ELEONORA WEXLER: “MI PROFESIÓN ME SALVÓ UN MONTÓN DE VECES”

Actriz desde niña, confirma a cada paso el deseo de profundizar en una profesión que por momentos le genera pánico, pero que, más que cualquier otra cosa, le brinda sensaciones de plenitud que no encuentra en otro lugar.
Actriz desde niña, confirma a cada paso el deseo de profundizar en una profesión que por momentos le genera pánico, pero que, más que cualquier otra cosa, le brinda sensaciones de plenitud que no encuentra en otro lugar.

Parada detrás de escena, justo antes de entrar en acción, todo en ella es tensión. La cantidad de fallas que podrían ocurrir se arremolinan en su cabeza y viajan a través de su torrente sanguíneo. El miedo parece tomarla, poseerla, pero la batalla siempre termina igual: Eleonora Wexler da un paso adelante y la magia, no por repetida menos transformadora, sucede. La adrenalina que la impulsa y el pánico que actúa como un mecanismo de protección tienen el mismo origen, que es la convicción de que allí, delante de ella, no solo hay un trabajo por hacer, sino que está en juego la subsistencia misma, aquello que la alimenta. “Lo que me pasa cuando actúo es muy inexplicable, no se puede comparar con nada. Es como si fuese una bocanada de aire enorme, con olor rico, una sensación de mucha plenitud, distinta a todo. Disfruto, por ejemplo, de mi conexión con mi casa, con mis perros, de cuando tengo algún plan con mi hija o un lindo momento con mi pareja. Son sensaciones parecidas, pero no me generan exactamente lo mismo que actuar. Esto es diferente”, explica.

  • Superás ese miedo inicial porque sabés que te espera esa sensación…

Sí, totalmente. Actuar es sanador. Siento que el arte, mi profesión, me salvó un montón de veces. De tristezas, de rupturas, de cosas que me pasaron en la vida. Siempre me rescató. Había algo que me salvaba. Por eso también agradezco a la profesión, y a mis padres, que me permitieron desarrollarme aquí desde niña. Podrían haberme dicho que no, pero me dieron libertad y acompañamiento.

El comienzo pudo quedar en nada. A los ocho años, se presentó al casting del musical Annie, pero llegó tarde. En lugar de lamentarse por el error y volverse a su casa, junto a su papá insistieron para que le tomaran la audición. Quedó, y a partir de ahí construyó una carrera que del musical pasó a las ficciones televisivas, donde encarnó, sobre todo, a recordadas villanas; al cine, en el que se sumergió en historias con fuertes temáticas sociales; y de vuelta al teatro, el formato de mayor presencia en sus años recientes, con una serie de unipersonales y clásicos, como Los pilares de la sociedad, obra con la que cerró 2025 y comenzó este año una segunda temporada en el teatro Alvear.

  • ¿Cómo se modificó con el tiempo el vínculo que tenés con tu profesión?

Mis motivaciones fueron cambiando de acuerdo con un deseo más propio, más personal. Comencé a guiarme por qué cosas quería contar y qué cosas no. Cuando algo me llega, siento que es por algún motivo, estoy abierta, sin tabúes, pero necesito que me interpele, que me pase algo. No pienso en qué me convendría hacer, no hay estrategia alguna. Nunca sé qué puede salir de un proyecto, puedo cometer errores, pero va a estar bien igual si sigo mi convencimiento de querer contar eso. Hay mucha intuición.

  • Cuando eras chica, ¿era más un juego?

Sí, obvio. Todavía para mí hay algo de lúdico. En un momento, perdí un poco eso. Me tomé todo demasiado en serio, incluyéndome a mí misma. De adolescente, sobre todo. Las cosas se volvieron demasiado enroscadas, con demasiadas preguntas, en un momento en el que trataba de encontrarme. Ahora, desde hace unos cuantos años, siento que volví a lo del principio, a jugar. Nada es tan trascendente ni importante. No se va la vida en eso, es un juego.

Foto: Alejandra López.

 

  • ¿Cómo saliste de esa etapa de alejamiento de lo lúdico?

Diría que empecé a salir gracias a ser mamá. Al crecer, pude encontrarme con la mujer que soy, y fue muy liberador. En paralelo, ver crecer a mi hija, ser testigo de sus búsquedas, me permitió ver cosas mías. Ella nació con una pasión muy marcada, que son los caballos. Puede estar estudiando o haciendo otra cosa, lo que fuera, pero mantiene la conexión y la idea fija en lo que de verdad le gusta. Puedo ver en ella lo que veía en mí respecto a la actuación. Ella está completa cuando puede dedicarse a su pasión, tiene una vocación muy clara. Y hay algo de eso que es hermoso. A mí me pasa lo mismo. Me proponen otras cosas, como dirigir, y creo que podría hacerlo bien, porque considero que tengo buena visión. Pero no sé si es un viaje que quiero hacer en este momento de mi vida. Lo que sí sé es que sigo eligiendo lo que hago, porque amo actuar.

Durante un viaje a la India de gira promocional por un proyecto cinematográfico, a Eleonora le llegó una propuesta alejada de lo que usualmente recibe: una obra del noruego Henrik Ibsen, casi no representada en el país a excepción de una temporada en el teatro San Martín en los 80: Los pilares de la sociedad. El combo, que incluyó el escenario de un teatro público, con precios populares, y un elenco de quince actores y actrices, algo para nada usual, la sedujo. La frutilla del postre fue la posibilidad de estar en la primera experiencia como director de Jorge Suárez. “Lo admiro profundamente como actor, para mí es uno de los mejores que tenemos. Considero geniales millones de trabajos suyos. Que me dirigiera fue un plus enorme. El trabajo en conjunto fue muy rico, e hicimos algo que a él le importa mucho, pero que ya no es común en el teatro actual, como es trabajar sin micrófono. Entrenamos mucho la voz en los ensayos, él insiste sobre eso. Yo llego una hora y media antes de la función, me pongo a vocalizar y escucho al resto de mis compañeros hacer sus ejercicios. ‘Hasta la última fila’ es la premisa que nos baja Jorge”, cuenta.

  • Es muy clásico eso, una forma de volver a las bases del teatro

Exacto, el trabajo de la voz, la proyección, llegar de una manera diferente, utilizar el cuerpo de modo que uno pueda abarcar toda la sala sin gritar, hasta en escenas más intimistas. Si no, es como algo audiovisual. Hay algo del trabajo del cuerpo en el escenario que es diferente. Pero entiendo que a veces el micrófono pueda ser una necesidad si el teatro en el que se desarrolla la obra no tiene buena acústica. No me gusta, pero lo principal es que el público no se pierda nada.

“Hay una curiosidad fuerte en mí. Y me gusta darle lular”.

  • Más allá de que estuviste en proyectos audiovisuales, en los últimos años se te vio con más continuidad en teatro, ¿eso es algo buscado?

No lo busqué, supongo que se dio. No sé si es el lugar donde siento un mayor disfrute, pero necesito poner mi cuerpo en acción en el teatro. Me encanta el audiovisual y extraño cuando no lo hago, pero hay algo en la totalidad del cuerpo y energéticamente que me pasa con el teatro, que no me pasa con nada más.

  • ¿Alguna vez evaluaste hacer otra cosa?

Sí, se me cruzó la idea por la cabeza, pero no llegó a tomar forma de nada. No se me ocurrió algo distinto que pudiera hacer, no lo encuentro. Sí exploro dentro de lo artístico, busco herramientas por fuera del curso clásico de teatro. Tomo clases de baile, hice un curso de clown que me encantó. Barrió absolutamente todo lo que tenía aprendido de teatro. Es como empezar de cero, desde otro lugar. Me invita a jugar, a seguir recuperando eso que busco cada vez más. Lo aplico a la actriz, ahora me tiro a la pileta, dejo de lado las certezas que antes sentía que necesitaba. Prefiero no tener certezas. Todo el tiempo trato de evolucionar como persona, de crecer, de abrir, de explorar. Lo mismo me pasa con la actriz. Busco disparadores, hacer las cosas de distintas maneras, profundizar. Hay algo que tiene que ver con la condición del ser humano que es lo que me interesa: poder encarnar y hacer real el cuento.

Foto: Alejandra López.

 

  • Esa investigación es lo que más disfrutás de todo el proceso, ¿no?

Re. Hay algo de búsqueda, de ver por dónde puede salir la composición del personaje. Lo primero que hago, siempre, es estudiar la letra, porque no puedo empezar a jugar si no aprendo lo que tengo que hacer. Después, busco qué me puede ayudar a darle forma, si necesito material audiovisual, si tengo que ir a ver cosas, si hay algo físico que tengo que modificar, si necesito salir a probar a la calle.

  • ¿Cómo es eso?

Por ejemplo, salgo a la calle y me siento en un bar a observar o voy probando cosas: me imagino que el personaje camina de tal forma y lo hago. Entonces, voy por la calle de una manera que me parece la adecuada para el personaje, siempre y cuando me lo permita el entorno. Siempre aprendo, y busco seguir haciéndolo. Hay una curiosidad fuerte en mí. Y me gusta darle lugar.

La exploración, la búsqueda de ir más allá, la apertura al descubrimiento, las ganas de jugar y dejarse llevar por lo que el juego proponga, la noción de que hay que darle peso e importancia al modo en que se juega para que la diversión y el disfrute afloren. En definitiva, el reencuentro con la capacidad de mirar el mundo, o al menos ciertos rincones del mundo, por primera vez. En la niñez encontró un juego que en la adultez desarrolló, y en ese recorrido confirmó que la herramienta más poderosa, la clave, es la que la movió a sus ocho años: la curiosidad que todavía cultiva.

Foto: Alejandra López.

 

UN AMPLIO ABANICO 

A lo largo del año, Eleonora estrenará proyectos en distintos formatos. Tendrá una participación en la tercera temporada de Porno y helado, la serie de Prime Video protagonizada por Martín Piroyanski, Sofi Morandi y Nacho Saralegui. Integra el elenco de Yo, Narciso, película dirigida y protagonizada por Adrián Suar, que verá la luz en agosto.

En teatro, continúa con las funciones de Los pilares de la sociedad, en el teatro Alvear. En abril, junto a Gonzalo Heredia, será parte de la obra El estado de la unión, de Nick Hornby y dirigida por Andrea Garrote (estará en el teatro El Picadero). Además, en la segunda mitad del año volverá a realizar un unipersonal, La intérprete, obra escrita y dirigida por Francisco Lumerman (la sala que la albergará es Moscú): “No quería volver a hacer un monólogo, por la soledad que implica, pero con Fran veníamos charlando, él intentó agregar personajes y le pareció que no resultaría. Cuando leí la obra, me pareció espectacular y sentí la necesidad inmediata de actuarla”, cuenta.

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