¿Es posible no hablar y entenderse? Luciano Rosso y Alfonso Barón demuestran que sí en la obra Un poyo rojo, un espectáculo donde con el cuerpo dicen todo. Esta compañía artística, que también conforma el director Hermes Gaido, desde el comienzo se propuso contar una historia universal, que se pudiera entender en cualquier parte del mundo y les permitiera viajar. “Por eso no tiene texto ni una escenografía que lleve días armada, es una puesta simple, minimalista, así tenemos el mayor alcance posible. Pero bueno, una cosa es pensarlo y otra cosa es cuando se da”, cuenta Luciano por videollamada desde Francia. Alfonso también vive en ese país, pero para la entrevista con Convivimos está en España.
Empezaron en el circuito under de Buenos Aires hace más de quince años. En 2014 el boca en boca que los hacía crecer acá saltó el charco y llegó a oídos de productores del Festival Off de Aviñón. Se presentaron con tal éxito que armaron las valijas y se instalaron en suelo francés. “Como usamos los cuerpos, resulta exótico. Acá no están acostumbrados al contacto físico, nosotros abrazamos, tocamos, y en la obra hacemos eso”, señala Alfonso. Desde entonces, han recorrido más de treinta países y realizado mil quinientas funciones. Ahora cada vez que regresan a la Argentina agotan entradas en la calle Corrientes, tal como sucedió durante su última visita el año pasado. Este mes vuelven con presentaciones en Buenos Aires y Córdoba.
Aunque la obra es la misma, cada presentación es diferente, porque a donde van, incorporan a otra protagonista a escena: una radio que sintoniza emisoras del lugar y suena en vivo. “Es como un rayo de realidad que entra en esta ficción y nos permite también estar presentes y estar jugando ese juego en el momento, que no se vuelva algo automático”, comenta Alfonso.
- ¿Por qué mantiene vigencia después de tanto tiempo?
Luciano: Lo que no envejece es el relato, es una historia que no pasa de moda, porque es un encuentro entre dos seres. Es una historia de amor, y ¿quién no empatiza con el amor? O con el desamor.
Alfonso: Y está contada de una manera bastante particular que mixtura muchos lenguajes, eso la hace especial.
- ¿Ustedes por qué la siguen eligiendo?
L: Para mí es como juntarme a jugar un partidito de chinchón con un amigo, ya sabés cómo es el juego, pero te seguís juntando porque lo disfrutás. No me aburre juntarme con un amigo a jugar. Y además, tiene una cuota fuerte de entrenamiento.
A: Es un espectáculo que permite incluir lenguajes que a nosotros nos gustan mucho, como el deporte, la música, la improvisación, la danza contemporánea en distintos estilos, los gags, o metemos guiños a cosas actuales, por ejemplo, danzas virales de TikTok, entonces vamos actualizando. Además, la radio hace que se refresque la situación en cada función, entonces es un riesgo, hay que estar realmente con las luces prendidas. Después de tanto tiempo y tantas representaciones, seguimos encontrando este desafío a nivel interpretativo que es jugar con el presente.
- El público se ríe, se sorprende, se emociona… ¿qué reacción los reconforta?
L: La risa es una herramienta muy potente, sobre todo hoy en día me parece que es importante tenerla a mano. Me encanta hacer reír, no es algo fácil pero sí necesario, porque ayuda a combatir toda la mierda que pasa en el mundo y a olvidarte por una hora. Es un ejercicio muy sano.
A: Para mí, la inspiración. Como es una obra que tiene tanto juego, la gente sale diciendo “Uy, me dan ganas de hacer algo”, eso es muy reconfortante. O tocarle una fibra de alguna sensación o algo que vivió. Incluso inspirar a sentir algo, como una risa o inquietudes. En el teatro físico que hacemos, el espectador tiene un espacio para poder interpretar esas cosas por momentos abstractas que hacemos, entonces cada uno tiene una lectura distinta.
- ¿Es difícil no hablar?
L: No, me encanta. Soy una persona bastante silenciosa en general, y con el transcurso de los años, también con la formación que uno va juntando y de la experiencia, para mí se volvió un lenguaje primordial, podría vivir mi vida sin hablar y podría transmitir lo mismo. Siento que mi cuerpo se convirtió en un lenguaje en sí mismo, entonces no me cuesta para nada en la obra.
A: En la obra no me cuesta. Sí me dan ganas de hacer una obra con texto, sobre todo en español, porque tengo unas ganas de hablar en mi idioma que ya no puedo más. Es relindo, y es difícil también, crear un espectáculo que no tenga palabras. Ahora empezamos a crear una pieza nueva, entonces buscamos de contarla con canciones, con la voz, con cosas más universales que la gente pueda entender.
CAFÉ CON NOVEDAD
“Lo nuevo es como la continuación de esta obra, sería Un poyo rojo 2, o sea qué sucede con los dos personajes después. Tal vez hagamos un recorrido en el tiempo, saltar a un futuro y volver a cuando son niños, porque todos tenemos una línea de tiempo”, adelanta Alfonso. Mientras tanto, desde el 6 de enero, martes y jueves del mes, se presentan en Buenos Aires; y el 31 de enero, en Córdoba.
También es nuevo en sus vidas agregarle azúcar de caña al café. “Nunca antes lo había hecho”, confiesa Luciano, que para las dos de la tarde ya va por la cuarta taza. Ambos lo toman negro, fuerte.
