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EL ARO DE EDITH

Les voy a contar algo que ocurrió hace varios años en Suco, un pueblo muy cercano al mío. La historia arranca en el Club San Lucas, ubicado frente a la plaza. Un edificio de estructura simple, cuyo salón de eventos brillaba por su estética sencilla y armónica. Los vecinos decían con orgullo que era uno de los más bonitos de la zona. Tenía palcos de madera que olían a cera y aserrín. Los memoriosos sostienen que, cuando sonaba la orquesta, el suelo temblaba un poquito, como si el pueblo entero respirara al compás del bandoneón.

Aquella noche se festejaba el aniversario del club y el salón de baile estaba lleno de familias. Las hijas lucían vestidos glamorosos y los muchachos emperifollaban su pelo con Glostora. Ambos, ellas y ellos, estaban atentos a la orquesta, con los ojos inquietos, observando cualquier detalle que les abriera una puerta al corazón.

Edith, de apenas catorce años, esperaba sentada junto a su mamá y una amiga. Vestía un conjunto color crema y delicados aros con una gema que brillaba cuando giraba la cabeza. Desde el otro lado de la pista de baile, Roberto la miraba con esa mezcla de timidez y decisión que solo se tiene una vez en la vida. La “cabeceó” dos veces, como marcaba la costumbre, y ella, alentada por su amiga, aceptó.

Salieron a bailar. En esa época, las orquestas realizaban “presentaciones”. Así eran nombradas por el cantante y consistían en un repertorio de varias canciones que duraba media hora. Quienes salían a bailar, una vez en la pista no podían volver a sus asientos hasta que la presentación terminara. 

La pareja danzaba armoniosamente hasta que, en un giro rápido, uno de los aros de Edith se desprendió y cayó al piso. Roberto se agachó, lo recogió con cuidado y dijo sonriendo:

—Dejá, yo te lo guardo.

Lo metió en el bolsillo del saco y siguieron bailando. Terminó la música, se separaron con una sonrisa y cada uno volvió a su grupo. El arito quedó ahí, en el saco, dormido entre el forro y los años.

“En su memoria volvieron la música, el perfume del salón, la mirada soñadora de Roberto…”

Al parecer, no hubo una conexión muy fuerte entre ellos. Ella se casó con otro, tuvo hijos y la vida siguió su 

ritmo natural.

Varios años más tarde, mientras Edith revolvía madejas en la hilandería del pueblo, una señora la miró con atención.

—Disculpe… ¿usted es de Suco?

—Sí, claro, soy Edith —respondió, sorprendida.

La mujer sonrió con ternura.

—Ah… mi hijo bailó con usted una vez. En mi casa tengo un arito suyo. Él estaba perdidamente enamorado y me dijo que algún día se lo iba a devolver. Pero es muy tímido, hasta el día de hoy no se animó.

Edith se quedó muda, sosteniendo la lana entre los dedos. En su memoria volvieron la música, el perfume del salón, la mirada soñadora de Roberto y el temblor del suelo del club. Sonrió sin decir nada.

La devolución nunca se concretó. Pero esa noche, al llegar a su casa, abrió una cajita donde guardaba recuerdos: un listón, una foto, una cinta. Y un arito que no tenía su par. Entonces pensó que algunas cosas, aunque se pierdan, encuentran siempre el camino de regreso.

 

 

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