Plantar cada semilla en el hueco adecuado para que germine, calcular con precisión el mejor momento para la siembra y la cosecha, anticipar sequías o posibles plagas, arar con tractores autónomos, cosechar a distancia o polinizar con microdrones. Estas son solo algunas de las tareas que la tecnología ya empieza a desempeñar en las explotaciones agrícolas y ganaderas.
“No estamos hablando de humanoides que sustituyan al agricultor, sino de aplicar la robótica y el aprendizaje automático para facilitarle la vida”, explica a la agencia SINC Beatriz Romanos, periodista especializada en tecnología agroalimentaria y fundadora de la plataforma FoodTech. “No será tan diferente a lo que tenemos ahora, será parecido en muchas cosas. La innovación necesaria va encaminada a que las granjas actuales sean más sostenibles, más resilientes y más rentables”.
En opinión de Romanos, el agricultor del futuro será multifacético: “Tendrá que combinar sus conocimientos y experiencia sobre el campo con conocimientos técnicos sobre las herramientas que puede usar”.
En la ganadería, algunas tecnologías llevan décadas aplicándose. Los robots de ordeño, por ejemplo, identifican los pezones mediante un sensor óptico y colocan la pezonera automáticamente. También disponen de sensores que detienen el proceso cuando baja el flujo de leche, según explica el veterinario Alex Bach, investigador del departamento de Ciencia Animal de la Universidad de Lleida.
Más recientes son los podómetros colocados en las pezuñas de las vacas, que mediante machine learning predicen el celo, o los sensores de rumia en collares que miden el tiempo de masticación y alertan sobre posibles patologías digestivas.
“El problema de todos estos sensores es que funcionan como apagafuegos, no previenen los problemas”, señala Bach. Para superarlo, el investigador ha desarrollado Algomilk, un programa español de inteligencia artificial que integra datos de múltiples fuentes —clima, humedad, temperatura, consumo de alimento, producción y composición de la leche, estado de gestación o lactancia— para predecir diariamente el comportamiento del animal y ajustar, por ejemplo, la ración de nutrientes de forma personalizada.
Sistemas similares de alimentación de precisión se extienden cada vez más en producciones de vacas y cerdos. En estos últimos, un chip en la oreja monitoriza variables como el peso y controla el acceso a comederos con distintas composiciones de alimento, según Heiner Lehr, especialista en ganadería de precisión y director de Beak Analytics.
CUIDAR POLLOS A DISTANCIA CON INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Criar pollos es un negocio de “altísimo rendimiento, pero necesita más mantenimiento que un Porsche”, bromea Lehr. Con naves de hasta cien mil aves, la atención individualizada es imposible y el papeleo deja poco tiempo para recorrer la granja.
Para solucionarlo, Lehr diseñó ChickenBoy, un sistema de IA que, mediante cámaras en el techo, analiza el movimiento de las aves, su consumo de agua y el estado de las heces para detectar problemas en las primeras horas de una infección. “Actuar a tiempo es clave porque en las granjas las cosas se van a pique muy rápido”, advierte. El sistema permite al granjero comprobar los indicadores clave cada noche desde su ordenador y dormir con mayor tranquilidad.
ROBOTS RECOLECTORES Y ASISTENTES EN LOS CULTIVOS
En los cultivos, la robótica también avanza. El ingeniero industrial Juan Bravo fabricó su primer robot para recolectar fresas en 2009 en Huelva y luego continuó el desarrollo en California con su startup Agrobot. Aunque los robots recolectores autónomos completos (como para brócoli o alcachofa) aún están en fase de prototipos y pruebas, ya son una realidad los robots asistentes.
Uno de ellos es una mesa grande que avanza delante de los recolectores guiada por sensores láser. Los trabajadores dejan las cajas llenas sobre la mesa, lo que reduce en un 30% el tiempo perdido en transportarlas. Además, funciona con energía solar, por lo que sus costes operativos son cero.
Los robots para control de malas hierbas también tienen éxito en lechuga, soja y maíz. Algunos funcionan como aspiradores autónomos que eliminan plagas como el lygus en fresas, mientras que otros usan cámaras y láser o fumigación selectiva para eliminar solo las plantas no deseadas.
CONTROL DE PLAGAS DE PRECISIÓN Y POLINIZACIÓN CON DRONES
La investigadora Ángela Ribeiro, del Centro de Automática y Robótica de la Universidad Politécnica de Madrid-CSIC, trabaja en microrrobots para combatir el hongo Botrytis cinerea en viñedos. Cámaras instaladas en vehículos autónomos captan imágenes 3D que se envían a una plataforma en la nube. Allí, el deep learning detecta la infección y ordena a los robots aplicar el tratamiento solo en las zonas afectadas, con tanques de producto fitosanitario.
“Esto ahorraría costes al granjero y reduciría la contaminación del suelo y las aguas por exceso de fitosanitarios”, explica Ribeiro. Un enfoque similar se investiga en fertilizantes de precisión, que aplican la cantidad exacta que necesita cada planta.
En el futuro, mini robots autónomos y voladores podrían encargarse de la polinización, una función tradicional de las abejas, ahora en riesgo. “Existe una necesidad real; la clave está en investigar para que sea viable económicamente”, apunta Romanos.
DESAFÍOS: MANO DE OBRA, INVERSIÓN Y CAMBIO DE MENTALIDAD
La falta de mano de obra impulsa esta robotización, especialmente en el norte de Europa. En España, un alto porcentaje de agricultores se jubilará en la próxima década sin relevo generacional claro.
Sin embargo, la rápida obsolescencia tecnológica supone un riesgo: muchos invierten grandes sumas que no llegan a rentabilizarse. Una posible solución es el modelo de alquiler de robots en lugar de compra.
La rentabilidad también varía por países. “No es lo mismo que la máquina trabaje en EE.UU. o en España. La mano de obra es mucho más barata aquí”, señala Bach. En naciones con mano de obra cara o fuerte inversión en I+D (Australia, Emiratos Árabes, EE.UU. o Japón), la adopción es mayor.
Además, muchos agricultores tradicionales muestran resistencia al cambio. “No les gusta el ordenador”, confiesa Bach. Para Romanos, la robotización debe ser “una ayuda para que su vida sea menos dura, más atractiva y, al mismo tiempo, su producción sea más rentable, sostenible y resiliente frente al cambio climático y la sequía”. Eso sí, “es importante que esta tecnología no deje a nadie atrás”.





