En los últimos años, la estimulación sensorial no invasiva mediante pulsos de luz intermitente a 40 ciclos por segundo (40 Hz) ha emergido como una prometedora línea de investigación para tratar enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. En Estados Unidos, este enfoque ya se aplica de forma experimental en pacientes desde hace aproximadamente cinco años. Sin embargo, los mecanismos celulares que explican cómo esta técnica podría restaurar funciones cognitivas seguían siendo en gran medida desconocidos.
Ahora, un trabajo liderado por investigadores del CONICET y la Fundación Instituto Leloir (FIL) ha dado un paso importante al demostrar, en modelos animales, que esta intervención promueve la generación de nuevas neuronas en el hipocampo —la región cerebral clave para el almacenamiento de la memoria— de cerebros envejecidos, y que estas neuronas presentan un desarrollo notablemente superior.
El estudio, publicado en la revista Molecular Psychiatry, fue coordinado por los especialistas Alejandro Schinder (Laboratorio de Plasticidad Neuronal) y Emilio Kropff (Laboratorio de Fisiología y Algoritmos del Cerebro). La investigadora principal, Mariela Trinchero, junto a la becaria doctoral Magalí Herrero —ambas del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Buenos Aires (IIBBA, CONICET-FIL)—, detalló los hallazgos principales.
Los científicos expusieron ratones envejecidos a sesiones diarias de luz LED intermitente y tonos auditivos de alta frecuencia, ambos sincronizados a 40 Hz. Posteriormente, analizaron el hipocampo, la única zona del cerebro adulto que mantiene la capacidad de generar neuronas nuevas a lo largo de la vida, un proceso conocido como neurogénesis adulta que se reduce drásticamente con la edad.
Los resultados fueron contundentes: la estimulación no solo aumentó la producción de nuevas neuronas, sino que estas mostraron un desarrollo más avanzado que las de los animales control. “Crecieron más, formaron dendritas y axones más complejos —los cables de entrada y salida de las neuronas— y establecieron conexiones más eficaces con el resto del circuito”, explicó Trinchero.
Un descubrimiento clave fue la sinergia entre los estímulos: cuando se aplicaron luz o sonido por separado, los efectos fueron parciales o limitados. Solo la combinación sincronizada (multisensorial) generó beneficios estructurales y funcionales superiores. “El porqué de esta sinergia es una de las muchas preguntas que aún debemos responder sobre este tratamiento”, reconoció Schinder.
Los investigadores también identificaron que los efectos dependen de la activación del receptor TrkB, una proteína central en la plasticidad neuronal y el crecimiento celular.
El contexto científico de estos avances se remonta a 2016, cuando un equipo del MIT demostró en Nature que la luz parpadeante a 40 Hz reducía las placas amiloides en ratones modelo de Alzheimer, un marcador patológico clave. Desde entonces, múltiples estudios en animales y humanos han confirmado la seguridad del método y su potencial para aliviar síntomas cognitivos, aunque los mecanismos subyacentes permanecían poco claros.
Las oscilaciones gamma (30-100 Hz) coordinan la actividad de millones de neuronas y son esenciales para funciones como la memoria y el aprendizaje. Estas ondas se debilitan con el envejecimiento y están alteradas en pacientes con Alzheimer, lo que contribuye al deterioro de los circuitos neuronales.
“El trabajo contribuye a cerrar una brecha clave entre los ensayos clínicos en curso y la comprensión básica de sus efectos”, destacó Schinder. “Podría sentar las bases para el diseño futuro de estudios clínicos en América Latina, con estrategias no invasivas, de bajo costo y potencialmente accesibles”.
