Cuenta la leyenda que una serpiente gigante y feroz, llamada Boi, vivía en el cauce del río Iguazú y que los guaraníes que habitaban la región, para aplacar su ferocidad, tomaron la costumbre de sacrificar a una mujer para arrojársela como ofrenda. Pero en una ocasión, el enamorado de la elegida la rescató y la salvó de la bestia del río. Así, los amantes Naipí y Tarobá pudieron escapar a bordo de una canoa y perderse en el bosque. Sin embargo, lo que siguió no fue el triunfo del amor. Enfurecida, la enorme serpiente sacudió locamente su cuerpo, provocando olas gigantes y quiebres en la tierra. El curso del río no volvió a ser el mismo: ese temblor implacable dio origen a las increíbles cataratas del Iguazú, en una explicación mítica contrapuesta a las teorías científicas que atribuyen el fenómeno geográfico a una erupción volcánica.
Puede resultar más o menos simpática la historia. Pero no influye en esa familia que permanece extasiada frente a la Garganta del Diablo. Llegaron casi con timidez esa mañana de sol fuerte que, al rebotar en cada gota de agua, multiplicaba mil y una chispas de brillo multicolor. El tiempo parecía transcurrir en cámara lenta. Recorrieron todo el camino dentro del Parque Nacional Iguazú hasta llegar al destino que tanto anhelaban. Los padres contenían la emoción con el pudor que los chiquilines arrojaron a los vientos. Unos y otros quedaron embelesados con la sensación de estar ante ese monstruo feroz, ya no la serpiente, sino la consecuencia de su ensañamiento. Una ensalada de sentimientos –completud, grandiosidad, inmensidad, exuberancia, abundancia– atravesada por una dosis extraordinaria de hermosura.
Son imágenes que no se olvidarán en la vida. Son emociones que se comparten incluso en el silencio. Son lágrimas que saltan no solo para fundirse en el agua que salpica el coloso, sino para reflejar mejor que de ninguna otra manera lo alucinante del paisaje.
Es la Garganta del Diablo, un nombre recurrente ante fenómenos naturales que abruman, pero nunca tan bien aplicado. Es la mayor de las cataratas del Iguazú: un complejo con 270 caídas para todos los gustos.
PAISAJE INSPIRADOR
Las cataratas se encuentran en un parque nacional que abarca 67.720 hectáreas en territorios de Brasil y de la Argentina. Otro de los aspectos que fomentan la rivalidad entre ambos pueblos: cuál de los dos tiene las caídas de agua más bonitas y desde qué margen del río se perciben los paisajes más fabulosos. En la margen brasileña se halla el homónimo Parque Nacional do Iguaçu. En la Argentina fue creado en 1934 y se trata de un área de preservación de la naturaleza. Además de conservar una porción de Selva Paranaense, es la ecorregión más biodiversa del país, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1984 y una de las Siete Nuevas Maravillas Naturales del Mundo en 2011. En 2025, alcanzó un récord histórico de visitantes: 1.600.000. Mientras tanto se realizan trabajos en infraestructura y modernización de servicios que ponen en valor esos sectores.
Aseguran que el Iguazú enciende la creatividad. Por caso, fue una notable fuente de inspiración para el escritor Horacio Quiroga y sus célebres relatos. El parque nacional contiene una diversidad exuberante: cerca de un centenar de mamíferos distintos, medio millar de especies de aves y reptiles diferentes, una increíble variedad ictícola y un catálogo impresionante de insectos y de mariposas. Es muy común que en derredor de las pasarelas deambulen tucanes multicolores, simpáticos coatíes, lagartijas de todos los tamaños y unas águilas que erizan la piel del turista desprevenido.
DESDE EL CIELO
Los sentidos parecen colapsar ante el vértigo enloquecido de la Garganta. En total, las cataratas se cuentan en 270 saltos, dos tercios de ellas en el lado argentino, siempre alimentadas por el río Iguazú que nace en el estado brasileño de Paraná. Su recorrido muy irregular tiene más de 1200 km. En una meseta del cauce se acumula una energía excepcional que se replica con el caudal que absorbe de infinitos afluentes. El recorrido se hace vibrante y por momentos furioso para desembocar en esa grieta en la llanura, más allá de la explicación mítica de la serpiente o la científica…
La Garganta es la estrella. Tiene 150 metros de ancho, pero parece llegar al infinito cuando se la observa en el mirador frontal y aparecen millones de arco iris alrededor. La espuma lo envuelve todo. Ahí se entrecruzan la fantasía y la realidad: cerca de 80 metros de desnivel abrupto, una caída estrepitosa que produce un salto de tremenda bravura.
Pero los hay de todo tamaño combinando sus movimientos. Y una variante para las billeteras más acaudaladas es vislumbrar esa belleza descomunal en un viaje en helicóptero: desde las alturas, se podría corroborar que la Garganta se trata de un fenomenal vértice inserto en una media luna alucinante entre acantilados e islotes, en plena Selva Paranaense, y que se forma, entre tantos otros, por el salto San Martín, el Arrechea, el Belgrano, el Mitre, el Floriano, el Adán y Eva, el Deodoro, el Chico, el Dos Hermanos, el Benjamín Constant, el Unión, el Escondido, el Rivadavia, el Tres Mosqueteros, el Dos Mosqueteros y el Bozzetti. En un extremo se encuentra el salto Ramírez, uno de los más pintorescos y populares. Así como es notable el sendero Macuco, de 3 km, con variada dificultad: en dos horas se llega al salto Arrechea.
Las variantes para zambullirse en su intimidad son diversas. Los grandes y los chicos podrán vivirlo intensamente tanto a pie, en bici, en 4×4, con gomones semirrígidos con motor o a remo. También está la posibilidad de transitarlo en camionetas descubiertas: un imperdible paseo de hasta 8 km dentro de la selva, con destino a las orillas del río Iguazú.
Son impresionantes los paseos bajo la luna llena, que se pueden aprovechar durante unos cinco días al mes y, por lo tanto, resultan una atracción muy codiciada que debe preverse con la debida anticipación. Los privilegiados disfrutarán de un espectáculo absolutamente único: dejarse envolver por el brillo que adquieren cada una de las caídas, todas muy diferentes entre sí, cargadas con los reflejos nocturnos. Los visitantes que puedan aprovecharlo quedarán extasiados con el color de la luna, que cambia en cada salto. Una experiencia verdaderamente inigualable e imperdible.
Las cataratas del Iguazú son cuatro veces más extensas que las del Niágara, en Canadá. El término “Iguazú” es de origen guaraní, significa aguas grandes. Esta verdadera explosión de la naturaleza fue descubierta por el adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Llegó en 1541: resulta absolutamente creíble la leyenda que asegura que, al vislumbrar las cataratas, el grupo de exploradores europeos no podía creer que fueran reales.
Si bien el complejo de cataratas es compartido por Argentina y Brasil, también está Paraguay, como vigía de la región. De hecho, en su extremo se encuentra la Triple Frontera, que hermana a los tres pueblos con sus ciudades limítrofes. Una es la argentina Puerto Iguazú, un enclave de extrema belleza natural que merece ser recorrido en detalle más allá de la visita a los saltos. Entre la ciudad y la ubicación del complejo de las cataratas hay 17 kilómetros, siempre en el extremo norte de la provincia de Misiones. Comparte la región con la ciudad brasileña Foz de Iguazú, a la que se accede a través del puente internacional Tancredo Neves. Las une un sitio emblemático, el famoso Hito de las Tres Fronteras, donde confluyen dos ríos y los tres países. Desde ese punto crítico común, se puede pasar a la paraguaya Ciudad del Este. Puerto Iguazú cuenta con 64 mil habitantes, con el turismo como su mayor ingreso. La ciudad está debidamente instalada para conmover al viajero, desde la hotelería, el comercio, las excursiones, la gastronomía y mucho más.
Entre las atracciones de la ciudad, están la Catedral Virgen del Carmen y la Plaza San Martín, junto a la belleza y el colorido de los orquidearios que se encuentran en la calle Jangadero, entre Santa Fe y Corrientes. La Casa de las Botellas, en la entrada de la ciudad, es un proyecto autosustentable ideado por la familia Santa Cruz: las paredes fueron levantadas con 1200 botellas de plástico, el techo con 1300 cartones de tetrapack, las puertas y las ventanas se realizaron con más de 140 cajas de CD. Los muebles, los sillones y las camas también fueron construidos con botellas.
La Aripuca se encuentra a 300 metros de la RN12, a solo 4,5 km de la ciudad. Se trata de un parque temático con un nombre copiado de una trampa guaraní para capturar animales sin lastimarlos. En su interior, el recorrido histórico de la selva misionera conlleva la intención de alimentar la conciencia sobre los efectos de la tala indiscriminada de árboles y el cuidado del medioambiente. Concepto también fomentado en la reserva GüiráOga: la mayoría de los animales fueron rescatados de la selva o eran víctimas del tráfico de especies. Como en el Jardín Picaflores, un lugar en el que el visitante convive con colibríes.
A la reserva Selva Iryapu se puede llegar en bicicleta desde el Parque Iguazú hasta el Camino Yaguarindí y realizar una visita a la comunidad guaraní Yriapu y su escuela intercultural. O un paseo a la aldea aborigen Fortín M’Bororé, pueblo guaraní conformado por una de las 74 comunidades misioneras. Una aventura es cruzar el arroyo M´Boca-i y recorrer un sendero abierto en la selva. Pasear por el Parque Nacional de Aves, predio de 16,5 hectáreas, significa ver más de un millar de aves de 150 diferentes especies de todo el mundo, con contacto directo con ellas, desde reptiles hasta mariposas.
Misiones ofrece múltiples formas de descubrir su tierra colorada, sus tradiciones y sus extraordinarias cataratas: un destino que excede largamente la categoría de maravilla.
VISTA PANORÁMICA
El hotel Panoramic Grand está ubicado sobre una barranca natural que regala vistas al río Iguazú y Paraná. “Invita a vivir la selva desde una perspectiva distinta”, dicen sus responsables. Cuenta con el restaurante La Cocina de las Pioneras que celebra recetas ancestrales con productos regionales, mientras el Spa YSYRY ofrece masajes y tratamientos con vistas panorámicas. “Ideal para parejas o familias que buscan descansar, reconectar y vivir la magia del norte argentino en un entorno de naturaleza y confort”, aseguran.
RELAX DE LUJO
El alojamiento en Iguazú tiene variantes para todos los presupuestos. El Iguazú Grand, a solo minutos del parque nacional, combina lujo, naturaleza y relax en sus 134 habitaciones con vistas a los jardines o piscinas. Cuenta con gastronomía gourmet, sabores regionales y un spa que tiene ingredientes naturales de la zona (yerba mate, miel y cítricos). La promesa es de “una experiencia sensorial completa”. Porque además tiene piscinas, saunas, terma romana y actividades para niños.
