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VERANEAR

Cada enero, cuando el país se escurre hacia las rutas y las valijas, reaparece un verbo que parece hecho de sol y de arena: “veranear”. Lo usamos con naturalidad, como si siempre hubiera estado ahí, pero su historia es bastante más antigua que nuestras sombrillas rayadas. Según el CORDE –el archivo histórico de la lengua de la Real Academia Española–, “veranear” está documentado desde el siglo XV. Primero significó, simplemente, “pasar el verano en un lugar”, sin prometer descanso ni glamur. Era una indicación casi administrativa: el ganado veraneaba en un campo, una familia veraneaba en tal villa. Nada de ojotas ni heladitos; más bien logística estacional.

La palabra “vacación” también carga con su mito. No viene de “vacío”, como alguna vez se dijo, aunque la idea de vaciar la agenda resulte tentadora. Proviene del latín vacatio, que en la antigua Roma significaba “dispensa de una obligación”. No era ocio: era quedar libre de un deber. Con el tiempo, esa libertad se volvió motivo de deseo y, ya en español medieval, “vacaciones” empezó a asociarse a interrupciones de trabajo o estudio. El descanso, como concepto cultural, llegó después.

Quizás por eso “veranear” y “vacaciones” no se solapan del todo. Una cosa es el hueco en el calendario; otra, la manera de habitar ese hueco. Y ahí entra la geografía, que en la Argentina es casi un dialecto. Quienes van al mar hablan de lonita, carpa, sombrilla y hasta brisa marina con una solemnidad que en julio parecería exagerada. En cambio, quienes suben a las sierras cambian el guion: arroyo, galería, pile, asadito. 

La sociolingüística –desde Kany hasta Moreno Fernández– ya explicó que el entorno modifica nuestro léxico cotidiano. No hablamos igual en la oficina con aire acondicionado que en una reposera con protector solar corrido.

“’Veranear’ no es solo un verbo: es un modo de estar en el mundo”.

Incluso los rituales verbales del descanso son distintos según el destino. En la costa, el español rioplatense se llena de diminutivos afectivos: heladito, churrito, sombrillita. Fontanella de Weinberg observó que el diminutivo en el Río de la Plata suaviza, acerca, vuelve próximo. Es como si el verano nos pidiera hablar más cerca del oído. En cambio, en el interior rural aparece la lengua lenta: siesta, galpón, brasa, palabras de vocales abiertas, redondas, que parecen expandirse como el calor.

“Veranear”, entonces, no es solo un verbo: es un modo de estar en el mundo durante un fragmento del año. Una especie de permiso lingüístico para hablar distinto, movernos distinto y recordar que la lengua también participa de nuestros descansos. Cuando decimos “Me voy a veranear”, no estamos informando un destino: estamos declarando una intención cultural heredada, una forma de habitar enero que tiene siglos de historia y sabor local.

Quizás, al final, las vacaciones sean apenas esto: una vacatio moderna donde el deber cede un rato y donde el verbo “veranear” nos recuerda que, incluso bajo el sol fuerte, las palabras siguen siendo una manera de construir la sombra en la que descansamos.

 

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