Les llevó largo tiempo preparar los regalos. Muchas cartas estaban escritas con jeroglíficos y errores ortográficos, y en otras se pedía lo imposible.
Muchas direcciones postales debieron ser reconfirmadas. Habían ocurrido mudanzas y doble hogar en hijos de padres separados.
Cuando todo estuvo completado, los Reyes iniciaron el viaje hacia nuestro país.
En la aduana se toparon con el primer obstáculo. En la declaración de entrada habían escrito “trabajadores”, aunque esto requería un permiso especial. De inmediato fueron trasladados a un cuarto e interrogados largamente. Un abuelo (oficial de gendarmería) salvó la situación al reconocerlos y liberarlos.
La siguiente demora se debió a la falta de personal idóneo para revisar la documentación sanitaria de los camellos, a pesar de que los cuatro animales (siempre llevan uno de apoyo) contaban con certificados de salud dromedaria, vacuna contra la fiebre del Nilo, autorización para portar jorobas de uso civil y ausencia de pulgas asiáticas.
No fue novedad para ellos pagar exceso de equipaje; sí, por exceso de valores. Llevaban mucha mirra, una tonelada de incienso transportados, pero el problema era el oro.
“Es el límite de compras por grupo familiar”, repetía el funcionario a cargo.
Gaspar, en un castellano elemental, intentaba explicar que eran amigos, no familia. “El triple, entonces”, dijo el controlador.
Ya cansados de tanto trámite, los Reyes buscaron un bar con aire acondicionado. No llegaron a sentarse; debían escanear los bolsos.
Con todo en orden, reacomodaron sus turbantes y vigilaron la carga de regalos en camiones. Recién entonces, y comenzando a sonreír, emprendieron camino a la ciudad.
A poco de salir los detuvo un piquete que bloqueaba la autopista. Era un nutrido grupo de empleados echados de una fábrica, que manifestaba con bombos y petardos.
“De madrugada habían culminado el enorme trabajo anual”.
Sabios, midieron la actitud intransigente del grupo; lo mejor sería esperar. Contaban con infinita paciencia cultivada en la meditación, característica de la casta sacerdotal persa.
Los camellos, ahora libres, masticaron ramas al borde de la ruta. El pavimento quedó manchado con abono que olía más a alimento balanceado que a pasto.
Bastó que los líderes del piquete los reconocieran por el atuendo para liberar el paso. Avanzaron.
Aunque acostumbrados al calor de Oriente, el tórrido enero argentino les afectó.
Baltasar cambió su gruesa túnica por una remera y un short, mientras que Melchor detenía la caravana en cada centro de salud para medirse la presión arterial.
A media tarde gran parte de la tarea estaba cumplida. A pesar de la habilidad en pasar desapercibidos, muchas personas pidieron sacarse selfies. Algunos demandaron documentación al sospechar que fueran imitadores locales.
Al momento de cenar, Melchor planteó la posibilidad de renovar el plantel. “Ya no estoy para estos trotes”, dijo. Nadie le respondió.
De madrugada habían culminado el enorme trabajo anual.
En un local todavía abierto brindaron con cervezas sin alcohol. En un terreno baldío reposaban los camellos, agotados.
Una vez más compartían la felicidad de haber distinguido a cada niño.
Nota para quienes sostienen cada ilusión infantil: nada se consigue sin esfuerzo.
