La tecnología de ARN mensajero (ARNm), que saltó a la fama con las vacunas contra la COVID-19, continúa expandiendo sus aplicaciones médicas más allá de la inmunización. Investigadores exploran su uso para prevenir complicaciones del embarazo como la preeclampsia, desarrollar terapias únicas contra alergias o incluso rejuvenecer temporalmente el sistema inmunitario en modelos animales envejecidos. Ahora, un nuevo estudio añade otro campo prometedor: la restauración de la fertilidad masculina afectada por defectos genéticos.
Un equipo dirigido por Takashi Shinohara, catedrático de Genética Molecular en la Universidad de Kioto, ha logrado recuperar la espermatogénesis —el proceso de producción de espermatozoides— en ratones macho genéticamente infértiles mediante la inyección directa de ARNm en los testículos. Los resultados, publicados en la revista Stem Cell Reports y replicados en el portal SINC, muestran que esta intervención temporal desbloquea la producción de esperma y permite obtener descendencia sana.
La infertilidad afecta a alrededor del 10 % de las parejas en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud, y en aproximadamente la mitad de los casos intervienen factores masculinos. Muchos de estos se deben a defectos genéticos que interrumpen la formación de espermatozoides. Para superar esta barrera sin alterar permanentemente el genoma, los científicos optaron por el ARNm, una molécula efímera que entrega instrucciones genéticas temporales y se degrada rápidamente en las células.
El método desarrollado consiste en la administración dirigida del ARNm en los testículos, logrando que llegue a las células clave: las germinales (productoras de esperma) y las de Sertoli (que las nutren y regulan). Los investigadores probaron la técnica en ratones con una mutación en las células de Sertoli que bloquea la espermatogénesis, un defecto también asociado a infertilidad y trastornos testiculares en humanos.
Aunque el ARNm solo permaneció activo durante aproximadamente dos días, este breve período fue suficiente para reactivar la producción de espermatozoides. Los animales tratados recuperaron la capacidad de generar gametos funcionales, y mediante microinseminación —una técnica de reproducción asistida— se obtuvieron crías sanas a partir de óvulos fecundados con espermatozoides recuperados.
Sorprendentemente, el efecto fue más prolongado de lo anticipado. “Funciona durante varios meses y probablemente durante el resto de la vida del animal”, explica Shinohara. El investigador sugiere que, en ciertos casos de infertilidad, basta con eliminar temporalmente el obstáculo genético para que el proceso se normalice de forma sostenida, sin necesidad de administraciones repetidas.
A pesar de estos resultados alentadores, el equipo enfatiza las precauciones necesarias. La principal preocupación radica en la microinseminación utilizada para obtener descendencia en el experimento. Estudios previos del mismo grupo han mostrado que esta técnica puede inducir anomalías de comportamiento y defectos congénitos en generaciones posteriores (nietos de los tratados). “Es preocupante porque muchas personas utilizan microinseminación en tratamientos de fertilidad”, advierte Shinohara, quien insta a un monitoreo exhaustivo de la descendencia, incluyendo comportamiento y esperanza de vida.
Aunque el defecto genético modelado en ratones se ha descrito en algunos casos humanos, Shinohara reconoce que establecer relaciones causales en la infertilidad humana es complejo. Sin embargo, cree que el principio podría aplicarse a una gama relativamente amplia de alteraciones similares.
El estudio se inscribe en el creciente interés por las terapias basadas en ARNm más allá de las vacunas. No obstante, Shinohara subraya la necesidad de avanzar con extrema cautela en técnicas reproductivas. “Los estudios exhaustivos en modelos animales son un requisito imprescindible antes de considerar cualquier aplicación clínica”, afirma, recordando que algunas intervenciones humanas se han implementado con evidencia animal muy limitada.





