MARIANO NECOCHEA

Cuando pensamos en Necochea, nos viene a la memoria la ciudad de ese tradicional balneario de la costa atlántica con playas anchas, quizás las más anchas. Pero detrás de ese nombre hay un personaje que vale la pena conocer o recordar. 

Mariano Necochea encarna la figura del héroe transnacional, aquel que no se limita a la frontera de su nacimiento. Su trayectoria lo muestra como un puente entre las luchas de Argentina, Chile y Perú. Su nombre quedó grabado en la memoria de tres naciones, aunque su modestia lo mantuvo siempre en la penumbra de los grandes caudillos.

Mariano había nacido en Buenos Aires el 7 de septiembre de 1792, hijo de una familia de comerciantes vascos.

Allá por 1809, el puerto de Buenos Aires hervía de rumores y mercancías. Entre los pasajeros que descendían de un navío procedente de Cádiz estaba un muchacho de apenas 17 años, de mirada firme y paso contenido: Mariano Pascual Necochea. Había dejado atrás los claustros sevillanos y la disciplina de los estudios para volver a una ciudad que pronto se sacudiría el yugo colonial. “El destino lo había traído de vuelta justo a tiempo para ser testigo y actor de la revolución”, escribiría más tarde el autor de Tradiciones peruanas, Ricardo Palma.

En 1812, cuando José de San Martín fundó el Regimiento de Granaderos a Caballo, Necochea se alistó sin dudarlo un segundo. La disciplina era férrea, pero el joven oficial se adaptó con naturalidad. En la primera batalla del flamante regimiento, la de San Lorenzo, librada el 2 de febrero de 1813, Necochea participó en el bautismo de fuego de los granaderos. El Libertador San Martín, que conocía muy bien el valor y la capacidad de cada uno de sus oficiales, lo elogió en sus partes de guerra, destacando su capacidad para mantener la cohesión de la tropa en momentos críticos. “Necochea era un oficial de temple sereno, capaz de infundir confianza en medio del caos”. 

En las campañas del Alto Perú, su lanza y su temple se hicieron notar.

La relación entre ambos se profundizó durante el cruce de los Andes en 1817. San Martín le confió la caballería en momentos clave, como en Chacabuco, donde su carga fue decisiva para quebrar las líneas realistas. En Cancha Rayada fue herido, pero volvió al combate en Maipú, consolidando la independencia chilena.

San Martín veía en Necochea no solo un subordinado, sino un aliado estratégico. En la expedición al Perú, lo ascendió y le otorgó responsabilidades de mando. Allí Necochea alcanzó el rango de Gran Mariscal del Perú, un título que lo vinculó para siempre con la causa emancipadora de ese país. Ricardo Palma lo definió como “un argentino que se volvió peruano por la sangre derramada en su suelo”.

Tras participar en conflictos internos y en la guerra gran colombo-peruana, Necochea se estableció definitivamente en Lima. Allí murió en 1849, consumido por la tuberculosis. Su cuerpo descansa en el Panteón de los Próceres, junto a otros nombres que tejieron la independencia sudamericana.

Su vida muestra cómo la independencia fue una empresa compartida, un tejido de voluntades que trascendió fronteras.

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