Una sucesión de días y noches, tan extensa que el planeta mismo donde ocurrieron se convirtió en otro, y luego en otro más, al ritmo del tiempo, la actividad geológica y los efectos climáticos que devastaron e hicieron posible nuevamente la vida de sus habitantes una y otra vez. Millones de años de separación, distancias inasibles que, sin embargo, se acortan y aproximan gracias a una tarea detectivesca incansable y continua, a la creación de conocimiento y la sed de más. Paleontólogos de todo el mundo, cazadores de lo que ya no está, reconstruyen cada día un mundo perdido a partir de los pequeños vestigios que extraen de la tierra. Una tarea apasionante que, en la mayoría de los casos, los conecta con una infancia de curiosidad e imaginación totales.
En cuanto giró la cabeza hacia su izquierda, el doctor Alan Grant quedó pasmado: frente a sus ojos, un braquiosaurio, especie extinta hace más de 150 años, se alimentaba de un árbol altísimo. En un cine de La Plata, Juan Ignacio Canale (licenciado en Biología, con orientación en Paleontología, doctor en Ciencias Naturales, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas –CONICET– y del Museo Municipal de Villa El Chocón) experimentó algo similar que el doctor Grant, personaje principal de Jurassic Park. “Desde muy chico, mi salida favorita era ir al Museo de Ciencias Naturales de mi ciudad. Pensaba estudiar Arqueología, Geología o Paleontología y, al ver la película, terminé de decidirme. Sentí un impacto muy fuerte, sigo viendo la película cada tanto y la escena es especial. Cuando tengo una novedad delante de mí, vuelve esa misma fascinación”, cuenta.
Antes de ser licenciado en Biología, doctor en Ciencias Naturales e investigador asistente del CONICET en el Instituto CRILAR de La Rioja, Martín Hechenleitner fue también un adolescente que quedó flechado por producciones audiovisuales, aunque en su caso fueron los documentales los que avivaron una curiosidad preexistente, incluso, a sus propios recuerdos, según confiesa: “Mis padres me dicen que me gustaban los dinosaurios desde muy chiquito, pero en mi memoria no hay imágenes de eso. Las ciencias naturales, en general, me interesaron siempre. Con el tiempo, de la investigación paleontológica me atrajo que tiene un montón de incógnitas y grises por explorar”.
En ocasiones, la atracción por este campo en particular aparece un poco más tarde, pero de todos modos llega como un flechazo definitivo. “De chica, ni se me ocurría pensar en dinosaurios. Me imaginé estudiando fauna nativa, guanacos, pumas, el comportamiento de animales actuales. En segundo año de la carrera de Biología, fui al Museo de Ciencias Naturales de San Juan con la idea de hacer un voluntariado. Vi los dinosaurios exhibidos en el hall y fue un shock. Ese voluntariado lo hice en paleo, un mundo que me atrapó”, recuerda Cecilia Apaldetti, licenciada en Biología, doctora en Geología, con un posdoctorado en Paleontología e investigadora adjunta del CONICET y el Museo de Ciencias Naturales de San Juan.
Similar es el caso de Ariana Paulina Carabajal, licenciada en Biología con orientación en Paleontología, doctora en Ciencias Naturales, investigadora del CONICET y del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente de la Universidad del Comahue, además de especialista y pionera en áreas como la paleoneurología. Lo recrea así: “Nací y crecí en Bariloche, rodeada de naturaleza, con mucha curiosidad. Sabía de fósiles porque encontraba algunos de invertebrados en caminatas por la montaña, pero no me interesaba en dinosaurios. Me acerqué a ellos de una manera muy fortuita, a través de voluntariados, ya estando en quinto año de la facultad. Me parecía un ambiente muy masculino, creí difícil poder desarrollarme, pero siento que estuve en el momento y lugar exactos”.
Para encontrar un dinosaurio, primero hay que saber dónde buscar. Los investigadores delimitan áreas de acuerdo con hallazgos previos y analizan, además, movimientos en la tierra que pudieran haber dejado expuestos a los fósiles que llevaban millones de años enterrados y ocultos. Con imágenes satelitales, observan la distribución de las rocas, dónde afloran mejor, por dónde podría ser más sencillo caminar, y así achican el margen de kilómetros por recorrer. Luego, se organizan las campañas, en las que realizan salidas de prospección, que es la búsqueda ocular en superficie. En cuanto observan algún hueso con características llamativas, trabajan con pinceles sobre la pieza, para exponerla más cabalmente. Si fuera material relevante en términos científicos, se procede a la excavación, en la que también llevan la piedra que rodea al hueso, para no dañarlo. Los bochones, como llaman a esos fragmentos enormes, llegan al laboratorio y allí se confirma su importancia y se realiza la clasificación y el análisis exhaustivos, que desembocarán en la publicación del paper.
Entre una punta y otra del proceso de investigación, transcurren largos años de trabajo, que tampoco es lineal. Las campañas podrían resultar infructuosas, y esas ocho o diez horas diarias, durante una decena de días, no servir para extracción alguna. Son necesarias, de todos modos, para descartar zonas, ya que la ciencia avanza también al confirmar aquello que no es, y está constituida con la paciencia como virtud casi tan fundamental como la curiosidad.

Hechenleitner es la cabeza del grupo de investigación que publicó el trabajo de impacto más reciente en el país, ya que a fines del año pasado llegó a las revistas especializadas más prestigiosas, como Nature. Este paper analiza el hallazgo obtenido años atrás en la precordillera riojana: el Huayracursor jaguensis, que vivió hace más de 230 millones de años, en el Triásico tardío, y es uno de los dinosaurios más antiguos del mundo. “Estar solo en el campo y encontrarte con algo que nunca nadie vio en más de 200 millones de años es una emoción enorme, un momento de adrenalina pura. Te podés pasar diez horas tirado en el suelo excavando, no te acordás ni de comer”, grafica.
“Me parece fascinante el hecho de que esos bichos caminaron por donde yo vivo hoy, que es El Chocón, y que se pueda ir a desenterrarlos. Ser el primer ser humano de la historia en verlos me vuela la cabeza. Después, es increíble el momento de preparar los restos y estudiarlos, ver los detalles, si es una especie nueva o no y darle nombre. Es un laburo increíble, el mejor. No sé cómo no todo el mundo quiere ser paleontólogo”, dice, un poco en broma, pero bastante en serio, Canale. Junto a su equipo de trabajo, en 2022 publicaron en Current Biology el hallazgo de una nueva especie, a la que bautizaron Meraxes gigas. Era un carcarodontosáurido de cabeza enorme y brazos cortos que vivió hace unos cien millones de años.
Apaldetti fue líder de otro grupo de investigadores que también encontró una nueva especie: Ingentia prima, la primera bautizada con un nombre femenino, un ejemplar que abrió nuevas puertas investigativas, ya que se trata del registro paleontológico más antiguo que da cuenta del origen del gigantismo en dinosaurios. “Sabíamos que el descubrimiento tendría repercusión mundial, aunque no imaginamos que, por su nombre femenino, trascendiera los límites de la comunidad científica. Estuvo bueno para dar visibilidad, por la importancia de tener referentes mujeres. A mí me enseñó que no se valora aquello de lo que no se habla y que no se conoce”, reflexiona.

Una vez desbloqueado el amor por la paleontología, el recorrido de Carabajal la llevó a participar de campañas en campo en distintos lugares de la Argentina, incluyendo la Antártida, y también en Estados Unidos y Mongolia. Cuando recibió la invitación de Rodolfo Coria para hacer su doctorado en Plaza Huincul, Neuquén, sobre el neurocráneo de un dinosaurio que habían encontrado, comenzó a trabajar en un área que no había sido explorada antes en el país. Si la investigación paleontológica se dedica a la reconstrucción de la vida de unos animales y un planeta que ya no existen, la paleoneurología se aboca a estudiar un órgano específico (el cerebro) del que ya no queda materia tangible: “Estudiamos el cerebro sin ver las neuronas, porque no se preservan. Lo que sí se preserva es el espacio donde estaba alojado el cerebro, y podemos reconstruirlo en tres dimensiones para reflejar la forma que habría tenido. Usamos tomografías computadas, extraemos virtualmente ese espacio para ver cómo era la forma de las distintas regiones del encéfalo. Y nos basamos en un principio que dice que un sentido que esté más desarrollado que otro se va a expresar en un mayor desarrollo físico en esas regiones”, explica. Por ello, en ocasiones alguien podría cruzarse a un colega de su grupo de investigación en la sala de espera de un centro de imágenes, con una camilla y un bulto enorme sobre ella, tapado. Es el cráneo de un dinosaurio que ingresará al tomógrafo.
Ese pasado que buscan reconstruir está lejos de ser sólido y estático, ya que la construcción de conocimiento implica, entre otras cosas, descartar aquello que nuevos resultados refutan categóricamente. Ese universo que no habitamos, el ambiente en el que estas criaturas vivieron, sigue siendo moldeado, al ritmo de nuevos hallazgos que constantemente se realizan.
¿PARA QUÉ SIRVE BUSCAR DINOSAURIOS?
En una época en la que casi todo parece responder a métricas precisas y una lógica mercantilista y utilitaria, se formuló así la pregunta a los investigadores, que contestaron del siguiente modo:
Hechenleitner: “En La Rioja se estableció una Ruta de los Dinosaurios, con mucho contenido científico detrás, que es una propuesta turística que ofrece exhibiciones en zonas donde las posibilidades económicas y de desarrollo económico son muy pocas. Eso se transforma en una fuente de trabajo para la gente del lugar”.
Apaldetti: “Conocer el pasado ayuda a entender el presente y no diría predecir el futuro, pero sí tener mucha información acerca de procesos que ocurrieron, están ocurriendo y ocurrirán, como los cambios climáticos abruptos, por ejemplo. Actualmente estamos viviendo muy probablemente una sexta extinción masiva y la paleontología puede ofrecer parámetros de lo que le podría pasar a nuestra comunidad después de un período prolongado de aumento de la temperatura de uno o dos grados por año”.
Canale: “En El Chocón, que es un pueblo de 2000 personas, tenemos un museo donde entran 100.000 personas por año. Económicamente, para el pueblo es sumamente importante. Y eso se replica en muchos museos del interior. Más allá de eso, lo importante es contribuir al conocimiento general científico del pasado remoto de nuestro país y del mundo”.
Carabajal: “Estamos generando conocimiento. Lo que para mí mueve a la humanidad es la curiosidad, que nos lleva a las estrellas, a buscar dinosaurios, a la creatividad, a crear música, pinturas. Saber cosas es una necesidad básica de la humanidad. Es conservación del patrimonio también”.





