El simple acto de mirar al cielo, un evento apenas inocente que relaja a cualquier persona con el solo hecho de observar las estrellas o el intento divertido de descifrar los dibujos que trazan las nubes, no es algo que esté al alcance de todos. Tras las paredes del Centro Socioeducativo de Adolescentes Mujeres (CeSAM), que existía hasta hace poco tiempo en el corazón de un barrio céntrico de la ciudad de Córdoba, las chicas no tenían permitido mirar hacia arriba cuando salían al patio. Era para evitar el contacto visual con cualquier departamento colindante. El único motivo era estar privadas de libertad.
Con la intención de cambiar la mirada estigmatizante que recae sobre chicos y chicas cuyas vidas transcurren en contextos de encierro, en 2015 un grupo de profesionales interdisciplinario de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) de los campos de la astronomía, la psicología, la filosofía, las artes y la sociología, entre otras, se juntó y creó el programa Derecho al Cielo. La iniciativa nació del Observatorio Astronómico de Córdoba en diálogo con la UNC y está basada en el proyecto homónimo que se inició en La Plata.
En lo que era el CeSAM “empezamos con una actividad durante el día para ver el cielo y después pasamos a hacer actividades durante la tarde y noche. Esto fue creciendo y dejamos de hacerlo solo en el centro de mujeres para hacerlo también en el Complejo Esperanza, que es de hombres”, cuenta Facundo Rodríguez, astrónomo y uno de los impulsores del proyecto. Hoy, ese complejo es mixto y siguen multiplicando los encuentros.
Lo que hace este equipo es trabajar durante la primera parte del año en el armado de seis a ocho talleres que luego desarrollarán con jóvenes con una dinámica lúdica sobre la astronomía en vinculación con los derechos humanos. Por ejemplo, en una de las actividades deben imaginar cómo sería su viaje si fueran al espacio en una nave. Deben preguntarse qué cosas llevarían y qué no puede faltarles.
Es entonces, en ese universo imaginario, donde van poniendo en palabras e imágenes cómo sería el nuevo planeta y cuáles serían las necesidades básicas por cubrir. De esta manera, el mundo de la astronomía se entrelaza con los derechos humanos y van reconociendo el derecho a la alimentación, al abrigo, a los derechos culturales, entre otros.
“Es relajante verlo”, se escucha decir a uno de los chicos del Complejo Esperanza en un video que presentaron desde el Observatorio Astronómico. A otro le “gustaría aprender más sobre el universo”. Los jóvenes muestran interés en conocer más sobre ese gran espacio misterioso ubicado sobre sus cabezas. Y también hay curiosidades que se repiten a lo largo de los años. Así, Facundo Rodríguez lanza la pregunta de siempre: “¿Hay vida en otros planetas?”.
Durante el programa, uno de los puntos fundamentales es que chicos y chicas se animen a hablar, a preguntar, a sacarse las dudas, a usar el telescopio. “El momento de observar es bien interesante porque es de mucha sorpresa, de admirar la belleza que tienen muchas veces los astros”, dice. Y es esa sorpresa que aparece de manera genuina la que incentiva a los jóvenes a seguir participando en los talleres.
Una particularidad del programa Derecho al Cielo es que no solo se dictan los talleres durante la noche en el contexto de encierro, sino que también se trasladan al Observatorio Astronómico de Córdoba o a la Estación Astrofísica de Bosque Alegre. Allí las inquietudes se potencian. “Hasta los guardias se sorprenden cuando escuchan a los chicos explicar, por ejemplo, que las galaxias azules son más jóvenes que las rojas y cosas por el estilo”, cuenta con orgullo Facundo.
“El momento de observar es bien interesante, porque es de mucha sorpresa”.
Facundo Rodríguez.
En los diez años que lleva el programa, se ha impactado en más de 200 jóvenes en contexto de encierro. No todos participan de todos los talleres, porque depende del tiempo que permanezcan en el complejo.
Según los profesionales involucrados en este programa, “es obligación de la universidad que el conocimiento sea público, así como romper con las lógicas de encierro y carcelarias”.
CONECTAR CON EL COSMOS
En los talleres se trabaja sobre el sistema solar, la vida en otros planetas y sus posibles formas de organización, las estaciones, la puesta del sol, las estrellas e incluso cómo es la orientación cuando se utilizan mapas. Todo este conocimiento se vincula con la vida cotidiana y, por ende, con los derechos humanos.
Pero el cielo no es solo un cúmulo de conocimientos astronómicos, es también una puerta que conecta con los afectos. “Cuando se nos va un ser querido, supuestamente se va al cielo. Por eso, para la mayoría de las personas está presente el cielo, y aparte es muy lindo mirar allá”, dice uno de los chicos que participó en los talleres. Otro rememora: “Me trae muchos recuerdos, de mi papá, mis hermanos, mis amigos que se fueron por ahí”.
“Cuando me vaya de este mundo, no se sabe cuándo, voy a mirar a mi familia desde arriba para saber cómo está”, menciona otro de los participantes. Es entonces cuando el cielo se transforma en un lugar de recuerdos, de otras formas de habitar el espacio. “Wenu Mapu” le llaman en lengua mapuche al firmamento, explica la escritora chilena Nona Fernández en su libro Voyager. En su cosmovisión, se trata de la tierra de arriba, donde viven los antepasados, “todos aquellos que alguna vez pisaron este mundo y ahora, desde allá, nos protegen”, escribe. Es esa interconexión la que los chicos sienten con ese cosmos.
Y es esa inmensidad de ese mundo desconocido la que permite que profesionales de diferentes disciplinas de la Universidad Nacional de Córdoba sigan constelando para que el interés de chicos y chicas se despierte en cada encuentro por el derecho al cielo.
