“Es el primero en la fila”. “Sus compañeros le llevan una cabeza”. “Lo/a vemos bajito/a”.
La preocupación de padres y madres surge cuando alguno de sus hijos no crece igual que sus pares.
Es que la estatura aún conserva la lógica extraña acerca de que todos deben alcanzar valores exactos a idéntica edad.
Entre adultos, sonaría absurdo exigir a quienes cumplan 30 años que midan 1,68 m.
A los chicos, en cambio, suele demandárseles exactitud suiza, sin considerar que cada quien tiene su propia velocidad.
La talla está condicionada por múltiples factores; y desde el útero. Después del nacimiento, en tanto el bebé reciba alimento de calidad (leche materna), el ritmo de crecimiento continuará como el que experimentaba el feto.
Esto significa que si durante la gestación surgen trastornos (mala nutrición materna, infecciones o consumo de sustancias tóxicas), la talla podría detenerse y seguir así durante largo tiempo.
Por supuesto, la estatura de los padres influye, ya sea por muy altos o por muy petisos. De todos modos, nada impide que entre hermanos circulen burlas por “un reparto injusto de centímetros”.
En edad escolar la altura depende de más factores; los principales son la cantidad y calidad de alimento recibido, y sufrir enfermedades recurrentes.
Para valorar de modo adecuado, deberían tomarse al menos tres mediciones en un término de seis meses. Una medición aislada solo es una foto, no la película.
Más aún, el crecimiento no se produce de forma lineal, sino escalonada, con naturales “mesetas” y “picos” desparejos. Las propias familias comentan que de pronto los ven “anchos” para luego “estirarse” alternadamente.
Se estima que alrededor del 7 por ciento de los niños en la Argentina muestran talla baja; la mayoría por mala nutrición. Solo en un reducido grupo se demuestra el origen en una enfermedad genética, hormonal, renal o digestiva crónicas.
En tales situaciones es necesario valorar dos edades diferentes: una, la cronológica; otra, la ósea, estudiada radiológicamente por el crecimiento de núcleos de osificación de los huesos de la mano.
Es auspicioso cuando dichas edades no coinciden. Una edad ósea menor que la cronológica indica potencialidad para seguir creciendo (y alivio para quien espera dejar de ser el/la primero/a en la fila).
Y están los “maduradores lentos”, chicos/as que crecen a menor velocidad que la mayoría, pero que finalmente alcanzan la altura promedio.
“En la adolescencia llegará el esperado y fenomenal ‘estirón’”.
En la adolescencia llegará el esperado y fenomenal “estirón” que definirá la estatura final, condicionada físicamente por la soldadura de los cartílagos de crecimiento, algo que ocurre en el amplio rango de 17 a 20 años.
Las chicas pueden quedarse tranquilas: el mito de que el inicio de la menstruación detiene el crecimiento fue erradicado hace tiempo. Con menor velocidad, pero siguen ganando estatura.
En este período la altura física representa más que centímetros logrados. Tanto los muy bajos como los excesivamente altos suelen acusar dificultades sociales, ya que el objetivo fundamental en la adolescencia es “ser uno más”.
Alcanzado lo que a cada uno/a le tocó en “suerte”, queda por saber qué estatura emocional se consiguió.
En definitiva, de eso se trata crecer.





