En un planeta cada vez más dominado por el ser humano, los osos —desde los pardos europeos hasta los polares árticos— están experimentando transformaciones profundas. Distintos ejemplos recientes ilustran cómo la actividad humana modifica no solo su comportamiento, sino también su morfología y hasta su genoma.
En la primavera de 2022, varias osas con crías descendieron de las montañas en busca de manzanas en los huertos del Alto Sil, en la comarca leonesa de Laciana (España), llegando incluso a entrar en viviendas. Ese mismo verano se dio a conocer el descubrimiento de una población de osos polares genéticamente aislada en el sureste de Groenlandia, capaz de sobrevivir sin depender del hielo marino, cazando desde plataformas de hielo glaciar. Y hace solo unas semanas, una investigación publicada en la revista Molecular Biology and Evolution reveló que siglos de caza han convertido a los osos pardos de los Apeninos italianos en animales más pequeños y dóciles.
En Japón, el aumento de ataques ha llevado al despliegue del ejército tras la muerte de 13 personas desde abril de 2025, en un contexto de sobrepoblación de osos y escasez de alimento natural.
Estas historias reflejan un patrón global: las presiones humanas —caza histórica, cambio climático, despoblación rural y expansión urbana— están reconfigurando a estos grandes mamíferos.
EL CASO ITALIANO: SELECCIÓN GENÉTICA POR LA PERSECUCIÓN
“Un macho de los Apeninos puede pesar entre 140 y 210 kg. Uno europeo típico llega hasta 350 kg”, explica Andrea Benazzo, profesor de genética en la Universidad de Ferrara y coautor principal del estudio reciente.
En esta cordillera que atraviesa Italia de norte a sur sobrevive una población aislada de unos 50 osos pardos (Ursus arctos marsicanus). Además de su menor tamaño, presentan cráneos morfológicamente distintos y un comportamiento notablemente menos agresivo.
El análisis genómico de 13 individuos apeninos comparados con una decena de osos de Eslovaquia (Europa central) revela que esta población se separó del resto hace entre 2.000 y 3.000 años, probablemente impulsada por la deforestación romana y el auge agrícola. El aislamiento provocó baja diversidad genética y endogamia, pero no explica del todo la docilidad y el menor tamaño.
La clave está en la caza histórica: durante siglos, los humanos eliminaron selectivamente a los osos más grandes y audaces, favoreciendo la supervivencia de los más pequeños y tímidos. “Hay señales genéticas de selección en variantes asociadas a una menor agresividad”, detalla Benazzo. Procesos similares se observan en elefantes sin colmillos o salmones cada vez más pequeños.
“Este es la primera evidencia empírica genética de selección no intencional humana hacia individuos más tímidos”, subraya Alejandro Martínez Abrain, biólogo de la Universidad de A Coruña, quien en 2018 ya apuntaba que la eliminación sistemática de depredadores atrevidos genera poblaciones temerosas.
PARALELISMOS EN LA CORDILLERA CANTÁBRICA
La historia de los osos cantábricos es similar. Con una población estimada en más de 370 ejemplares (datos de 2020-2021, pendiente de actualización en 2025-2030), esta subpoblación quedó aislada y sufrió intensa persecución. “Nunca se han registrado ataques graves a personas”, destaca Vincenzo Penteriani, investigador del CSIC y copresidente del Equipo Europeo de Expertos en Osos Pardos.
Solo ocho encuentros no graves en lo que va de siglo, según la Fundación Oso Pardo. “No son agresivos, pero son salvajes”, matiza su presidente, Guillermo Palomero.
El reto actual es la recuperación en un paisaje transformado: abandono rural, menos ganadería y más turismo facilitan el acceso a comida humana. Para evitar habituación, proyectos como LIFE plantan 150.000 frutales y 25.000 castaños en zonas altas, protegen basuras y usan disuasorios no letales.
Además, un estudio de 2020 detectó que las hembras salen antes de las oseras con sus crías, posiblemente por temperaturas primaverales más altas. Esto podría exponer a los oseznos a riesgos mayores: menos alimento disponible, mayor vulnerabilidad a patógenos, depredadores y machos infanticidas.
“Históricamente, la persecución fue la mayor presión selectiva; hoy lo es el cambio climático”, advierte María del Mar Delgado, del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (CSIC-Universidad de Oviedo-Principado de Asturias).
