Días atrás, en un almuerzo familiar, alguien mencionó que el 7 de noviembre es el Día del Canillita. Al instante, se generó el típico silencio generacional: los más chicos no sabían de qué se hablaba. Hubo que explicar que “canillita” es el nombre que se daba a los vendedores de diarios en la calle. Y que se llaman así desde principios del siglo XX, cuando una obra de teatro de Florencio Sánchez retrató a un joven flaquito, de piernas flacas –“canillas”–, que recorría las veredas voceando noticias.
Ese momento sirvió para algo más que recordar una figura entrañable: nos hizo pensar en las palabras que se están apagando. Como el año que va cerrando, algunas voces también van quedando en silencio. ¿Cómo muere una palabra?
En lingüística, se habla de obsolescencia léxica: cuando un término deja de utilizarse y, con el tiempo, se vuelve incomprensible para nuevas generaciones. El sociolingüista estadounidense Walt Wolfram señala que esto no es más que parte del ciclo vital del idioma: las palabras nacen, crecen, se expanden y también desaparecen, como los seres vivos.
En español rioplatense, el caso de “canillita” es emblemático, pero no único. ¿Cuántos menores de 20 sabrán qué es un radiograbador, un carretel o una vitrola? ¿Quién sigue diciendo “discar un número” o “tocadiscos”? Estas palabras, tan vibrantes décadas atrás, hoy se vuelven eco. Algunas quedan arrumbadas en rincones de la lengua; otras, sencillamente, se apagan.
“Las palabras nacen, crecen, se expanden y también desaparecen, como los seres vivos”.
Pero no todo es despedida. A veces, ciertas palabras regresan. Los diccionarios registran “resurrecciones lingüísticas” gracias a la cultura pop, las redes o el uso irónico. Lo que parecía muerto revive en nuevos contextos. Incluso el término “vinilo”, que parecía haber quedado atrapado en los 70, hoy vuelve con fuerza gracias a coleccionistas y melómanos nostálgicos. Maluma canta Borró cassette y así trae a las bocas de los más jóvenes un objeto prácticamente extinguido.
La RAE, de hecho, registra cada año no solo nuevos ingresos, sino también eliminaciones o marcas de desuso. En su edición de 2024, por ejemplo, se suprimieron más de 2800 voces por su baja frecuencia o uso inexistente. El diccionario, como la lengua, también poda para volver a florecer.
En noviembre, cuando el año se achica y el aire se vuelve más reflexivo, quizás valga la pena escuchar qué palabras están dejando de sonar. Y preguntarnos: ¿cuántas entendemos todavía? ¿Y cuántas otras se nos están apagando sin que lo notemos?
Y si alguna vez un término viejo te hace fruncir el ceño, no lo deseches, recordarlos también es una forma de darles un poco más de vida. Al fin y al cabo, la lengua es un espejo del tiempo, y perder palabras también es perder formas de mirar el mundo.
Como decía Joan Corominas, “la historia de una palabra es la historia de los hombres que la usaron”. Y aunque ya no circule en el habla, cada término lleva consigo una época, un modo de vivir, una cadencia. Guardarlas no es nostalgia: es memoria lingüística.
