La demencia afecta a millones de personas en todo el mundo y representa uno de los mayores desafíos sanitarios y sociales del envejecimiento poblacional. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2021 aproximadamente 57 millones de personas vivían con demencia a nivel global, con más del 60% en países de ingresos bajos y medios.
Los tratamientos actuales contra la demencia tienen una eficacia limitada, por lo que la investigación se centra cada vez más en la prevención primaria: reducir el riesgo antes de que aparezcan los síntomas. Aunque se sabe que hábitos saludables favorecen la salud cognitiva, faltaba evidencia sólida sobre la relación precisa de comportamientos cotidianos como el ejercicio, el tiempo sentado y el sueño con el desarrollo de esta patología.
Un nuevo metaanálisis publicado en la revista PLOS One aporta datos reveladores. Liderado por investigadores de la Universidad de York (Canadá), el trabajo analizó 69 estudios observacionales de cohortes que incluyeron a millones de adultos mayores de 35 años. Los resultados asocian tres comportamientos modificables del estilo de vida con un impacto significativo en el riesgo de demencia.
LOS TRES COMPORTAMIENTOS CLAVE
Según el estudio, la actividad física regular —equivalente a unos 150 minutos semanales de intensidad moderada— se asocia con una reducción promedio del 25% en el riesgo de desarrollar demencia. Esta asociación se observó en 49 estudios con más de 2,8 millones de participantes, aunque con cierta heterogeneidad entre ellos.
Por el contrario, permanecer sentado más de 8 horas al día incrementa el riesgo en un 27%. Los autores destacan que, aunque el sedentarismo prolongado se distingue cada vez más de la simple inactividad física, aún hay relativamente pocos estudios de cohortes que lo hayan examinado específicamente en relación con la demencia.
En cuanto al sueño, tanto dormir menos de 7 horas como más de 8 horas por noche se vincula con un mayor riesgo: entre un 18% y un 28% más alto en comparación con las 7-8 horas recomendadas.
Akinkunle Oye-Somefun, primer autor del estudio e investigador de la Universidad de York, explica en declaraciones a la Agencia SINC: “En conjunto, estos resultados destacan tres comportamientos del estilo de vida (la actividad física, el tiempo de sedentarismo y el sueño) como factores prácticos y modificables con implicaciones significativas para la prevención de la demencia”.
El investigador añade que existe consistencia en los hallazgos a través de múltiples países y grupos de edad, lo que refuerza la relevancia de estos hábitos cotidianos para moldear la salud cerebral a lo largo de décadas.
LIMITACIONES Y RECOMENDACIONES
Aunque el diseño observacional del metaanálisis no permite establecer causalidad directa, los autores subrayan que estos comportamientos son “objetivos accesibles y modificables” que podrían contribuir a reducir el riesgo a nivel poblacional. Oye-Somefun insiste en que no se trata de acciones aisladas: “No deberíamos hacer una de estas cosas sola, sino todas”.
Expertos coinciden en que promover estos cambios —caminar más, reducir el tiempo sentado (por ejemplo, interrumpiendo periodos prolongados con breves pausas de movimiento) y mantener rutinas de sueño saludables— representa una estrategia de bajo coste y alto impacto potencial frente al envejecimiento demográfico.






