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PIES DESNUDOS

Se llama Julián, aunque hace años que casi nadie lo nombra. Todos lo conocen como “el viejo”, una figura que aparece cada tarde en la misma plaza, se sienta en el mismo banco y repite un ritual: se afloja los cordones, deja los zapatos a un costado y apoya los pies desnudos sobre las baldosas tibias. Ese gesto, tan sencillo, es su manera de decirse que por fin ha llegado a un lugar donde ya no tiene que luchar contra nada.

De joven conoció el trabajo antes que cualquier otra cosa. A los doce ya descargaba bolsas en el mercado; a los quince sabía lo que era doblar la espalda desde la madrugada levantando paredes ajenas; a los veinte, sus manos parecían las de un hombre de cincuenta. 

El amor llegó tarde y de forma torcida. Ocurrió mientras pintaba una pared en una casa de barrio. Ella se llamaba Elena y estaba casada con un hombre que casi nunca se encontraba allí. Le ofreció un vaso de agua, después un café, luego una charla que se volvió costumbre. Sin proponérselo, Julián empezó a esperarla: esperó verla cruzar la calle, escuchar su risa en la vereda, sentir su mano rozando la suya al alcanzarle la taza. Sabía que era un amor imposible, pero por primera vez algo en la vida parecía ser completamente suyo: lo que sentía cuando la miraba.

Elena lo quiso a su manera, con culpa y distancia. Hubo paseos cortos, cafés discretos, cartas que no se enviaron. Julián aceptó ese amor a medias porque era más de lo que había tenido jamás. “Con esto me alcanza”, se decía, aunque al acostarse sintiera un hueco en el pecho.

“El contacto fue simple y exacto, como una pieza que encaja”.

La noticia de su muerte le llegó una mañana de invierno. Un vecino comentó, casi al pasar, que “la señora de la esquina” había fallecido tras una enfermedad breve. Julián no pudo despedirse ni llorar frente a nadie: no tenía ese derecho. Guardó su duelo en silencio y siguió trabajando. Durante meses, cada calle le recordó algo de ella: una ventana, un perfume, una sombra.

Con los años, el cuerpo le empezó a pasar factura. La espalda se volvió lenta, las rodillas se quejaban y la vista se nublaba al atardecer. Dejó los trabajos pesados. Por primera vez le sobraban minutos y no sabía qué hacer con ellos. Un día se sentó en un banco de la plaza.  Sintió calor en los pies y se acordó de que las medias le apretaban. Se aflojó los cordones, se sacó los zapatos y apoyó las plantas sobre las baldosas. El contacto fue simple y exacto, como una pieza que encaja. No tenía prisa. El piso estaba templado por el sol y una brisa suave le acariciaba el rostro. 

Desde ese día repitió la escena cada tarde. Llegar a la plaza, saludar con un gesto, elegir su banco. Julián entendió que, aunque las grandes cosas no hubieran salido como soñó, la vida todavía le regalaba momentos de una belleza inesperada. Y pensó que tal vez la felicidad no estaba en amores perfectos ni en triunfos enormes, sino en esas escenas pequeñas que nadie aplaude: los pies descalzos sobre una baldosa tibia, la risa de una niña a su lado, el sol escondiéndose detrás de los árboles de la plaza. Esa entelequia llamada felicidad muchas veces está escondida ahí, en las cosas más simples.

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