Aunque la mayoría sabemos que el consumo excesivo de azúcar favorece las caries dentales, pocos conocen el proceso inmediato y agresivo que se desencadena en la boca tan pronto como damos el primer bocado a un caramelo, un refresco o cualquier alimento azucarado.
Apenas segundos después de ingerir algo dulce, las bacterias que viven de forma natural en nuestra boca comienzan a aprovechar esos azúcares para crecer y multiplicarse rápidamente. Al convertir el azúcar en energía, estas bacterias liberan grandes cantidades de ácido como subproducto.
En solo uno o dos minutos, el nivel de acidez (pH) en la boca desciende lo suficiente como para empezar a disolver el esmalte dental, la capa protectora mineral que cubre los dientes. Este ataque ácido es capaz de iniciar la desmineralización, el primer paso hacia la formación de caries.
Afortunadamente, el organismo cuenta con defensas naturales. La saliva actúa rápidamente lavando los restos de azúcar y neutralizando los ácidos. Además, otras bacterias beneficiosas compiten por espacio y recursos, ayudando a restaurar el equilibrio y a devolver la acidez a niveles seguros.
Sin embargo, cuando el consumo de azúcar es frecuente —por ejemplo, picoteando dulces o bebiendo refrescos a lo largo del día—, estas defensas se ven superadas. Las bacterias dañinas reciben un suministro constante de “combustible” que ni la saliva ni las bacterias buenas pueden contrarrestar.
LA FORTALEZA IMPENETRABLE: LA PLACA DENTAL
Pero el daño no termina ahí. Las bacterias responsables de las caries también utilizan los azúcares para construir una capa pegajosa conocida como biopelícula o placa dental, que se adhiere firmemente a la superficie de los dientes como una verdadera fortaleza.
Esta biopelícula es extremadamente resistente y solo puede eliminarse con fuerza mecánica, como el cepillado o la limpieza profesional en el dentista. Además, actúa como barrera física que impide que la saliva llegue a neutralizar los ácidos producidos en su interior.
Dentro de esta protección, las bacterias cariogénicas prosperan en entornos muy ácidos, mientras que las bacterias beneficiosas mueren. El resultado es un ciclo vicioso: mayor acidez, más pérdida de minerales del esmalte y, eventualmente, la aparición de cavidades visibles o dolorosas.
La buena noticia es que se pueden tomar medidas simples y efectivas para limitar el poder de estas bacterias:
-Reducir la cantidad total de azúcar y si se consume, hacerlo durante las comidas principales. Al comer, la producción de saliva aumenta naturalmente, ayudando a eliminar azúcares y neutralizar ácidos más rápido.
-Evitar el “picoteo” constante de dulces, golosinas o bebidas azucaradas (especialmente aquellas con sacarosa o jarabe de maíz de alta fructosa). La exposición continua al azúcar mantiene la boca ácida durante períodos prolongados, dando ventaja a las bacterias dañinas.
-Cepillarse los dientes regularmente, idealmente después de cada comida, para remover la mayor cantidad posible de placa. Complementa con el uso diario de hilo dental, que accede a las zonas interdentales donde el cepillo no llega.
