Si uno tuviera que definir qué es La Brillante, tendría que apelar a la imagen vista desde un avión, como una pequeña ciudad incrustada en medio de las Sierras Chicas de Córdoba, atravesada por múltiples hilos que se cruzan y brillan en la oscuridad, y por los que circulan el arte, la psicología, la filosofía, la ciencia y el ambiente.
Fue originariamente el Hotel San Antonio, construido a finales de los años 20 y que a mediados de los 40 se convirtió en la colonia de vacaciones del gremio del calzado. Durante muchos años, el lugar fue epicentro de recreación de numerosas familias zapateras, hasta que, tras sucesivas crisis del país, cayó en el abandono.
Cuentan que, un día, Elisa Gagliano –actriz, dramaturga, bailarina– estaba mirando por la ventana de su casa el edificio de la colonia vandalizado, y comenzó a hacerse preguntas y a imaginar un futuro distinto para ese lugar con tanta historia. Cuentan que Rodolfo Asensio –Fito–, vecino y amigo de Elisa, se hacía las mismas preguntas. Juntos, cuentan que empezaron a pensar un proyecto que poco después tomaría forma con las ideas y el trabajo de otras once personas. Hoy, en ese lugar, los trece llevan adelante La Brillante.
“Lo que queríamos era brillar”, dice Claudia Valetti, profesora en Ciencias Biológicas e investigadora, sentada a la larga mesa del comedor. “La cualidad del brillo no le pertenece a nada, uno nunca sabe bien por qué brillan las cosas, siempre son como unas uniones entre el sol, el agua, un árbol, o sea, siempre hay más de un responsable de lo que brilla”, agrega Elisa Gagliano. “Es una cualidad que nos gustaba que estuviera presente en el ambiente y que todo el que estuviera acá pudiera aportar a eso”, razona Magdalena Pino, filósofa y artista. “También como una invitación a qué tipo de versión de personas queríamos ser acá o queríamos invitar a que fueran, en un momento muy oscuro”, completa.
“Nosotros entramos y era todo muy oscuro, encontramos mucho abandono. Llegamos con mucho humor y con deseos, pero no brillaba, era un lugar muy triste”, cuenta Clara Villamayor, terapeuta transpersonal y artista. “Este fue un lugar de mucha diversión para la clase trabajadora, así que fue como hacerle el aikido a lo que estaba sucediendo.
O sea que se juntaron varios rayitos”, dice Elisa. Por eso “La Brillante” fue el nombre que les salió redondo, por unanimidad.
“Lo novedoso y lindo para mí es que es un grupo que se conformó para esta misión. Sí había algunos vínculos antiguos entre nosotros, algunos nuevos. Y fue confiar mucho en las potencialidades actuales”, explica Bárbara Brailovsky, licenciada en teatro y documentalista. “Compartimos un territorio que es Sierras Chicas, y también un territorio de intereses afectivos e intelectuales”, agrega. “Las trece personas venimos del palo del ambiente, del arte, de la psicología, del psicoanálisis, del trabajo con la locura”, cuenta Villamayor. “Nos dimos cuenta de que todos, de alguna manera, estábamos en los otros, vinculados. Es decir, el que estudiaba filosofía hacía arte, al que hacía arte le gustaba la filosofía, todos estábamos interesados en la conservación de nuestros espacios de trabajo, de la vida, de la casa, de la reserva. Así que fue como un acto de fe y como un acto de confianza en el presente, en el presente afectivo”, apunta Elisa. “Lo que nos interesa es generar estos cruces. Cuando hacemos un evento o invitamos gente, queremos que la filosofía, el arte, el ambiente, se re-crucen y que de ese cruce salgan cosas nuevas”, explica Soledad Croce, filósofa y música. “Que se impregnen, que los cerebros se vayan contaminando entre sí para que surjan cosas nuevas”, agrega Gagliano.
Contra todas las supersticiones, el grupo reivindica el número trece. “Es un número muy interesante –afirma Elisa–, porque en la magia es el número de la ascensión espiritual, el doce es la materia, por eso son doce meses, doce horas, el doce nos deja atrapados. El trece, en cambio, marca una conexión entre lo divino y lo terrenal. Nos gusta también la brujería”, dice riéndose.
SENTIDO
Entre aquel deseo de Fito y Elisa de transformar el edificio abandonado hasta el día de hoy, pasó un año y medio. “Fuimos durante un año a la municipalidad a proponer, a presentar proyectos, a hablar. Ellos tenían buena voluntad, pero estaban recién asumiendo, con miles de cosas. Pero bueno, acá estamos”, dice Elisa con un suspiro de satisfacción mientras se suma a la conversación Eduardo Campodónico, electricista y encargado de obras. Viene de reparar un desperfecto en el motor de la pileta a la que bautizaron “La Espinosa”, celebrando las ideas de Baruch Spinoza, filósofo neerlandés del siglo XVII.
“La Espinosa también hace referencia al tipo de árboles que hay acá, que son muy espinosos, estamos en una reserva natural. Lo que pasa acá es que los árboles, para sobrevivir, han tenido que desarrollar espinas”, explica Fito. “Entonces, hay un juego entre Baruch Spinoza y las acacias, los aromitos”, agrega Elisa.
“Cuando entramos –cuenta–, esto era Mordor [N. de la R.: es el nombre del país desolado de El Señor de los Anillos], y fue ponerle delirio”. “Y, además, laburar, laburar y laburar hasta que quedó hermoso. Esto nos dio sentido también”, agrega Soledad.
La Brillante se sostiene con el trabajo del grupo fundador y con los recursos materiales y monetarios que aportan cada uno de ellos. No recibe apoyo económico de ningún tipo.
Sí la Municipalidad les otorgó un comodato precario que luego de varios meses –evaluación de resultados del proyecto de por medio– amplió por diez años, lo que les permite habitar el predio sin deudas de servicios básicos.
GENTE QUE BAILA
El grupo también se armó con gente que baila. “Jugábamos al vóley y bailábamos”, cuenta Clara. “Antes de encontrarnos para trabajar, nos divertíamos así”, afirma Elisa.
Jugaban y bailaban en la casa de Fito, de Elisa, de Sol, todos vecinos del barrio Villa Silvina, en la localidad de Salsipuedes, donde funciona La Brillante, pero también en las casas de otros integrantes del grupo que residen en pueblos vecinos. Varios de ellos, que vivían en la capital, se mudaron a la zona para estar más cerca. Ahora juegan y bailan en el comedor transformado en pista, en el corredor, la terraza, los patios, los recovecos, entre las mesas y asadores preparados para el fin de semana, entre los árboles, alrededor de la pileta.
Lo que comenzó siendo intuitivo y caótico durante la etapa de obras, viró a momentos más tranquilos de reflexión. “Nos pudimos sentar a conversar y a pensar cómo nos han arrebatado los lugares para encontrarnos y pasarla bien. Tan simple como eso –comenta Elisa–. Porque puede parecer un poco tonto el diagnóstico, pero en realidad, el espacio donde estamos por fuera de las pantallas y por fuera de las redes, lo que hace es invitarnos al ocio, al bienestar, a pasarla bien, a leer libros, a tomar mate, a encontrarse con otro que no conocés, a charlar”.
“Luego de mucho trabajo y conversaciones, nos dimos cuenta de que, para nosotros, es un lugar de resistencia. De resistirle a la virtualidad, a la tristeza que provoca la falta del cuerpo del otro”, continúa Elisa. “Y también, en el trabajo colectivo nos damos cuenta de que cuando hay cuerpo, el lenguaje es mucho más amoroso, mucho más conciliador, negociador”, afirma. “Hay algo de hacerle una fuerza en contra al maldito teléfono, que de verdad yo siento que por ahí nos está haciendo bolsa la cabeza y el cuerpo”, acota Fito. “Que nos volvamos a juntar a jugar a las cartas, a la pelota, a pelearnos, a ver cuán valientes somos para decir las cosas cuando el otro está al frente, a ver cómo nos ponemos de acuerdo”, agrega con vehemencia.
Mientras conversamos en el comedor de baldosas blancas y negras que relucen con el sol que se cuela desde afuera, el murmullo de la casa se confunde con las sombras movedizas de los árboles y el canto de los pajaritos. Hoy es el día de “El Club de los Viernes”, termina el verano y habrá pileta por la tarde y cine al aire libre por la noche, bajo las estrellas.
Esta es una casa viva que no para, y todo está dispuesto para el regreso de los talleres, el ciclo de prácticas del cuerpo y el movimiento, las ferias de libros, la experimentación artística, los festivales y la biblioteca, que ahora tendrá un espacio más amplio para funcionar. “Además, nos donaron discos y un tocadiscos, así que vamos a hacer un lindo espacio con todo eso”, se entusiasman. Ideas y ganas no les faltan.
PROYECTOS EXTERNOS
La Brillante @labri.llante está terminando de armar una convocatoria de residencias a largo plazo que apunta a proyectos externos no necesariamente artísticos que necesiten contar con un espacio físico para desarrollarse. Específicamente, están pensadas para funcionar en habitaciones de la planta baja del edificio que están sin restaurar.
“Alojaríamos proyectos por un plazo de un año con posibilidad de renovar. Nosotros no damos abasto con la restauración de todos los espacios, y esta es una forma colaborativa que nos puede ayudar y que también le puede venir bien a la gente que los habite y los arregle”, explica Elisa.
Por otra parte, están analizando junto al municipio la posibilidad de habilitar un pequeño centro de salud para atender a los vecinos del barrio.





