LA CORRIENTE CIRCUMPOLAR ANTÁRTICA NO NACIÓ SOLO POR LA SEPARACIÓN DE CONTINENTES: UN ESTUDIO REVELA EL ROL CLAVE DE LOS VIENTOS 

Un nuevo modelo revela que la apertura de los pasos oceánicos no fue suficiente para activar la Corriente Circumpolar Antártica. Su origen fue mucho más asimétrico y dependiente de los vientos de lo que se creía.
Un nuevo modelo revela que la apertura de los pasos oceánicos no fue suficiente para activar la Corriente Circumpolar Antártica. Su origen fue mucho más asimétrico y dependiente de los vientos de lo que se creía.

La Corriente Circumpolar Antártica (ACC, por sus siglas en inglés) es el gigante de los océanos: transporta más de cien veces el volumen combinado de todos los ríos del planeta y funciona como una formidable barrera térmica que mantiene congelada a la Antártida. Durante décadas, los científicos creyeron que su formación fue un proceso relativamente directo ligado a la apertura de los pasos oceánicos de Drake (entre Sudamérica y la Antártida) y de Tasmania (entre Australia y la Antártida). Sin embargo, un nuevo estudio internacional liderado por el Instituto Alfred Wegener (AWI) de Alemania, publicado esta semana en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), matiza drásticamente esa visión y añade un ingrediente atmosférico crucial. 

Según los investigadores, la mera separación continental no fue suficiente. La corriente necesitó un “empujón” preciso de los vientos del oeste y una configuración geográfica específica para activarse plenamente hace unos 34 millones de años, durante la transición del Eoceno al Oligoceno, cuando la Tierra pasó de un estado de “invernadero” (casi sin hielo permanente) a uno de “nevera” con casquetes polares estables. 

Hanna Knahl, modeladora climática del AWI y autora principal del trabajo, explica: “Para predecir el clima del futuro, es necesario mirar al pasado mediante simulaciones y datos que nos permitan comprender estados climáticos más cálidos y ricos en CO₂ que los actuales”. En aquella época, las concentraciones de dióxido de carbono rondaban las 600-840 ppm, un nivel que los escenarios más alarmantes proyectan para finales de este siglo. 

El equipo utilizó simulaciones climáticas de alta resolución con la configuración continental de hace 33,5 millones de años. Por primera vez, acoplaron de manera interactiva la dinámica de la capa de hielo antártica con el océano, la atmósfera y las masas terrestres. Esto permitió obtener una imagen detallada de aquel mundo en transformación y validar los resultados con reconstrucciones geológicas. 

UNA CORRIENTE ASIMÉTRICA EN SU “INFANCIA”

Los resultados son sorprendentes: en sus inicios, la ACC no era el anillo vigoroso y uniforme que conocemos hoy. Aunque los pasos oceánicos ya estaban abiertos, el Océano Austral se dividía en dos sectores muy distintos. En las regiones del Atlántico y el Índico fluía una corriente fuerte, pero el sector del Pacífico permanecía mucho más calmado. La corriente fluía hacia el este a través del Paso de Tasmania, pero luego se desviaba hacia el norte y se debilitaba a lo largo de las costas de Australia y Zealandia.

La clave no estuvo solo en la tectónica de placas, sino en la meteorología. La posición de Australia resultó determinante. Solo cuando este continente se alejó lo suficiente hacia el norte, los fuertes vientos del oeste (westerlies) pudieron soplar directamente a través del Paso de Tasmania sin obstáculos terrestres, inyectando la energía necesaria para que la corriente circunnavegara completamente el polo sur. 

“Nuestras simulaciones lo confirman claramente: la corriente solo pudo desarrollarse plenamente cuando los vientos del oeste soplaron directamente por el paso de Tasmania”, afirma Knahl. Este hallazgo resalta que la interacción entre atmósfera y océano es tan fundamental para la arquitectura climática global como el movimiento de los continentes. 

UN REGULADOR DEL CARBONO Y EL CLIMA

La formación plena de la ACC no solo reorganizó la circulación oceánica, sino que impulsó una masiva absorción de carbono por parte del océano, contribuyendo a la reducción de CO₂ atmosférico y consolidando el clima más frío de la Era Cenozoica en la que aún vivimos. Además, aisló térmicamente a la Antártida, favoreciendo la glaciación permanente. 

Johann Klages, geocientífico del AWI y coautor del estudio, concluye: “La formación de la ACC fue el motor que inició la glaciación permanente de los polos. Conocer cómo se configuró este equilibrio ayuda a entender la vulnerabilidad del sistema actual frente al calentamiento global y la respuesta de los sumideros de carbono”. 

Este trabajo pionero, realizado en colaboración con expertos de Australia y Nueva Zelanda, representa un avance en la paleoceanografía al demostrar la importancia de las simulaciones acopladas de alta resolución. En un momento en que el cambio climático actual altera la circulación del Océano Austral, estos hallazgos del pasado profundo ofrecen herramientas valiosas para anticipar cómo podría responder el sistema climático en las próximas décadas. 

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