El plan dominical era así: sentados en el sillón, provistos de comida suficiente, su padre y él le daban play, en continuado y estricto orden cronológico, a la trilogía de El padrino. Llegado un punto, cada uno de los diálogos había sido internalizado por la dupla, que se adelantaba a lo que sucedía en pantalla y enunciaba en voz alta cada amenaza, negociación o balbuceo que luego repetirían los personajes. El cine, una excusa para el encuentro; la repetición de parlamentos ajenos no importaba en sí misma, ya que en su letanía estaba latente el acto amoroso de fijar el momento compartido en la memoria.
Esa fascinación por ciertas obras (además, era capaz de ver un mismo espectáculo decenas de veces en el teatro), la comprobación del poder de disparar emociones y generar espacios fraternos, no despertó en el pequeño Alfonso “Poncho” Herrera, sin embargo, interés alguno. Su camino, imaginó, estaría allí donde no hay caminos: apuntó al cielo, con el firme objetivo de ser aviador. Pero aquí está, muchos años después, hablando con Convivimos ante la inminencia del estreno de La casa de los espíritus, la serie basada en la novela de Isabel Allende. Asentado como uno de los principales actores de su generación en México, con series y películas de impacto en su país, también llevó su talento fronteras afuera, con participaciones en Hollywood (Sense8, Ozark, la saga Rebel Moon), y el año pasado coprotagonizó, junto a Camila Sosa Villada, el film argentino Tesis sobre una domesticación.
- ¿Qué llevó a un chico que quería ser aviador a anotarse en clases de teatro?
No lo sé muy bien. Yo era tremendamente pudoroso, ni siquiera quería pasar al frente cuando me invitaban los magos en un parque de diversiones al que solía ir. Pero las clases de teatro me gustaban. Eran un espacio donde uno podía crear y errar sin ningún tipo de pudor, y además era un espacio seguro, con compañeros y compañeras muy queridos. Algo afloró, era un espacio tremendamente libre. Lo encontraba muy divertido y me gustaba, pero nunca pensé que esto se convertiría en algo en lo que yo pudiera trabajar.
Compartía clases con Ximena Sariñana, conocida en la Argentina más que nada por su carrera como cantante. El padre de Ximena, Fernando, productor y director de cine, invitó a todos los compañeros de su hija a audicionar para la película Amarte duele. Alfonso fue, atraído por la curiosidad, sin demasiadas expectativas. Y quedó. Aquel proyecto sería debut y despedida, al menos en sus planes, pero una vez inmerso en las aguas de la actuación, se dejó llevar por la corriente. “En ese momento todavía era un juego. Iba a hacer esa película y después iría a estudiar Aviación Comercial a San Antonio. Hacer una película solo me interesaba como una historia de vida, algo que algún día les contaría a mis hijos y nietos. Pero un productor y actor, Pedro Damián, me preguntó si quería audicionar para una telenovela. Yo nunca había pisado un foro de televisión, y me pareció una experiencia interesante. Volví a quedar, y trabajé en Clase 406. Todavía pensaba en terminar e irme a estudiar Aviación. Pero, al finalizar ese proyecto, Pedro me pidió que esperara un poco, que hiciera una teleserie más. Esa serie fue Rebelde [N. de la R.: versión mexicana de Rebelde Way]. Y ya no pude estudiar Aviación”, cuenta.
Rebelde fue una ola arrasadora e incontenible, una tira juvenil que despertó pasiones en todo el continente, con funciones teatrales y una banda musical, RBD, integrada por el mismo elenco, que llenó estadios míticos, como el Maracaná, Azteca, Madison Square Garden o Vicente Calderón. Durante cuatro años, el proyecto volvió a Alfonso, de muy joven, en una estrella pop. Fue su núcleo familiar el que lo ayudó a mantenerse estable en medio de aquella vorágine. “Fue mucho ruido, pero afortunadamente tuve unos padres que me aterrizaban en chinga. Las responsabilidades eran exactamente las mismas de siempre una vez que regresaba a casa. No importaba si había dado un show en el Maracaná, porque debía guardar el mismo respeto y afrontar mis obligaciones de igual forma. Eso mantuvo las cosas de manera apropiada y justa”, afirma.
- Al cabo de esa experiencia, aquel sueño de la aviación quedó definitivamente de lado, ¿por qué?
Rebelde fue algo tan grande, rápido y masivo que, cuando menos lo esperábamos, ya se había terminado el proyecto. Allí entendí que me podría dedicar a esto, porque me independicé. No tuve una formación, no estudié una carrera de teatro durante cuatro años, pero me crie y pude aprender en los foros y junto a compañeros actores y actrices que son muy admirados por mí. Cuando terminó Rebelde ya estaba más engrilletado a ese proyecto y a la televisora en la que en ese momento me encontraba. Tenía un contrato muy leonino con esa televisora, y ganas de hacer muchas más cosas.
- ¿Pensabas en qué actor te gustaría convertirte?
No lo sé, no es que quería ser como tal actor. Puedo decir, sí, que hay un director mexicano que admiro mucho, de quien veía sus películas y decía que algún día me encantaría trabajar con él. Es Luis Estrada. Cuando vi Un mundo maravilloso y El infierno, tuve el deseo de, algún día, trabajar con él. Quince años después, ya llevo tres proyectos con él. Entonces, ser congruente con hacia dónde uno quiere ir te lleva hacia ese lugar.
- La primera película en la que trabajaron juntos fue La dictadura perfecta. ¿De qué manera te marcó?
Por esa película me corrieron de la televisora, y fue lo mejor que me pudo haber pasado. La película ponía en tela de juicio el sistema político de México en ese momento. Y al final de cuentas, el sistema político de México estaba muy coludido con una televisora, que era con la cual yo tenía un contrato de exclusividad de servicios actorales. Yo les había dicho que iba a hacer esta película y me respondieron “Si la haces, ya no vas a poder formar parte de esta empresa, mañana tienes que venir a firmar tu carta de rescisión”. Para mí fue fantástico. Por un lado, fue un salto al vacío, porque al no tener ya ese contrato no contaba con una mensualidad fija. Me acuerdo de que me pagaron lo de la película y después dije “¿Y ahora qué hago?”. Pero se abrieron muchísimas más puertas y oportunidades.
- ¿No dudaste?
Por supuesto que dudé. Yo veía la cuenta de mi banco y no sabía qué hacer. Fue como dar un salto al vacío. ¿Iba a haber red? Quién sabe, pero yo me aventé. Y resulta que sí hubo una red. Fue lo mejor que me pudo haber pasado. Cuando uno toma riesgos es cuando mejor salen las cosas. Y a veces, si no salen, en el camino algo pasó, algo hubo que te llevaste.
«DISFRUTO ESTAS CANAS QUE LLEVO».
A fin de mes, en la plataforma Prime Video, se estrenará La casa de los espíritus, que toma la historia de la primera y exitosísima novela de Isabel Allende, traducida a 42 idiomas y con una versión cinematográfica de los años 90. En la serie, Alfonso interpreta a Esteban Trueba, personaje central y controvertido, con un arco dramático de medio siglo, en un recorrido vital que moldea la historia familiar y explica, a su vez, un contexto social y político que lo influye.
- ¿Qué requiere de vos un personaje así, que tiene ya gran presencia en el imaginario de la gente desde hace más de cuarenta años?
Es una obra muy conocida, de las más potentes que tiene Isabel Allende. Decidí crear algo a partir de la nada, sin tener referencias externas, por lo menos audiovisuales, utilizando la novela como un apoyo. Implica muchos retos. Interpretar a este personaje, sostener una evolución física, emocional y psicológica a lo largo de tanto tiempo requiere entender dónde estás parado y transitar diferentes estados. El desafío está en encontrar la humanidad detrás de las contradicciones de este personaje, mostrar el peso de sus decisiones y cómo estas se van modificando poco a poco, conforme van pasando los años.
- Es uno de esos personajes con los que un actor, en algún punto, sueña, ¿no? Porque tiene muchos matices…
Sí, totalmente. Es muy fácil encasillar a este personaje, pero hay que tener una observación mucho más profunda y sin juicio. Desde mi perspectiva, Trueba no es un villano ni tampoco un héroe: es un hombre profundamente humano, formado por su contexto y por sus miedos. La obra permite ver cómo el poder, el amor y la memoria van moldeándolo a él y a su macrocosmos, que en este caso es el país. Lo singular es que, en cada proyecto, existe una ventana muy específica de la historia, que es la que se cuenta. Lo que vemos del personaje es esa ventana. Aquí, es un arco que va desde su juventud hasta su muerte. Eso difícilmente lo pueda encontrar en otro proyecto.
- Un personaje cambia mucho con los años, y una persona también, ¿qué tan parecido o distinto sos vos a ese chico de Rebelde?
Soy muy distinto. Todos vamos cambiando, es imposible ser el mismo. Al contrario, creo que lo importante es cambiar, y yo disfruto estos cambios, disfruto estas canas que llevo. Me encanta crecer, ver el paso del tiempo, notar que los años han pasado. No quisiera ser cursi al respecto, pero es un proceso increíble, muy lindo. Hace poco me preguntaban cuál es el mejor premio de un actor, y creo que es seguir trabajando. Veinticinco años después, sigo trabajando y me siento muy afortunado.
- ¿Fue una suerte no haber estudiado para ser aviador, finalmente?
A veces me pregunto qué habría pasado. Voy a los aeropuertos y me siguen apasionando los aviones, entonces cuando los veo, digo “Mira, ese es un Boeing 737, aquel es un Airbus A350”. Pero por algo pasan las cosas, y actuar fue lo mejor que me pudo haber sucedido. Ya no volteo tanto al pasado. Mis vuelos están aquí, en la actuación.
PATERNIDAD
Cuando sale del set, Alfonso se quita el traje de actor y, en cuanto llega a casa, lo esperan sus dos hijos, Daniel (9) y Nicolás (5). Allí, experimenta una sensación de completitud y realización: “Ser padre es la cosa más maravillosa y más aterradora que le puede pasar a alguien. Son fantásticos, y al mismo tiempo tienes miedo de que algo les pase. Los observo y no dejo de maravillarme por el hecho de que, a pesar de que viven en un contexto similar y experimentan exactamente lo mismo cada día, algo dentro de ellos es distinto desde que nacieron, y lo demuestran a cada momento. Y ver cómo se cuidan entre sí me conmueve y me da la tranquilidad de que el día de mañana, cuando yo no esté, se van a tener mutuamente”, reflexiona.





