Las olas de calor marinas, cada vez más intensas y frecuentes debido al cambio climático, generan efectos contradictorios en las poblaciones de peces: mientras algunas se benefician temporalmente, otras sufren colapsos drásticos. Sin embargo, una nueva investigación liderada por científicos del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y la Universidad Nacional de Colombia concluye que el verdadero motor del declive es el calentamiento crónico de los océanos, que erosiona de forma constante la biomasa pesquera.
El trabajo, publicado en la revista Nature Ecology & Evolution, analizó 702.037 estimaciones de cambios en la biomasa de 33.990 poblaciones de peces (pertenecientes a 1.566 especies) registradas entre 1993 y 2021 en el mar Mediterráneo, el Atlántico Norte y el Pacífico nororiental.
Los resultados son alarmantes: al filtrar el “ruido” de los eventos meteorológicos extremos a corto plazo, como las olas de calor marinas, emerge un patrón claro de descenso anual sostenido de la biomasa de hasta el 19,8 %. “Este calentamiento crónico ejerce una presión negativa constante sobre las poblaciones de peces, a diferencia de las fluctuaciones temporales que pueden ser muy variables”, explica Shahar Chaikin, investigador del MNCN-CSIC y autor principal del estudio.
ZONA DE CONFORT TÉRMICO: GANADORES Y PERDEDORES TEMPORALES
El impacto de las olas de calor depende de la “zona de confort térmico” de cada especie, es decir, el rango de temperaturas óptimas para su crecimiento y reproducción. En aguas ya cálidas, cuando una ola de calor empuja las temperaturas más allá de ese límite, la biomasa puede caer hasta un 43,4 %. Por el contrario, en regiones más frías, el aumento temporal de la temperatura puede impulsar incrementos explosivos de hasta el 176 %.
“Aunque estos aumentos parezcan una buena noticia para la pesca, son transitorios. Si los gestores pesqueros incrementan las cuotas basándose en un pico causado por una ola de calor, arriesgan el colapso de las poblaciones cuando las temperaturas regresen a la normalidad o cuando el efecto del calentamiento a largo plazo se imponga”, advierte Chaikin.
Los autores proponen un marco de gestión en tres niveles para enfrentar esta crisis:
-Respuesta rápida a eventos extremos, con medidas de protección inmediata (como cierres temporales) cuando se detecten olas de calor que afecten poblaciones en los límites cálidos de su rango.
-Planificación a largo plazo, reconociendo el descenso continuado de la biomasa causado por el calentamiento crónico y ajustando las cuotas de captura en consecuencia.
-Cooperación internacional, ya que muchas especies migran cruzando fronteras nacionales en busca de aguas más adecuadas a su zona de confort térmico. “Los modelos de gestión estáticos están obsoletos. Una población puede estar en declive en un país y en auge en otro. La conservación eficaz requiere acuerdos conjuntos”, sentencia Chaikin.
Miguel Araújo, también del MNCN-CSIC y coautor, enfatiza que “los gestores deben equilibrar con extrema cautela los aumentos localizados con los descensos a largo plazo para evitar la sobreexplotación”. En un océano cada vez más cálido, la prioridad debe ser la resiliencia a largo plazo: planificar para la pérdida de biomasa esperada en lugar de dejarse engañar por ganancias efímeras.





