La deshidratación y el golpe de calor pueden desarrollarse de manera silenciosa y generar complicaciones graves si no se toman medidas preventivas a tiempo. Especialistas advierten que, durante las olas de calor, es fundamental extremar los cuidados y prestar atención a señales que muchas veces pasan desapercibidas.
Con el paso de los años, el cuerpo experimenta cambios fisiológicos naturales que aumentan la vulnerabilidad frente al calor. La Dra. Clara Perret, médica clínica y geriatra del Centro Los Pinos, explica que “el mecanismo de la sed se debilita por lo que no sienten la necesidad de beber, aunque su cuerpo lo requiera, el porcentaje de agua corporal disminuye y los riñones pierden capacidad para concentrar la orina y retener líquidos”. A esto se suma que el cerebro tarda más en adaptarse a los cambios de temperatura, y que factores como la falta de movilidad o el deterioro cognitivo pueden dificultar el acceso al agua o el recuerdo de hidratarse.
El riesgo se incrementa cuando existen enfermedades crónicas o tratamientos farmacológicos habituales en la vejez. “Los diuréticos, por ejemplo, pueden aumentar la pérdida de líquidos. En situaciones de calor extremo, menor ingesta, vómitos o diarrea, es importante evaluar con el médico tratante la necesidad de ajustar dosis o suspender temporalmente la medicación”, señala la especialista. La deshidratación puede provocar hipotensión en personas con hipertensión, descompensaciones en quienes tienen diabetes y agravamiento de la función renal, además de favorecer infecciones urinarias o cólicos.
SIGNOS SILENCIOSOS
Uno de los principales desafíos es que los signos de alerta tempranos no siempre se identifican a tiempo. Entre ellos se encuentran la fatiga, la debilidad o los mareos; la sequedad de boca y piel; la orina oscura y escasa; la confusión leve o desorientación; los calambres musculares y el pulso acelerado. Sin embargo, como explica la Dra. Perret, “muchos de estos síntomas son inespecíficos y frecuentes en adultos mayores, por lo que suelen atribuirse erróneamente al envejecimiento”.
Desde el área de Nutrición del Centro Los Pinos, la Lic. Gabriela Pérez remarca que la hidratación debe ser activa y sostenida a lo largo del día. La recomendación general es consumir al menos dos litros de líquidos diarios, priorizando el agua. También pueden incorporarse limonadas, leche, yogur bebible, jugos de frutas, licuados, helados de agua, infusiones frías como té o tereré y caldos claros tibios. La gelatina puede ser un recurso útil, aunque debe evitarse en personas con riesgo de aspiración. En cambio, se recomienda evitar el alcohol, las bebidas muy azucaradas y el consumo excesivo de café o productos con cafeína, ya que pueden favorecer la deshidratación.
ESTRATEGIAS SIMPLES
- No esperar a que aparezca la sed: ofrecer líquidos de manera regular a lo largo del día.
- Dejar siempre una botella de agua visible y al alcance, tanto en el hogar como al salir.
- Asociar la ingesta de líquidos a rutinas diarias, como al levantarse, durante la toma de medicación o antes de acostarse.
- Ofrecer líquidos en pequeños volúmenes pero con mayor frecuencia.
- Cuando el apetito está disminuido, ofrecer líquidos alejados de las comidas para evitar la sensación de saciedad.
- Adaptar las bebidas a los gustos de la persona para favorecer la adherencia al hábito.
- Supervisar la cantidad ingerida de forma sutil, sin presión.
La alimentación también cumple un rol clave durante el calor. “Es importante priorizar frutas, verduras y lácteos, que aportan agua, optar por comidas caseras, livianas, fraccionadas en cuatro o cinco ingestas diarias, y evitar frituras y excesos”, señala la nutricionista del Centro Los Pinos. A esto se suman medidas ambientales como usar ropa liviana y clara, mantener los ambientes frescos y ventilar adecuadamente los espacios.
“La prevención, la observación atenta y el acompañamiento cercano son claves para atravesar las olas de calor cuidando la salud de las personas mayores”, concluyen desde la institución.
