THERIANS, ¿OTRA FORMA DE SOLEDAD?

El fenómeno therian no es nuevo; tampoco, original.

Pinturas y esculturas rupestres muestran híbridos humano-animal como símbolos fundamentales de la mitología de diversas civilizaciones. 

Como la licantropía (hombres lobo), que fue una creencia dominante en la Europa medieval y principios de la Edad Moderna, en la convicción de que la transformación era real.

Recién a finales del siglo XIX surgió el término “teriantropía” (del griego antiguo therion, ‘bestia’, y anthrōpos, ‘ser humano’) para nombrar la supuesta capacidad de que los humanos pudieran transformarse en bestias.

En 1992 el término adquirió su significado actual. Fue cuando se creó un foro on-line para aficionados al cine de terror, propuesto específicamente para compartir películas sobre –otra vez– hombres lobo. En poco tiempo, los debates fueron adquiriendo complejidad hasta plantear que las transformaciones eran posibles.

Desde entonces la expansión en redes sociales tecnológicas es imparable, gracias al actual terreno fértil en el que la identidad física muestra límites cada vez más flexibles.

Perro, lobo, zorro y felinos son los “teriotipos” más elegidos.

No obstante, esta no es la única agrupación que pugna por identidades diferentes.

Los furries (o furros) son personas que representan roles de otros animales, aunque la suya es una decisión eventual y no una identidad asumida.

Otro simpático grupo nacido en los 70 son los otherkin, individuos que, maquillaje e indumentaria mediante, representan a dragones, elfos, ángeles o unicornios.

Ninguno alcanzó la difusión mundial de los therians, lo que impulsó al desarrollo de investigaciones 

fenomenológicas de la teriantropía.

Un enfoque psiquiátrico postula que, en función de ciertos rasgos psicóticos, se trataría de una alteración mental; aunque diferencian la entidad “therian cultural de internet” como una autopercepción de individuos identificados espiritual o psicológicamente como animales no humanos, pero sin perder la noción de realidad. 

Otra fuente psicológica plantea la posibilidad de que los therians buscarían identificarse con otras especies al no disponer de elementos constitutivos de su subjetividad. Saben que su cuerpo es humano, pero sus sentimientos están ligados a un animal específico y disfrutan imitar sus movimientos y sonidos.

«Su versión moderna muestra aspectos que invitan a la reflexión».

Con diferencias, todo remite a la identidad humana, una construcción de base genética que crece a partir de la influencia de referentes familiares, de amigos, de compañeros de colegio, de deportes, de congregaciones religiosas… Todos aquellos “otros” que, en cada interacción, dejan huellas en la arcilla blanda de la niñez y la adolescencia.

Si dichas presencias significativas están presentes en la infancia, será difícil verlos buscar otra manada, oírlos aullar o caminar en cuatro apoyos.

Lo dicho: el fenómeno therian no es nuevo; tampoco, original. 

Sin embargo, su versión moderna muestra aspectos que, lejos de provocar burlas, invitan a la reflexión.

Porque quizás, solo quizás, se trate de otra inédita forma de soledad; de un pedido de ayuda por parte de quienes, desde temprano, no encontraron nitidez al momento de construirse a imagen y semejanza.

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