Un experimento con ratones ha comprobado que la inflamación gastrointestinal y los cambios que conlleva son un factor directo del daño cognitivo.
La revista Nature publicó un estudio elaborado por un equipo internacional de investigadores, principalmente de instituciones estadounidenses como Stanford University y el Arc Institute, junto con colaboradores europeos. El trabajo fue replicado por el portal SINC. Liderado en parte por Christoph Thaiss (de Stanford y Arc Institute) y Maayan Levy, podría explicar en parte por qué, entre personas de la misma edad, unas presentan más deterioro de la memoria que otras.
Los investigadores identificaron que la inflamación gastrointestinal y las alteraciones asociadas actúan como un factor directo en el daño cognitivo relacionado con la edad. Descubrieron un camino en tres etapas principales hacia la pérdida de memoria:
-El envejecimiento del tracto gastrointestinal provoca alteraciones en la microbiota intestinal y en el metabolismo.
-Estos cambios son detectados por células mieloides (inmunes) en el intestino, que desencadenan una respuesta inflamatoria.
-Esta inflamación perjudica la conexión entre el intestino y el cerebro a través del nervio vago, reduciendo las señales interoceptivas (sensación interna del cuerpo) que llegan al hipocampo, la región cerebral clave para la formación de memorias y la navegación espacial.
La buena noticia es que, en ratones, al restaurar la actividad del nervio vago —mediante estimulación directa o intervenciones farmacológicas—, se recupera la función de la memoria. Animales viejos lograron rendir a niveles propios de ejemplares jóvenes en pruebas de reconocimiento de objetos y escape de laberintos. Esta observación abre prometedoras expectativas para futuros tratamientos en humanos.
De hecho, la estimulación del nervio vago ya está aprobada en muchos países para tratar síntomas de enfermedades como la epilepsia, y se explora su uso en otras condiciones neurológicas. “Nuestra esperanza es que, en última instancia, estos hallazgos puedan trasladarse a la clínica para combatir el deterioro cognitivo relacionado con la edad en las personas”, afirmó Christoph Thaiss.
EL EXPERIMENTO CLAVE: CONVIVENCIA Y TRANSFERENCIA DE MICROBIOTA
Para probar que la microbiota intestinal influye en el envejecimiento cerebral, los investigadores alojaron ratones jóvenes (de 2 meses) junto con ratones viejos (de 18 meses). Al convivir y compartir heces, los jóvenes quedaron expuestos a la microbiota de los viejos, y viceversa.
Tras un mes, el microbioma de los ratones jóvenes se asemejó al de los mayores. En pruebas cognitivas —como reconocer un objeto nuevo o encontrar la salida de un laberinto—, estos jóvenes con microbioma «envejecido» obtuvieron resultados tan pobres como los de los animales viejos.
Sin embargo, al tratarlos con antibióticos para restaurar su microbioma, el efecto se invirtió y recuperaron niveles juveniles de función cognitiva.
Ratones libres de gérmenes (germ-free) mostraron un deterioro cognitivo más lento con la edad en comparación con los que tenían microbiomas típicos del envejecimiento, lo que refuerza que algún componente microbiano impulsa la pérdida de memoria.
UNA BACTERIA CLAVE IDENTIFICADA
Los autores señalan a la bacteria Parabacteroides goldsteinii como un componente principal. Su abundancia aumenta con la edad y produce metabolitos (ácidos grasos de cadena media) que activan receptores como GPR84 en células mieloides intestinales, generando inflamación. Esta inflamación desactiva las funciones del nervio vago y contribuye al deterioro cognitivo.
Al colonizar intestinos de ratones jóvenes con esta bacteria, perdían capacidades en tareas de memoria. Por el contrario, al tratar ratones viejos con moléculas que activan el nervio vago (como agonistas de GLP-1 o capsaicina), su rendimiento cognitivo se volvió indistinguible del de animales jóvenes.
“Nuestro trabajo demuestra que la correcta señalización del intestino al cerebro, a través del nervio vago, protege a los ratones contra el deterioro cognitivo relacionado con la edad”, subrayan los autores.
Aunque los resultados son prometedores en modelos animales, se necesitan más estudios para confirmar si mecanismos similares operan en humanos y si intervenciones como la modulación de la microbiota, inhibición de GPR84 o estimulación vagal podrían traducirse en terapias efectivas contra el envejecimiento cognitivo.





