En medio de sus vacaciones, en enero, sin responsabilidades académicas, Federico Colombo se mantuvo firme en su aula. El docente, que desde hace más de una década implementa una educación a cielo abierto con alumnos secundarios de la ciudad de Buenos Aires, acudió a los biocorredores que creó junto a los chicos a su cargo. Regó, realizó tareas de mantenimiento y disfrutó de algunos de sus lugares favoritos, en los que consiguió unir su amor por la naturaleza y su vocación de educador.
Porteño de nacimiento, Federico pasó parte de su infancia en Misiones. Allí observaba y analizaba las vicisitudes de una vida silvestre que se mostraba en su esplendor. Viboritas, escarabajos y arañas eran el elenco estable de sus mañanas y tardes. Y los peces, que se llevaban buena parte de su atención. En especial, una especie que aparecía solo cuando las zanjas se llenaban de agua y cuyos huevitos quedaban por debajo de la tierra seca a la espera de nuevas lluvias para eclosionar: los killis.
Esa especie, casi por casualidad, es protagonista de uno de sus principales proyectos educativo-ambientales del año. Junto a la Killi Fish Foundation, la Universidad de Salta y las facultades de Agronomía y Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA, llevará adelante su reinserción, después de 70 años de haberse extinguido en la ciudad de Buenos Aires. “Fue una hermosa casualidad. Sacamos pececitos de una zanja para que se comieran las larvas de los mosquitos en el Biocorredor del Espacio de Memoria ex Olimpo y, sin darnos cuenta, agarramos killis. Hicimos, entonces, un estanque para criarlos y un humedal permanente para reasilvestrarlos”, cuenta entusiasmado.
La docencia apareció en su vida como un recurso para suplir falencias. Egresó del secundario con un bajo nivel y, para no quedarse atrás en la facultad, se le ocurrió enseñarles a sus compañeros lo que iba aprendiendo. De esa manera, los ayudaba y, al mismo tiempo, fijaba contenidos. Con ese método, se recibió de biólogo molecular con un promedio que le permitió acceder a una beca del CONICET.
En 2015, Federico conoció a Lorena Passarelli, que ya estaba trabajando en el programa Escuelas Verdes. Ella, con quien luego formaría una pareja, le propuso trabajar en proyectos relacionados. “A partir de ahí, empezamos a hacer huertas en las escuelas, y vi que los pibes se enganchaban un montón. Están al aire libre, se embarran, ponen plantas, empiezan a reconocer especies, cosechan. Hicimos hidroponía, usamos los nitritos de los peces como alimento para las plantas, una guardería de árboles, cocinas solares, entre muchas otras cosas”, enumera.
Con los años y los alumnos que pasaron por sus clases, el trabajo de Federico y de todo el programa se hizo conocido. En el camino, lograron involucrar a algunas familias de los alumnos, conformando una comunidad creciente que colabora en el cuidado de los espacios creados. Los propios chicos, una vez egresados, continúan ligados a los proyectos para mantenerlos. Su trabajo obtuvo diversos premios de educación, sustentabilidad e innovación, que impulsaron aún más la tarea y le dieron un respaldo mayor a la hora de solicitar apoyo para nuevos proyectos. Este año buscarán concretar algo que todavía no consiguieron: que se reconozca al Biocorredor ex Olimpo como un refugio climático. “Hay que cumplir una serie de requisitos para eso: que haya agua, que la entrada sea libre, que tenga un baño. Necesitamos que suceda, y dejar huella en la ciudad”, sostiene.
Toda esta tarea, queda dicho, sería suficiente por sí misma, por su impacto ambiental. Pero no hay que dejar de lado que el foco es la enseñanza, que es una alternativa pedagógica que se ofrece en escuelas, con la responsabilidad que implica. “Es otra forma de aprender, de llegar a la apropiación del conocimiento. Lore dice que la forma también es contenido, y estoy de acuerdo. Yo escucho a mis alumnos hablar, explicar lo que hicimos y lo que aprendieron, y se me hincha el pecho de orgullo y de alegría. Todo esto es por y para ellos”, concluye.





