El ruido, las fluctuaciones hormonales o el consumo de ciertos alimentos son desencadenantes clásicos de las migrañas. Ahora, la ciencia añade uno más: la contaminación atmosférica. Un estudio publicado en la revista Neurology, de la Academia Americana de Neurología, concluye que tanto la exposición a corto plazo como la acumulada a la polución del aire, junto con factores climáticos como el calor y la humedad, se relacionan con un aumento en la actividad de las migrañas.
La investigación, liderada por el doctor Ido Peles, de la Universidad Ben-Gurion del Néguev en Be’er Sheva (Israel), analizó datos de 7.032 adultos diagnosticados con migraña que residían en esta ciudad del desierto del Néguev. Los participantes fueron seguidos durante un promedio de 10 años, comparando sus visitas a urgencias o centros de atención primaria por migraña aguda con los niveles diarios de contaminación (procedente del tráfico, la industria y tormentas de polvo) y las condiciones meteorológicas del mismo día y hasta siete días antes.
Los resultados son claros: en los días con mayor número de consultas hospitalarias por migraña, los niveles de contaminación atmosférica eran significativamente más altos que el promedio del período estudiado. Por el contrario, los días con menor actividad clínica coincidían con niveles inferiores de polución.
Según el estudio, las personas expuestas a niveles altos de dióxido de nitrógeno (NO₂) a corto plazo tenían un 41 % más de probabilidades de acudir al hospital o a una clínica por una crisis de migraña en comparación con quienes no estaban expuestos a esos picos. Del mismo modo, una exposición elevada a la radiación solar o rayos ultravioleta (UV) aumentaba en un 23 % el riesgo de sufrir un ataque.
Además, las condiciones climáticas semanales modificaban estos efectos. En verano, las altas temperaturas y la baja humedad amplificaban el riesgo asociado al NO₂. En invierno, el frío y la alta humedad intensificaban el efecto de las partículas finas 8 PM₂.₅).
El trabajo también identificó efectos acumulativos. Una mayor exposición acumulada al NO₂ y a las partículas PM₂.₅ durante el trimestre anterior se asoció con un mayor consumo de triptanes (medicamentos específicos para la migraña), lo que sugiere que la contaminación no solo desencadena ataques agudos, sino que también puede mantener la enfermedad más activa a lo largo del tiempo.
“Estos resultados nos ayudan a comprender mejor cómo y cuándo ocurren los ataques de migraña”, explicó el doctor Ido Peles. “Sugieren que, para las personas con susceptibilidad previa, los factores ambientales desempeñan dos roles: los de mediano plazo, como el calor y la humedad, modifican el riesgo general de sufrir ataques, mientras que los de corto plazo, como los picos de contaminación, actúan como desencadenantes directos”.
Durante el seguimiento, el 32 % de los pacientes (2.215 personas) requirió al menos una visita médica por migraña aguda. Un 47 % compró triptanes, con un uso promedio de dos tabletas al mes, aunque un 2,3 % consumía 10 o más.
CAMBIO CLIMÁTICO
Los autores destacan que, con el avance del cambio climático —que aumenta la frecuencia de olas de calor, tormentas de polvo y episodios de contaminación—, será necesario integrar estos factores ambientales en el manejo de la migraña.
“Estos hallazgos resaltan oportunidades para anticipar qué atención será necesaria”, señaló Peles. “A medida que el cambio climático intensifica la frecuencia de las olas de calor, las tormentas de polvo y los episodios de contaminación, necesitaremos integrar estos factores de riesgo ambiental en el tratamiento para las personas con migraña”. Entre las medidas preventivas que sugieren los investigadores figuran: limitar la actividad al aire libre en periodos de alto riesgo, utilizar filtros de aire en interiores y considerar medicamentos preventivos a corto plazo cuando se pronostiquen condiciones adversas.
LIMITACIONES DEL ESTUDIO
Los propios autores reconocen varias limitaciones. La exposición a la contaminación se midió mediante estaciones de monitoreo fijas, sin tener en cuenta variables individuales como el tiempo pasado en interiores, el uso de aire acondicionado, el tipo de trabajo o las actividades diarias. Además, al basarse en visitas hospitalarias y datos de farmacia, los resultados reflejan principalmente casos de migraña grave y podrían no aplicarse a personas con episodios más leves que se autoadministran tratamiento.
A pesar de estas limitaciones, el estudio representa un avance importante al identificar la contaminación atmosférica como un factor ambiental modificable en la migraña, una enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo y que genera una importante carga personal y sanitaria.






