Cuando comienzo a escribir una novela, no sé nada”, dice Eugenia Almeida. Se le aparece una imagen y algo desde su interior comienza el dictado. En Desarmadero, su novela más reciente, que recibió el premio más destacado del policial francés, la escena que vio era un desarmadero de autos, un tiroteo, gente en el suelo, algunos con uniforme de policía. Eso era todo en la cabeza de la escritora cordobesa, a partir de ahí la historia se empezó a escribir en un cuaderno. En total usó diez, que, una vez tipeados, hizo desaparecer.
Estaba sola cuando se enteró de que se convertía en la primera autora argentina en conseguir el Grand Prix de Littérature Policière de novela extranjera. Encima, como todavía no estaba publicado el anuncio oficial, no podía contar nada de su alegría. “Esa noche compré una cerveza”, confiesa, y una sonrisa vuelve a dibujarse. “Fue un gran impacto, porque el policial es el género que más me gusta, y ni en el más loco de los delirios me hubiera imaginado ganar ese premio alguna vez. Y en la lista de ganadores hay un montón de gente que considero mis maestros. De a ratos me parece que no es verdad”, le cuenta a Convivimos durante una tarde de calor sofocante en la ciudad de Córdoba.
Además de Desarmadero, publicó las novelas El colectivo, La pieza del fondo y La tensión del umbral; el libro de poesía La boca de la tormenta y uno de ensayos titulado Inundación: el lenguaje secreto del que estamos hechos. Todos premiados y traducidos a otros idiomas.
- ¿Qué vieron en Desarmadero?
Los escritores y escritoras somos los menos indicados para hablar de nuestras obras y su recepción, porque somos los únicos que no podemos leerlas como un lector común. No sabría decir qué es lo que vieron. Hay un cierto tipo de policial en Francia, que a mí es el que más me gusta, que se aleja de la línea norteamericana, que tiene que ver con un abordaje de crítica social, quizá ahí había cierta afinidad con lo que suelen leer los franceses.
- Como escritora, ¿en qué quedaste satisfecha?
No sé si los lectores van a coincidir, pero desde la trastienda, al contrario de otros libros míos, que empiezan en un punto y van in crescendo en la tensión, este ya empieza ahí y no cayó. En lo que yo aspiro, está bien. Me gustan las historias que son contadas no desde el comienzo, esas en las que entrás y no entendés muy bien qué está pasando ni quién es quién.
- ¿Los temas que abordás son una decisión consciente?
No. Escribo para saber qué pasa. No hay ninguna elección, cuando he dicho “Voy a escribir sobre tal cosa”, no sale, quizá porque empiezan a aparecer estructuras de lo que pienso de las cosas y para hacer una novela no importa qué piensa el autor. Entonces, es más bien ir siguiendo la novela, más que programarla o desplegarla yo.
- ¿Te sentís una médium entre la historia y los lectores?
Sí, es esa sensación. Un médium cuando transmite no elige lo que dice, incluso le puede parecer horroroso, y si es bueno en lo suyo, no debería intervenir, en todo caso puede elegir callarse. Qué hay del otro lado, en la literatura, no sé; viene del inconsciente, no lo sé. La sensación es más como la de alguien que tuviera que describir lo que está viendo.
- ¿Hay que ser observadora para escribir?
Creo que sí. Insisto en el “yo creo”. Quizá haya excelentes escritores que no observen nada más que su interior. Pero los que a mí me gustan tienen un ojo y, sobre todo, un oído finísimo para pescar ciertas cosas que quizá son muy mínimas, y que producen un efecto.
- En la pandemia te preguntaste por qué escribir, ¿qué te respondiste?
No. No es una pregunta sobre cuál es el objetivo, sino qué sentido tiene, que es bastante más incómoda y es algo que nunca había sentido. Sí me pasó que en esos meses salió un libro de Betina González, a quien considero una gran referente. En La obligación de ser genial había reflexiones sobre la escritura, y sentí otra vez el deseo. Ahora, por qué escribir, sigo sin saberlo.
- ¿Qué te hace perder el deseo de escribir?
La pandemia fue un momento de estupor, y cuando estás así, no podés hacer nada, solo sobrevivir. Eso me dio la pauta de que me estaba preocupando por tonterías sin sentido. Le quité importancia al hecho de hacer una carrera literaria, fue más bien comprar tiempo para escribir.

- ¿La actualidad te moviliza a escribir sobre ciertos temas?
No a escribir sobre esta época, pero sí no lo podés separar. Estamos viviendo una época tenebrosa, aquí y a nivel mundial, en la que el odio se está apoderando de todo, y hay un perfume a la década del 30 en Europa, horrible. Cualquier cosa que yo haga, tomar un café, encontrarme con un amigo, cocinar, va a tener la impronta de lo que estoy viviendo.
“Leer y escribir son de las pocas cosas que siempre han estado presentes”.
- ¿Por qué trascienden los personajes marginales?
No lo sé. No obstante, habría que preguntarse si son marginales, tomar el cien por ciento de la sociedad y ver cuántos son como el pibito que roba un auto para entrar a un circuito que le dé pertenencia en su barrio. No son marginales, marginales empezamos a ser los que tuvimos la suerte de ir a la universidad pública, en el sentido de minorías. Quizá ahí hay algo de ese interés, es el grueso de nuestra población, personas que tienen opciones limitadísimas. Esas historias están hablando de un momento y de muchísima gente que se creía que iba a ser clase media toda la vida y que está ahí de caer.
- ¿El sentido de leer también te lo preguntaste?
Jamás. El sentido de leer es que es maravilloso. En mi experiencia, es lo que más me gusta hacer en la vida. Leer y escribir son de las pocas cosas que siempre han estado presentes. Además, hablando de esta época nefasta, todo refugio es más que necesario, y la lectura es para mí el lugar donde sé que me puedo meter un rato en otra cosa.
- ¿Hay una literatura del interior que cuenta a la Argentina más allá de Buenos Aires?
Sí, totalmente. No tanto que se esté escribiendo, sino que se está publicando. Ahora se presta un poco más de atención, pero venimos escribiendo desde siempre. Al igual que en el siglo pasado, en un momento empezaron a ver a los escritores del interior. Eso es mérito de las editoriales de alcance nacional que empiezan a poner sus ojos en las provincias, y también de las editoriales locales.
- ¿Y por qué ahora se mira más? ¿Faltan historias?
Siempre faltan historias y siempre hay un recorte que es complicado. Yo quisiera leer la novela que escribe la cajera de un hipermercado o una señora que trabaja de empleada doméstica, pero esa gente no puede acceder. Primero, porque cuando terminan su jornada laboral, no tienen resto para nada. Y después, aun si lo hacen, tampoco accederían, porque el mercado va poniendo el ojo en ciertos lugares. Voces siempre faltan. Contrario a lo que se piensa, somos muy pocos los que leemos y demasiados pocos los que escribimos con posibilidad de compartir un trabajo.
- ¿La escritura es “inundación”?
Totalmente. En mi forma de trabajar, no podés tener un plan, va subiendo el agua y empezás a ver que lo que estaba en el piso está flotando, tenés que decidir si subís al techo o te vas. Lo que me gusta de escribir es que eso te toma y todo lo que tiene que ver con la personalidad deja de importar. Eso me alivia, que cuando escribo, esa cosa del yo, de la historia personal, que me resulta recontragobiante, desaparece, porque me meto ahí. En la lectura lo mismo, suspendés un rato quién sos para entrar en otra cosa.
PING-PONG
- Una escritora: Marguerite Duras.
- Un libro escrito por una mujer: La obligación de ser genial, de Betina González.
- Un personaje: Jules Maigret, de Georges Simenon.
- Una palabra: “Azulejo”.
- Una letra: Jota.