Una tarde salió de su trabajo para caminar las diez cuadras que lo separaban de un curso que le cambiaría la vida, pero que le generaba recelos. A mitad de camino, se detuvo, se dijo a sí mismo que era una locura, que no tenía sentido, y decidió que no se presentaría. Caminó un par de cuadras de regreso a su trabajo y volvió a frenarse, se preguntó qué hacía, y se respondió que no perdía nada con probar, así que retomó la senda inicial. Esa primera clase lo enamoró, y así comenzó el camino en el arbitraje de rugby para Tomás Bertazza, el encargado de impartir justicia en la última final del torneo de la URBA, el más importante del país, y uno de los réferis argentinos con mayor proyección internacional.
En el colegio, Tomás conoció el rugby y rápidamente se enganchó. Comenzó a jugar en el club San Fernando, que luego se convirtió en Delta Rugby, donde subió de categoría hasta llegar a la Intermedia, la previa a Primera. En 2014, luego de arrastrar algunas lesiones y de lidiar con una agenda apretada por el trabajo y las obligaciones, entendió que no le quedaba espacio para lo que el rugby requería de él y dejó de jugar. Hasta ese momento, no se trataba precisamente del jugador más disciplinado de la cancha, y nada hacía prever que se convertiría en árbitro.
“Mirá si voy a ser árbitro, a mí me gusta jugar”, le respondió al amigo que le tiró la idea. Sin embargo, quedó dándole vueltas en la cabeza, hasta que se anotó en el curso. “La primera clase fue muy divertida, muy interactiva, llevaron a los máximos exponentes de referato y empezaron a contar todo lo que viajaron y lograron gracias a esto”, recuerda. En esa primera clase se esfumaron las dudas por completo. Seis meses más tarde, ya estaba en cancha para dirigir su primer partido de juveniles.
En el campo de juego, poco a poco comenzó a sentirse a gusto. En el rugby, el árbitro tiene una participación constante en el juego, es una presencia notoria, y de su desempeño depende el ritmo con el que se desarrolla el espectáculo. A Tomás la experiencia le resultó divertida y desafiante: “Estaba acostumbrado a ser jugador, y los movimientos son muy diferentes. El árbitro tiene que tomar un posicionamiento distinto, lo más difícil es cómo moverse dentro de la cancha y no golpearse con los jugadores. El período de adaptación me llevó dos o tres años”.
Como jugador, a pesar del disfrute que sentía por practicar la actividad, nunca había desarrollado la ambición de construir una carrera, de empujar más allá para ganar nuevos espacios donde mostrarse. Siendo árbitro, desde muy temprano sintió la necesidad de avanzar posiciones, de alcanzar un estatus mayor. “Yo dirigía los partidos de Intermedia, que eran los sábados al mediodía. Terminaba y, cuando me estaba yendo, veía a los árbitros de Primera, que dirigían a las 15:30. Los partidos ya tenían público, las hinchadas alentaban, en cancha había jugadores conocidos, algunos incluso Pumas. Y yo quería estar ahí. Me propuse llegar lo más lejos posible”, confiesa.
Desde entonces, no paró de ascender niveles. Llegó a Primera y se propuso dirigir los partidos clave, hasta que le llegó la oportunidad de estar al frente de finales de torneos de la URBA. En paralelo, dirigió por todo el país y extendió su zona de influencia al continente entero. Una vez asentado, ingresó a la órbita de World Rugby y se convirtió en elegible para grandes campeonatos internacionales. El año pasado tuvo la oportunidad de dirigir en un Mundial sub-20 y ahora se prepara con el firme objetivo de llegar al Mundial de mayores, que se disputará en Australia el año que viene. “Haber llegado a ese nivel era algo impensado para mí. Al árbitro argentino le cuesta mucho acceder ahí. Por un tema geográfico, estamos muy lejos de las principales competencias, y es caro llevar un árbitro desde aquí. Entonces, generalmente hay muchos europeos, y casi ninguno de acá. Tenemos pocas posibilidades, así que si me toca ir, más allá de lo personal, sería un hito para el arbitraje argentino”, se ilusiona.





