En el barrio de Villa Belgrano, en la zona norte de Córdoba capital, comenzó a funcionar en 2014 la Fundación Rucahue. Su nombre tiene origen en el mapudungún, la lengua del pueblo mapuche, y su interpretación significa “construir una casa nueva todos juntos, no como un edificio, sino como posibilidad”, según explica la organización a través de sus redes sociales.
La fundación es un Centro Educativo Terapéutico y está conformado por un grupo de profesionales provenientes de distintas áreas como la psicología, la psicopedagogía, la psicomotricidad, la fonoaudiología y la medicina. Se trata de un espacio de aprendizaje para mejorar la calidad de vida y la inclusión social de niñas, niños y adolescentes con diagnóstico de autismo, psicosis o trastornos subjetivos.
“El centro está orientado para aquellos niños y jóvenes que por las dificultades que presentan no pueden hacer un recorrido en la escuela común con los apoyos que sean necesarios, ni en la escuela especial”, señala Silvana Blanco, presidenta de la Fundación Rucahue.
Eloísa Vera Barros tiene una hija de 16 años que lleva su mismo nombre. Como familia, llegaron a la fundación en 2018, luego de que la joven transitara por otro centro terapéutico cuya estructura no favorecía su desarrollo. “Los chicos no se movían con tanta libertad como en Rucahue”, cuenta y agrega: “Acá las dinámicas son bastante flexibles y he visto que ella se mueve como si estuviera en su casa”.
En la actualidad asisten 60 chicos, chicas y jóvenes, de entre 6 y 23 años. A través de diversas actividades, van desarrollando sus capacidades y conociendo mundos que les permiten indagar en sus curiosidades. Las jornadas duran cuatro horas y están estructuradas por diversos talleres.
Cuando arranca el horario de inicio, asisten a una asamblea, un espacio común donde circula la palabra. Allí comparten las experiencias que traen de la casa o cuentan si tienen ganas de hacer algo en particular. “La oralidad muchas veces es un desafío, entonces la palabra puede ser escrita, con fotografías, con relatos, con noticias”, cuenta Blanco. La idea es ir tejiendo lazos entre los chicos y sus hogares, pero también con quienes están presentes en esa ronda.
Luego, siguen con diferentes talleres que pueden ser de cerámica, artes plásticas, huerta, música, cuentos, cocina, juegos y bailes, entre otros. También tienen un taller de salidas para que los chicos aprendan a habitar y transitar el espacio público.
«El 2025 ha sido de muchos desafíos, nos ha llevado mucho trabajo sostener la institución».
Silvana Blanco
Vera Barros cuenta que llegar a la fundación le abrió un mundo de posibilidades a su hija adolescente. “Rucahue le brinda herramientas para la vida, para su desenvolvimiento, para su autonomía, y también hay gente que la quiere y que ella quiere. Está casi doce meses del año asistiendo y va con gusto”, agrega.
VIVERO CASA AZUL
En 2019, al ver que los chicos iban creciendo y necesitaban seguir aprendiendo sobre autonomía, la fundación decidió montar el Vivero Casa Azul. “Veíamos que los niños iban haciéndose adolescentes, algunos con 20 años, y nos surgió la inquietud de qué iban a hacer en el futuro”, comenta Alberto Durand, profesor de música y responsable del vivero.
Así nació la idea de este espacio en el que aprenden a usar herramientas, a trasplantar, a generar plantines, incluso a manejar las redes sociales. Quienes tienen entre 18 y 23 años, participan en ferias para aprender a vender, a contar el dinero, a trabajar. Cobran por su desempeño. “Queremos que los chicos tengan idea de, por ejemplo, el manejo del dinero, el reconocimiento de los billetes, explicarles que el dinero no aparece solo en el bolsillo”, apunta Durand.
En el taller de salida también experimentan qué se puede adquirir con una determinada cantidad de dinero. Por ejemplo, van a un quiosco y compran el alimento que se necesita para una merienda. Esto les da el puntapié para relacionar el valor de su trabajo en el vivero con lo que cuestan las cosas. “Ahí preguntamos: ¿cuánto sale una planta?, ¿cuántas plantas tenemos que vender para comprar una merienda?”, reflexiona el profesor de música sobre el método de enseñanza.
El proyecto busca tener vida propia para que chicos y chicas puedan desenvolverse con mayor soltura en el mundo laboral. Por eso también, durante el taller de cerámica, comenzaron a hacer macetas para sumar una actividad más que dé frutos al negocio.
UN CONTEXTO COMPLEJO
“El 2025 ha sido de muchos desafíos, nos ha llevado mucho trabajo sostener la institución”, advierte Blanco. La Fundación Rucahue se sustenta, entre otras cosas, a través del sistema de prestaciones básicas. Todos los niños que asisten tienen el Certificado Único de Discapacidad (CUD), lo que les brinda cobertura y acceso a distintas prestaciones a través de las obras sociales o prepagas.
Sin embargo, algunos chicos, por la situación económica de las familias, acceden por medio del Programa Federal Incluir Salud, que depende de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). “Eso es lo que ha estado en crisis”, apunta la presidenta, en relación con la falta de aplicación de la Ley de Emergencia en Discapacidad (27.793).
A pesar de este panorama, la esperanza se mantiene intacta a más de diez años de trabajo sostenido. “Hacemos rifas, buscamos aportes de quienes quieran colaborar y articulamos con otras organizaciones e instituciones”, cuenta. Sumado a ello, el Vivero Casa Azul realiza ventas a través de su Instagram y también de manera presencial, por lo que cualquier persona puede aportar su granito de arena para que Rucahue siga siendo una casa para todos.
Cómo comunicarse: @fundacionrucahue
