LA GENERACIÓN Z: ¿LA PRIMERA “MENOS INTELIGENTE” O VÍCTIMA DE UN ENTORNO DIGITAL TRANSFORMADO?

Un grupo de neurocientíficos ha advertido ante el Senado estadounidense de que los jóvenes actuales puntúan peor que las cohortes previas en indicadores como memoria, lectura o matemáticas. Sin embargo, el panorama es más complejo.
Un grupo de neurocientíficos ha advertido ante el Senado estadounidense de que los jóvenes actuales puntúan peor que las cohortes previas en indicadores como memoria, lectura o matemáticas. Sin embargo, el panorama es más complejo.

El pasado 15 de enero de 2026, el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos celebró la audiencia “Plugged Out: Examining the Impact of Technology on America’s Youth”. Presidida por el senador republicano Ted Cruz, la sesión reunió a expertos para analizar cómo el tiempo excesivo frente a pantallas afecta el desarrollo de niños y adolescentes. 

Cruz abrió el debate con datos alarmantes: los menores pasan de media entre cinco y ocho horas diarias ante dispositivos electrónicos. “Una infancia basada en el teléfono móvil”, la definió, y la vinculó directamente a una crisis de salud mental, aprendizaje y creatividad.

Entre los testigos, el neurocientífico Jared Cooney Horvath, director de LME Global y exprofesor, fue especialmente contundente. “Nuestros hijos son menos capaces cognitivamente que nosotros a su edad”, afirmó. Según su testimonio, la Generación Z —nacida entre 1997 y 2012, la primera que ha crecido con internet desde edades tempranas— sería también la primera en rendir peor de forma global en pruebas de atención, memoria, lectura, matemáticas, función ejecutiva e incluso cociente intelectual, a pesar de haber pasado más años en el sistema educativo. 

Horvath situó el punto de inflexión alrededor de 2010, coincidiendo con la expansión masiva de dispositivos digitales en aulas y hogares. “Cada vez que la tecnología entra en el aula, el aprendizaje baja”, argumentó, defendiendo limitar su uso en los centros educativos. Sus palabras se viralizaron rápidamente: el New York Post tituló que la Generación Z era “oficialmente más tonta” que la anterior. 

PISA 2022: UN DESCENSO SIN PRECEDENTES

Los datos internacionales respaldan parte de la preocupación. La última edición del informe PISA (2022) de la OCDE, que evaluó a estudiantes de 15 años en 81 países, registró un descenso histórico en matemáticas y lectura respecto a 2018, mientras que los resultados en ciencias se mantuvieron relativamente estables. En muchos países occidentales, los puntajes cayeron por debajo de los niveles prepandemia, aunque las causas no se atribuyen solo al COVID-19. 

Sin embargo, varios investigadores españoles consideran que calificar a la Generación Z como “menos inteligente” es una sobregeneralización sin base científica sólida. “Decir que la generación Z es menos inteligente es una sobregeneralización que no tiene base científica”, señala a SINC José César Perales, catedrático de Psicología de la Universidad de Granada. Los datos no permiten hablar de un “efecto Flynn inverso” global —la reversión del aumento secular del cociente intelectual—, sino de tendencias complejas y heterogéneas según país, cohorte y habilidad evaluada.

Perales discrepa también de la carga negativa exclusiva sobre las pantallas: “Obviamente han tenido un impacto en los códigos culturales y comunicativos, pero la evidencia no muestra un impacto significativo sobre aspectos del rendimiento cognitivo”. Cita el estudio ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development), con casi 12.000 niños estadounidenses, que no halló relación entre tiempo de pantalla y deterioro cerebral o bienestar.

Roberto Colom, catedrático de Psicología Diferencial en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de Inteligencia (Shackleton Books, 2024), coincide en que el diagnóstico de Horvath es demasiado universal. En algunos países del norte de Europa se observan descensos, pero en otras regiones persisten incrementos generacionales. “Parte del problema podría estar en una reducción de la exigencia cognitiva en el entorno educativo”, apunta. Ejemplo: el examen SAT estadounidense ha pasado a textos más breves y preguntas más literales, adaptándose —y reforzando— el consumo fragmentado típico de la cultura digital.

Un metaanálisis reciente de 71 estudios con casi 100.000 participantes (publicado en Psychological Bulletin, 2025) asocia el uso intensivo de plataformas de vídeos cortos (TikTok, Instagram Reels, YouTube Shorts) con peor salud cognitiva y mental en jóvenes y adultos: menor atención, peor control inhibitorio, más ansiedad y estrés. Sin embargo, Perales advierte: “No podemos confundir correlación con causalidad”. 

HABILIDADES QUE BAJAN, OTRAS QUE RESISTEN

Los datos no muestran un deterioro uniforme. En un estudio español publicado en la revista Intelligence con pruebas separadas por tres décadas, el equipo de Colom detectó un patrón mixto: “El manejo de números ha empeorado bastante, pero la capacidad de razonar no ha mostrado declive”.

Manuel Martín-Loeches, catedrático de Psicobiología en la Universidad Complutense de Madrid, recuerda que el término “uso de pantallas” agrupa actividades muy diferentes: “Hay estudios que apuntan a efectos negativos en ansiedad o atención, pero algunos incluso describen beneficios, como en el caso de gente mayor que utiliza el ordenador de casa, no el móvil, para informarse”.

EXTERNALIZANDO EL CEREBRO

Existe consenso en que el formato importa. La lectura en papel favorece la comprensión profunda y la memoria gracias al apoyo espacial que ofrece el libro físico (páginas pares o impares, posición en el texto). En pantalla, ese anclaje se diluye. Algo similar ocurre con la escritura a mano frente al tecleo.

Colom lo enmarca en un fenómeno más amplio: la externalización del esfuerzo cognitivo. “Cuando reduces la exigencia cognitiva, el cerebro se adapta”, explica, citando el caso de los taxistas londinenses (cuyo hipocampo se redujo con el GPS) o los pilotos que pierden habilidades con la automatización. “Si las ayudas externas son excesivas —buscadores, aplicaciones e IA—, los chavales pierden autonomía para razonar por su cuenta; si nadie les exige pensar, dejan de hacerlo”.

En el terreno normativo, Colom ve razonable limitar el acceso a redes antes de los 16 años, dada la madurez cognitiva. Martín-Loeches apela al principio de precaución ante riesgos potenciales. 

Todos los expertos consultados coinciden en rechazar el eslogan de la “generación más tonta”. No se trata de una Generación Z menos inteligente, sino de un cambio profundo en el entorno cognitivo: nuevas herramientas, formas de atención fragmentada y un sistema educativo en transformación que, según algunos, ha reducido la exigencia en ciertos ámbitos.

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