En seis años, Patricia Strauch publicó quince libros. Al sumarlos, ella misma duda, por la cantidad en tan poco tiempo. “Tengo la sensación de que tenía guardadas bajo llave un montón de historias que estaban queriendo salir, y me dije ‘Las escribo o las escribo’”, cuenta.
Descubrió la vocación “un poco de casualidad”. De tanto leerles a sus tres hijos, su imaginación desbordó esos momentos compartidos y saltó al papel. “Me enganché inventándoles cuentos a mis hijos cuando eran chiquitos, después me di cuenta de que eran grandes y yo seguía escribiendo”, relata quien se recibió de traductora de inglés.
Tardó en animarse a mostrar lo que hacía; por muchos años, lo que escribía fue exclusividad de Nicolás, Tobías y Katia. “Me daba mucha vergüenza que alguien lo leyera”, confiesa. Hasta que por “otra casualidad”, en un taller literario se reencontró con un amigo de la primaria, quien, encantado con uno de sus textos, lo envió a una editorial.
Ahora acaba de lanzar Kiara Frost. Un campamento inolvidable, destinado a un público preadolescente. “Me metí tanto escribiéndolo que lo disfruté como si lo estuviera viviendo. No puedo contar una historia que a mí no me guste y lograr que alguien sí se interese”, confiesa.
- ¿Qué proponés en la novela?
Divertirse, dejarse llevar y que la historia los atrape. Más allá de eso, siempre hay temas subyacentes que son un poco más profundos y que van apareciendo más de fondo. Pero tengo ganas de que la lean como la escribí, como una historia que no me quiero perder. Ese es mi mensaje. Por supuesto que tiene todo un mundo adolescente en el que aparecen estereotipos, cosas que se rompen, pero lo que pretendo es que se diviertan un montón leyéndola.
- ¿Por qué escribís para chicos?
Me parece que la literatura infantil tiene mucho más juego que la de adultos. Me permite partir de algún recuerdo, de algo viejo que me dispara, que empieza en un campamento y después no sabés a dónde te lleva o dónde termina. Además, una historia linda y bien contada puede ser para todos los públicos. Por otra parte, hay que sacarse el prejuicio de que la literatura infantil tiene que ser infantilizada. No hay problema con usar palabras difíciles, las van entendiendo por contexto. Tiendo a escribir para chicos, pero sin subestimar al lector ni a la historia. No la hago diminutiva, todo chiquitito y facilito. Me parece que hay que rescatar las historias bien contadas y con elocuencia, sin necesidad de todo el tiempo pensar ‘Esto no sé si lo van a entender’. Porque un lector que agarra este libro o cualquier otro está preparado para entenderlo. No hay que pensar que porque son chicos vamos a tener que sobreexplicar. Hay algo de las palabras que me llama mucho la atención en todo tipo de literatura. No sé si nos damos cuenta del poder de la palabra para todos. En el momento que uno decide usarla, en el que se decide hacer un silencio, hay un poder transformador de la palabra. Me parece que en esta novela se refleja cómo una palabra puede cambiar mucho, una mentira puede cambiar toda una situación. No es que quise escribir algo en torno a la palabra, pero cuando la terminé vi el papel importante que tuvo el lenguaje.
- ¿La preadolescencia es la etapa más difícil para incentivar la lectura?
Sí, es superdifícil. Estamos con una batalla ardua con las pantallas. Para quienes hoy tenemos hijos adolescentes, nos agarró más de sorpresa la presencia de un celular para todo, muchos se criaron con un teléfono al lado todo el tiempo. Es una pena, pero pasó. Ahora se sabe más, hay estudios sobre el daño que causa en una mente en pleno desarrollo estar con una pantalla. Tengo esperanza de que se pueden venir generaciones un poco más lectoras, porque hoy tenemos información que antes desconocíamos. Es de las adicciones más terribles que tenemos alrededor. Está difícil, pero tampoco es imposible. Hay nichos lectores por todos lados y hay que seguir. No me parece una batalla perdida, pero sí difícil.
- ¿Por qué es importante que las infancias lean?
Hay un desarrollo impresionante del vocabulario, de la imaginación. Incluso hay estudios que demuestran que los chicos ensayan posibles situaciones o problemas antes de vivirlos. Si lo leyeron, por lo menos tienen un universo un poco más amplio de lo que les puede pasar, de lo que les pasa a otros. Despertar curiosidades de otras culturas y cultura general. Ni hablar que cualquier cosa que hoy los mantenga alejados de una pantalla también es bueno. Por lo bueno de leer y por lo mala que es la pantalla, es doblemente bueno.
CAFÉ MITAD Y MITAD
“Sé que los que saben de café dicen que es sin endulzar, que me disculpen, pero yo necesito mi edulcorante”, dice entre risas y confiesa: “Lo tomo con leche y el de la mañana tiene que ser tamaño palangana, para despertarme bien. Después sigo con el mate”.
En su casa tiene varias bibliotecas, una es “como la oficial”, y “montoncitos de libros” por todas las habitaciones. “Está mitad y mitad, porque me siguen gustando los libros para chicos y leo mucho de adultos también. Insisto en que cuando son buenos, son buenos para todas las edades”, afirma.





