En el mundo oculto bajo tierra y entre las plantas, se desarrolla una de las alianzas más curiosas de la naturaleza: ciertas especies de mariposas dependen, durante su etapa larval como orugas, de las hormigas para sobrevivir. Estas orugas, pertenecientes principalmente a la familia Lycaenidae, son adoptadas por las colonias de hormigas, que las transportan a sus hormigueros, las defienden de depredadores y, en algunos casos, las alimentan como si fueran crías propias. A cambio, las orugas producen una sustancia dulce que las hormigas consumen con avidez.
Hasta ahora, se sabía que esta relación simbiótica —conocida como mirmecofilia— se basaba principalmente en el mimetismo químico: las orugas emiten señales olfativas que imitan las feromonas de la colonia, engañando a las hormigas para que las acepten. Sin embargo, una investigación publicada en febrero de 2026 en la revista Annals of the New York Academy of Sciences y reproducida por la Agencia SINC, añade un nuevo nivel de sofisticación a esta interacción: el ritmo.
El equipo internacional, liderado por la Universidad de Warwick (Reino Unido) en colaboración con la Universidad de Turín (Italia) y el Forest Research Institute, analizó señales vibroacústicas —pequeñas vibraciones que se propagan por el suelo, las plantas o las paredes del hormiguero— en dos especies de hormigas y nueve especies de orugas con diferentes grados de dependencia de las hormigas.
Los resultados son sorprendentes: las orugas con mayor mirmecofilia generan vibraciones con patrones rítmicos altamente sincronizados y complejos, muy similares a los que usan las propias hormigas para comunicarse entre sí. Estas señales incluyen isocronía (pulsos uniformemente espaciados que crean un ritmo constante) y un «doble compás» (alternancia de intervalos largos y cortos), características que solo se observan en las especies más estrechamente asociadas.
“Estas orugas están hablando literalmente el idioma de las hormigas, no solo químicamente, sino rítmicamente”, explica Chiara De Gregorio, investigadora del Departamento de Psicología de la Universidad de Warwick y autora principal del estudio. “El ritmo es una parte fundamental de la comunicación biológica, y este trabajo demuestra que ha sido moldeado por la evolución en insectos de forma inesperada”.
En el entorno ruidoso y oscuro de un hormiguero, donde vibraciones constantes son inevitables, un patrón rítmico preciso permite que las señales destaquen y sean reconocidas rápidamente. “Para las orugas, acertar con el ritmo puede ser vital: determina si las hormigas les proporcionan cuidados y protección, o si las ignoran por completo”, señala Francesca Barbero, coautora del trabajo desde la Universidad de Turín.
El estudio cuestiona la idea tradicional de que la capacidad para mantener ritmos complejos está limitada a animales con cerebros grandes, como primates o humanos. “Lo que vemos aquí es que el ritmo es una característica generalizada y fundamental en la comunicación biológica, repetidamente moldeada por la evolución”, concluye De Gregorio.





