El Portezuelo – Punta Ballena: La bahía del sol

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Atardeceres increíbles desde una playa llana y protegida de los vientos, cercana a Punta del Este, pero con todos sus particulares atractivos. Para disfrutar del mar, la arena y la naturaleza con un encanto muy especial.

El sol se veía tan rojo y espléndido por aquellos tiempos, como ahora, no mucho menos de dos siglos después. Como durante todo el paso de la existencia. 

Ese sol brillaba contundente y deslumbrante allá en el horizonte dibujado en el mar. Así se lo veía desde el terreno de 1800 hectáreas delimitadas por el arroyo el Potrero, la laguna del Sauce y la sierra de la Ballena, pero también por el majestuoso Río de la Plata: Antonio Lussich, un acaudalado propietario de una empresa de salvamento marítimo, descubrió esa hermosa parcela a principios de 1896 y el 5 de octubre de ese mismo año firmó el contrato de la compra. Al año siguiente emprendió los trabajos de forestación de lo que se convirtió en Arboretum Lussich, una de las reservas forestales artificiales que aún se mantienen con mayor diversidad de especies importadas y aclimatadas en el continente. Desde allí –siempre ocurrirá– se ve ese solazo rojo espectacular que se sumerge en el mar, cada atardecer, una y otra vez.

Ese mar impactante le daba un particular límite a un terreno donde había una pequeña casita que carecía de luz y de agua corriente; muy cerquita del arboretum, que por entonces embelleció un sitio que ya era particularmente bello. Esa pequeña casita fue levantada en 1945 por el arquitecto español Antoni Bonet i Castellana; se hubiera tratado casi de un obrador si no fuera porque desde allí el emprendedor europeo proyectó y gestó la realización del balneario El Portezuelo. 

La zona es conocida como Punta Ballena, un lugar paradisíaco de la costa uruguaya que pertenece al departamento de Maldonado y que se encuentra a 15 kilómetros del centro de Punta del Este y a apenas 128 de Montevideo. Se trata de una más de las tan afamadas y deseadas playas de la espléndida costa del este del Uruguay.

También se llega por el Camino Lussich, como se conoce a la ruta 38. Pero el camino más tradicional es la espléndida ruta IB (la interbalnearia) –cuyo nombre oficial es “Autopista Liber Seregni”– que viene desde Montevideo, y que cuando traspone el peaje de Solís, unos pocos kilómetros después, se zambulle en la ruta 9 como una suerte de continuidad de un asfalto impecable que surca lugares de gran belleza y paisajes que merecen ser conocidos palmo a palmo. Así, en las proximidades del tan “argentino” balneario de Piriápolis, se bifurca el camino. La 9 se aleja de la costa, cruza de inmediato el pueblo de Pan de Azúcar, para lanzarse por un camino muy moderno, serpenteante, rodea la laguna de Rocha y llega hasta las paradisíacas playas del este, como La Paloma, La Pedrera, Punta del Diablo, Cabo Polonio y Santa Teresa, entre muchos otros balnearios que los propios uruguayos consideran como “muy brasileños” por su generosa amplitud y su acentuado carácter agreste.

Claro que en aquella bifurcación también nace la ruta 10, a escasos kilómetros del tradicional cerro Pan de Azúcar con su cruz en la cima, tan popular, desde donde se vislumbra hasta Punta del Este y, por supuesto, la cercanísima Piriápolis. 

Y detrás de la Punta Colorada, y a un costado de la Punta Negra, llegamos a nuestro destino: el hermoso balneario del Sauce de Portezuelo. 

El imponente sol rojo. Los atardeceres de Punta Ballena, en toda su extensión, tienen una característica que los hace especialísimos

UN AUGE FENOMENAL 

El catalán Antoni Bonet i Castellana se instaló en la pequeña casita sin luz y proyectó el balneario y también otras casas como la de la familia Berlingieri, que aún se mantiene en pie, y la histórica hostería Solana del Mar, que por mucho tiempo le prestó el nombre al agraciado balneario. Es que, por largos años, el hospedaje se destacaba nítidamente en una región poco habitada, muy agreste, infinitamente hermosa merced a las irregularidades de su costa y a sus verdes tan intensos como diversos. 

Pero a partir de la década de los 80 todo cambió. Sus puestas de sol se hicieron más populares, la ciudad iba creciendo debido a los amantes de esas playas llanas y protegidas de los vientos. A tal punto que los regresos al atardecer, cada verano, hasta Punta del Este, suelen convertirse en una locura por el tránsito vehicular en las distintas rutas. También creció ostensiblemente la moda de que los yates que usualmente fondeaban en el cercano puerto de Punta lleguen a la bahía de Portezuelo en horas de la tarde casi exclusivamente para abrazar las puestas del sol. Desde la costa cada tarde se vislumbra un abigarrado desfile de embarcaciones.

Las playas de esa ancha bahía son de poca profundidad, con la característica común que presentan un doble banco de arena, lo que las hace particularmente seguras, durante sus cinco kilómetros de extensión. La ampliación de la ruta interbalnearia (el segundo carril) incidió en un cambio que finalmente no terminó afectando la extensión de las playas, por una construcción reparadora que activó la Intendencia Municipal de Maldonado, un denominado “colector poroso”. 

Esas playas, ese sol, ese paisaje precioso representan un horizonte espectacular si se las observa desde esas mansiones envidiables, con sus jardines impecables que dejan llegar sus tentáculos hacia las dunas que provocan el discutible límite con la playa. Ese detalle también generó diversos entredichos, resueltos con denodadas labores para preservar las dunas y el efecto de que sean dinámicas, con movimiento natural constante, ante las cuestiones ambientales.

Desde ya que todo el balneario cuenta con absolutamente todos los servicios para cubrir las necesidades básicas de confort y que los turistas no necesiten trasladarse a otros sitios para proveerse si no lo desean. Y también en lo relativo a la práctica de deportes, especialmente los acuáticos, con embarcaciones, tanto las motorizadas como las estancas, por caso, motos de agua, lanchas y otras, siempre con la seguridad garantizada por la labor de la Prefectura. La Rinconada, en el límite de la Punta Ballena, es un sitio muy popular elegido por los amantes de estas actividades. 

Miles de kilómetros de costa agreste, infinitamente hermosa, confort y plenitud. Eso se encuentra en cada rincón del este oriental.

NUDISMO, SANDBOARD Y MUCHO MÁS 

Y si se mencionan lugares de especial interés, no se puede dejar de lado la hermosa Playa Chihuahua. Se diferencia de las demás porque la vegetación y las características naturales la hicieron un tanto más angosta. Incluso con la aparente contradicción de tener los mejores y mayores oleajes de toda la zona de El Portezuelo, debido a la profundidad de su costa. Aunque a la vez tiene las arenas más secas. No solo esas características le dan un especial interés: desde hace algunos lustros tomó una notoriedad especial porque se permite el nudismo. A partir de entonces se la comenzó a mencionar como “la playa naturista”.

Otro atractivo desde hace algunos años es la zona donde se erigen una serie de cabañas muy particulares y recomendables para familias, al oeste del balneario, en el extremo más próximo a Piriápolis, cercanas a un sector de playas de arena seca y un oleaje usualmente violento. Allí se pueden encontrar las dunas más altas, bastante más elevadas que en el resto de la bahía, con pendientes pronunciadas. Esas características favorecen notoriamente la práctica de sandboard. 

Muy cerca de allí, hacia el centro, se encuentra el tradicional restó-bar Medio y Medio, donde se pueden beber todas las variantes de esa muy sabrosa bebida, típicamente oriental, que suele ser una mezcla de un vino blanco seco y algún brebaje efervescente, que en muchos casos es champagne. La marca más tradicional y reconocida históricamente es el medio y medio Roldón, aunque en los últimos tiempos surgieron néctares muy parecidos, con una fórmula apenas diferente, fabricados por otras empresas. El bar también es un afamado sitio donde hay una fuerte movida nocturna que ofrece espectáculos musicales durante todo el verano.

Muy cerca del paraíso. Una cena a metros del mar, a la luz de las velas, como complemento de una jornada inigualable.

Como marca ligada a la gastronomía típica del Uruguay, Portezuelo también se relaciona con una variedad de alfajores sabrosísimos al igual que otros muchos dulces, todos elaborados por la empresa de origen familiar, fundada hace casi medio siglo. Imposible transitar por la zona sin degustar sus exquisiteces. También el centro comercial es muy particular, casi a la vera de la ruta interbalnearia, con sus negocios de toda índole, incluyendo una serie de prestigiosos bares de vinos que suelen contar con servicio de tapas, cócteles y cafetería.

Pero si se trata de un almuerzo o una cena junto al mar, qué mejor que el parador Olaf, uno de los más reconocidos de la playa, con sus incomparables platillos de pescados y mariscos sumados a otras especialidades. Desde 1987 que es parte de la playa, bien metido en la arena: “Una experiencia que marida sabores, arte, música y atardeceres inolvidables. La cocina fusión mar y campo”. Los atardeceres bebiendo allí un licor helado representan una combinación maravillosa. 

El Portezuelo es, en síntesis, un emblema moderno del este costero uruguayo. Unas playas sumamente cercanas al gran ruido de Punta del Este, como para sentirse casi dentro de la perla costera uruguaya, pero lo suficientemente alejadas para permitirse un descanso pleno, con todas las particularidades de confort y belleza natural de la región. No se trata de una contradicción, sino de la característica de plenitud de este encantador balneario. 

CASAPUEBLO 

Son 19,7 km por ruta IB/carretera 10 desde la bahía del Portezuelo. Se lo conoce como el Museo Casapueblo. Y es famoso además porque fue pergeñado por el artista uruguayo Carlos Páez Vilaró. Está ubicado en Punta Ballena, a 13 km de Punta del Este. Nació como una impactante casa de veraneo y taller del afamado artista. Fue su residencia permanente: allí trabajaba y allí permaneció desde 1958 (originalmente fue una casa de madera llamada La Pionera) hasta su muerte, el 24 de febrero de 2014. La construcción de los 13 pisos, con sus increíbles terrazas, demoró 36 años en completarse y utilizarse como un anhelado alojamiento: tiene 20 habitaciones y suites, y 50 apartamentos con capacidad para dos, cuatro, seis y hasta ocho personas, más un museo. Las instalaciones también incluyen una galería de arte, una cafetería y un hotel. Las vistas de cara al Río de la Plata son, a la vez, una verdadera maravilla.

TÍO TOM 

Al llegar al km 115,5 de la ruta interbalnearia, se puede doblar en la calle Cabo Polonio. El mar está a pocas cuadras. En ese camino se encuentra el remozado Tío Tom Arenas, el primer establecimiento hotelero boutique en convertirse en all inclusive. Anuncia que “ha invertido este año medio millón de dólares para brindar a los visitantes una experiencia de primer nivel”. Lo dirige Roberto Planas y ofrece resort, “una experiencia de lujo que incluye no solo alojamiento, sino también una amplia gama de servicios de alta calidad”. Los huéspedes pueden disfrutar de una ubicación privilegiada en primera línea de playa, recorrer las cuatro hectáreas de parque y relajarse en habitaciones y suites completamente equipadas, y en una piscina con un entorno de jardín tropical. El acceso gratuito a wifi y el estacionamiento complementan los servicios premium. El exclusivo restaurante L’Galeón, con su variada oferta gastronómica, brinda un servicio buffet con menús temáticos, incluyendo opciones como asado, pastas, comida mexicana, sushi y pescado, diseñados para los paladares más exigentes, además de presentar una arquitectura típica de las solanas de los años 70, una decoración renacentista y toques modernos.