Un reciente estudio de la Universidad de Australia Occidental ha revelado un hallazgo sorprendente sobre la Alicella gigantea, un crustáceo de aspecto fantasmal que, lejos de ser una rareza de las profundidades marinas, habita el 59 % de los océanos del mundo. Este «anfípodo supergigante», que puede alcanzar los 34 centímetros de longitud, ha desafiado más de un siglo de percepciones científicas que lo consideraban escaso debido a lo infrecuente de sus avistamientos.
Descrito por primera vez en 1899, este habitante de las profundidades abisales –entre 3.890 y 8.931 metros bajo la superficie– fue registrado en raras ocasiones, lo que llevó a los científicos a asumir que sus poblaciones eran mínimas.
Sin embargo, tras analizar casi 200 registros de 75 ubicaciones en los océanos Pacífico, Atlántico e Índico, los investigadores descubrieron que su aparente rareza se debía a la dificultad de acceder a su hábitat, no a su escasez. «Históricamente, se ha muestreado u observado con poca frecuencia, lo que sugería bajas densidades de población», explica la bióloga molecular marina Paige Maroni.
La Alicella gigantea es un anfípodo de proporciones extraordinarias, mucho mayor que sus parientes, que suelen ser más pequeños que la punta de un dedo. Su cuerpo pálido y desprovisto de pigmentación, junto con adaptaciones genéticas únicas, le permite prosperar en un entorno de oscuridad absoluta, temperaturas gélidas y presiones aplastantes.
Según un estudio de 2021, esta especie posee genes que favorecen la conservación de energía, la resistencia al hambre y la tolerancia a condiciones extremas. Su gran tamaño, ligado a marcadores genéticos como el gen aPKC, le permite almacenar recursos para sobrevivir largos períodos sin alimento.
La falta de pigmentación sugiere, además, que no enfrenta grandes amenazas de depredadores en las profundidades, lo que ha facilitado su amplia distribución por los océanos.
Este descubrimiento pone en evidencia cuánto nos falta por explorar en los océanos. Según un estudio reciente, los humanos hemos observado menos del 0,001 % del fondo marino profundo, y las condiciones extremas dificultan su estudio. Como señala la científica Katy Croff Bell, «necesitamos conocer mucho mejor los ecosistemas y procesos de las profundidades oceánicas para tomar decisiones informadas sobre la gestión y conservación de los recursos».






