ruido. Sin embargo, esta compensación es parcial y varía según el tipo de llamada. Las de alta frecuencia aumentan más, mientras que las complejas de dos componentes —cruciales para el contacto social— apenas lo hacen.






