Martín Kohan es argentino, porteño, judío, hincha de Boca, escritor y docente. La identidad xeneize es innegable, una bandera azul y amarilla lo acompaña como decorado de esta entrevista. Una charla que pondrá en evidencia que ejercer la docencia también ha dejado su marca. Hablará durante dos horas cátedra, explicando con detalles la tesis que plantea en Argentinos, ¡a las cosas!: que es necesario poner en crisis la identidad, que nunca está completa y que se trata de una huella. “Es la huella que algo deja y esa huella persiste. Por eso el libro tiene que ver con lugares y cosas que están ahí, que uno puede ir y ver. Yo mismo fui y las vi”, dice. Mientras conversa con Convivimos, el autor de la premiada novela Ciencias morales se mueve en la silla como si las ideas empujaran por salir primeras. Sonríe y le brillan los ojos celestes detrás de los antejos redondos para confesar: “Me apasionan estas cosas”.
En Argentinos,¡a las cosas!, su libro de ensayos número once, propone un recorrido por 25 objetos, lugares y personalidades que marcaron en algún sentido el ser y sentir de los habitantes de este país, la identidad argentina.
- ¿Hay una sola identidad?
Cada uno de nosotros es varias cosas y está atravesado por distintas identidades. Mi convicción es revisarlas, cuestionarlas, ponerlas en crisis. Ir más hacia la desestabilización de la identidad que hacia la afirmación de lo que uno es. Y, en todo caso, hacer pasar la identidad por lo que se sostiene a pesar de eso.
- ¿Por qué poner en crisis la identidad?
La pregunta por quiénes somos apunta a consolidar una identidad porque busca una respuesta que le dé certeza. Mi tesis, más que esa, es revisar lo que se supone que somos. Por ejemplo, soy varón, soy judío, soy del Nacional Buenos Aires; eso involucra de por sí una serie de premisas que ya dicen desde antes quién soy. Entonces, más que la pregunta quiénes somos, la idea es ir sobre las respuestas ya establecidas en procura de certezas y moverlas, sacudirlas. Poner en crisis significaría eso: desestabilizar una premisa sometiéndola a preguntas, y después hay que ver a dónde eso te lleva, no se sabe. Si supiésemos, no sería una verdadera interrogación.
- ¿Con el libro quisiste poner en crisis la identidad de los argentinos?
El libro está escrito de un modo que no afirma esencias contundentes, no es un libro sobre cómo somos los argentinos ni sobre el repertorio de cosas que permiten definir y reconocer lo argentino, excepto de manera fragmentaria, siempre incompleta. Y no solo porque hay 25 objetos reunidos, ni siquiera con 25 millones agotarías la cuestión, porque es inagotable. Nada hace lograr una versión acabada de la identidad que sea una certeza completa. Hay rastros, pistas. El libro no se pregunta por el ser nacional, porque esa pregunta presupone que hay un ser nacional, o sea una definición acabada. Es un libro más de interrogar los objetos que de dar respuestas. Además, son objetos nunca típicos ni emblemáticos para no dar con una versión consabida de la identidad, sino encontrar vestigios o huellas en distintos lugares.
- ¿Qué tienen esas cosas seleccionadas?
A medida que escribía, me fui encontrando que en esos objetos había algo que se atesoraba, pero también algo que se perdía, algo que se sostenía, pero también algo que se caía. Este juego de sostenerse y caer como parte de la identidad. No la idea de que la identidad se sostiene cuando se levanta y está en problemas cuando cae. La idea es que el juego de sostener y caer hace a la identidad.
“Mi tesis es revisar lo que se supone que somos”.
- ¿Hay aspectos que se mantienen?
Una vez que uno desiste de rastrear y de encontrar una esencia, y de decir “Lo argentino es la pampa”, “Lo argentino es que tenemos cuatro climas”, va a encontrar huellas o persistencias. Finalmente están San Martín, Maradona, Gardel, con esto no quiero decir que lo argentino es San Martín o Maradona, digo que esas figuras y varias otras que aparecen en el libro son dispositivos de elaboración, de efectos de identidad. La figura de San Martín como padre de la patria es un motor narrativo y simbólico para producir una identidad colectiva. Solo que yo no creo que exista la argentinidad al palo y que San Martín sea su representante. Analizo cómo la figura de San Martín sirvió a la construcción narrativa y simbólica de una identidad colectiva que ahora puedo leer en la hélice del barco que lo trajo y que se hundió o en la placa lateral del monumento donde se ve a San Martín caído, e interrogar ahí esa persistencia. Una cosa es una identidad que se pregunta y se revisa todo el tiempo; otra es desintegrarla, porque ahí no hay identidad. Me parece que la palabra “huella” lo define bien, y no pensarlo como algo que se mantiene incólume.
- ¿La grieta es una huella de lo argentino?
No necesariamente es una marca propia de lo argentino, porque eso supondría que en otros países no ocurre y probablemente sí. No somos el único país donde el problema de la reducción binaria estanca las discusiones y simplifica los términos. Me temo que pasa quizás en casi todos lados. Pero en el caso argentino, me parece que hay un punto nodal que es civilización y barbarie de Sarmiento. Ya en el propio texto, a Sarmiento empieza a fallarle el esquema binario, a quedarle demasiado rígido. Para revisar la idea de grieta y los binarismos que habilita, tipo kirchnerismo-antikirchnerismo, hay que ver si los conflictos políticos se manejan con dos variables. Porque incluso si lo pensás dialécticamente, no queda reducido a dos términos, porque esos dos términos interactúan hacia un tercero. Hoy se invoca a Sarmiento, lo usan desde la lógica de joder al otro, porque suponen que los otros lo detestan. Es como una chicana de la grieta, no hay una elaboración de su figura, imaginate que si la hubiese, no podrían acompañar ese gesto con el ataque, el deterioro y el vaciamiento de la educación pública nacional. El binarismo y el reduccionismo ya existían, pero la manera en que eso puede haberse agravado contemporáneamente parece tener que ver con la lógica de las redes. Y claramente es intencional, para achatar un poco el debate público. Hoy es parte de una política del Estado embrutecer todas las posibilidades de reflexión y de discusión genuina. Por eso la ofensiva contra los espacios de producción artística y de conocimientos, como desfinanciar las universidades.
- ¿Los argentinos cuestionamos nuestra identidad?
No creo que haya una particularidad argentina. Para mí, el libro es más bien un libro deudor de la concepción de la identidad argentina de Borges, la cual es dinámica, abierta con lo otro, no supone eliminar la tradición ni pensarla como un tesoro a preservar intacto, sino como un espacio donde intervenir y actualizar. Me parece que hay un sector que revisa lo argentino, sectores que lo defienden de cualquier revisión, como el nacionalismo conservador. Pasa más por la posición ideológica que cada uno tenga que por el hecho de ser argentino o no.
- ¿Para qué le sirve a un país revisar su identidad?
La gran cuestión. Yo lo pondría en estos términos: las estrategias de naturalización son siempre conservadoras, en el sentido de que son proclives a adaptarse o admitir el estado de cosas como el único estado posible. El asunto es cómo concibe uno eso que es. Si le llamás ser y le pones mayúscula, lo estás señalando como ineluctable, la idea de un destino argentino. O cuando construís determinados mitos de origen. Así la identidad luce como algo que es, no pudiendo ser de otra manera, y no hay nada que no pueda ser de otra manera. Cuando desnaturalizás, abrís la posibilidad de que las cosas no sean como son, y me parece que esa es una manera más estimulante de pensar la identidad, incluso en aquello que uno pueda mantener.
PING-PONG ARGENTO
Una palabra argentina: “Gaucho”.
Un paisaje: Como soy porteño, lo primero es Callao y Corrientes, con vista al Obelisco; y Traslasierra, el camino a San Javier, el que va para arriba.
Una canción: Anclado en París y Volver.
Una película: Juan Moreira, de Leonardo Favio.
Una comida: Bife de chorizo con papas fritas, que no como porque tomo pastillas para el colesterol.
Un prócer: San Martín, imaginate para mí San Martín. Vi toneladas de páginas y pienso y pienso y pienso.
Un enemigo de la patria: El nacionalismo intolerante.
La patria es… Lo que ocurre por sí solo, cuando no nos preguntamos qué es la patria.





