No sé a quién atribuirle la frase –muchos se la endosan a José Martí–, pero “Tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro” se ha vuelto un dicho popular que sintetiza el sueño de dejar un legado sobre la tierra. Tengo cuatro hijos y un libro publicado. Me falta el árbol. Así que, para redondear mi metáfora vital, decidí plantar un limonero en el patio de casa.
La tarea parecía sencilla, pero no lo fue. El verborrágico dueño del vivero –un “jipoide” medio pelado, colita con chuflo multicolor, anteojitos John Lennon– me acribilló a preguntas: “¿Quiere llevar un Verna, un Lisbon, un Meyer o un mágico Mano de Buda?”. Ante mi cara de no tener respuestas, él lo decidió: “Usted necesita un Eureka de cuatro estaciones”, me dijo y continuó con una avalancha de consejos que rebotaban en mi ignorancia: seis horas de sol, suelo arcilloso, riego por goteo, separado de la pared, etcétera. “Dame aquel”, corté, señalando el primero a la vista. Y pensé: ¿por qué los oídos no tienen párpados? Una ventanilla que se baje para filtrar estridencias, charlas interminables o ladridos de therians. Uno oye todo, pero debería tener derecho a seleccionar lo que molesta.
No pude anticipar la odisea que vendría junto al limonero. Primero, la tierra cordobesa, caprichosa, me puso a prueba. Porque cavar un hueco en un terreno relleno de piedras y ladrillos es más difícil que hacer gárgaras con dulce de leche; la pala de punta rebotaba y maldecía en simultáneo. Ni bien fue plantado el arbolito, llegó la temporada de lluvias torrenciales que anegaron el patio: nunca antes había llovido tanto en la ciudad. Las raíces se hundieron en el barro y en dos meses solo crecieron tres centímetros, lo mismo que creció la señora de la publicidad de Geniol por tomar una sola pastillita. Luego, un zonda furioso bajó desde las sierras, y las flores de azahar, blancas y perfumadas como novias primerizas, volaron en remolinos, dejando solo algunas hojas y el tronco semipelado.
“No pude anticipar la odisea que vendría junto al limonero”.
Y cuando el sol parecía calmar todo, llegaron las invasoras más temidas: las plagas. No eran las hormigas, que se pueden ver y combatir a tincazos. Eran los minadores –larvas de moscas que viven en el interior del tejido de las hojas–, a los que se le sumó un ejército de cochinillas acorazadas, chupando savia con saña implacable. Tardes enteras rociando agua jabonosa, ajo y lavandina, usando los barbijos sobrantes del covid, más anteojos de apicultor y guantes de goma, tratando de rescatar las pocas hojas sobrevivientes. “Hasta la victoria siempre”, les gritaba para animarlas.
Fueron tres años de guerra silenciosa. Sudor bajo el sol inclemente y tiempo más desperdiciado que viendo Gran Hermano. Hasta que, en un mayo tibio, apareció de la nada: un limoncito, diminuto y perfecto, brillando como un trofeo imposible.
Todos los días me asomo y lo miro con lágrimas contenidas, lo atesoro con cariño. Sigue creciendo, resiliente e indomable. No será para mates ni para aderezar las milanesas de los sábados. Porque ese limón, ese simple limón, me enseñó que la naturaleza también sabe recompensar la paciencia y el amor obstinado.





